Cultura

La lumbre y la ciudad ausente | Waldo Contreras López

Se quitó los lentes oscuros y el incendio lejano se reflejó en el café de su mirada; el sombrero oscurecía su rostro y hacía que la lumbre se volviera aún más intensa. Lo conocí primero en las letras de papel, luego en el flujo de palabras y, por último, en esta grave presencia. A veces vivió de incendios, a veces vivió de aires, a veces vivió de agua.

 

Una mota de ceniza llegó volando hacia nosotros; Víctor la tomó con la diestra, con delicadeza, como niño atrapando una nube. Le deshizo con un ajuste del pulso, mostró la tinta que pinta la piel de ese organismo y preguntó:

 

– ¿Podrías escribir algo como esto? ¿Podrás escribir un día como escriben los incendios?


El bosque a lo lejos se quemaba. Se quitó al fin el sombrero como si fuera su desnudo y habló como hablan los ríos en la bajada.

 

-La palabra escrita debe de tener oculta cierto tipo de holocaustos. Cuando la lumbre anuncia algo grande, aunque a lo lejos no se vea, el humo puede llegar a tocar el cielo -dijo, tropezando con la emoción mientras acariciaba con ambas manos su cabeza. Sonreía con todo su bigote, con todos sus dientes de castor construye presas, con todos sus ojos, con todo su fulgor en las miradas. Calculó la distancia de mi hombro y lo tocó suave, firme, sin alguna duda, como se toca el blues en la guitarra. Dijo, como si el mundo estuviera a punto de apagarse:

 

 -Hoy en día todo se puede narrar, pero pocos escriben como el fuego. Mira allá o acullá.


Extendí la vista. La ciudad parece un campo roturado por las calles y entre los surcos germinan seguras y con tan poca agua ochocientas setenta y siete mil setecientas sesenta y una historias, y nada más. Hay allá tanto que contar además de las cabezas que piensan sin pensar en la distancia inmediata.

 

Desde la cima de aquello que mi amigo proclamara como su reino se puede oler tanta cosa, se alcanza a escuchar mucho más. El murmullo de la metrópoli retumba como un monstruo. A nuestra espalda una pareja de mujeres hace el amor bajo el sol de la tarde y no les importa que una enorme columna de humo anuncie los futuros mientras devora una parte de este mundo.

 

-Eso que escuchas detrás tiene el motivo de una narración sin palabras. No necesitan sonar. Hay en ello eso que hace falta. Hay en ese sonar de carne algo que la narración de un mundo necesita. Ahí está lo literario. Eso como libido sin sexo ni pregunta, eso como las lluvias sin pedirlas, como un temblar de tierras, como morir de mucho y valer la pena. No. No se puede chupar una teta mientras escribes cuando no hay literatura. Ellas, míralas, saben leer su cuerpo. Son una ciudad sin calle y lámparas, sin dedos apuntando, sin pavimento, sin tumbas, sin atrás o delante; solas y nada más, pero con un calor de comezón que las enmudece. Dentro de poco ambas serán un incendio narrativo, lírico, poético y blasfemo que pinta el vaivén del cuerpo en los muslos de la acera.


Otra mota de ceniza golpea mi nariz. Huele mucho a que voló tanto después de guardar bajo su piel tanta cosa. Trae el olor del canto del coyote, del búho, del otear del conejo y los venados, la tranquilidad de la lagartija y la suavidad de la mariposa. Trae cargando la ceguera de gente que duerme sin soñar. Todo zumba como el nacer del universo.

 

-El poder de una narración- continúa Víctor echándose aire con el sombrero -literario es, como la vida pulsando. No todos pueden platicar cómo es vivir, no lo olvides.

 

Extra literario aquello que se incendia -aventuro en mis adentros- mientras la ciudad ignora que la ceniza del bosque les cuenta una historia extensamente breve como el quemar de una cerilla que arde, que despierta y luego se apaga. La sombra de la ingente columna de humo besa el cielo mientras el sol la abraza por la cintura en una danza. Cómo huele a adiós, cómo huele a dios.



-Todo eso que has pensado -afirma mi amigo Victor- es la veta que contiene el remolino que barre todas esas ideas sobre una hoja. Narra. Narra hasta que mueras con lumbre, con llanto, con libido gime, como si hicieras el amor sobre una sábana vacía. Eres literario por nacer, has algo con tu muerte. Quema todo y luego vete.


– ¿Cómo sabré que narrar es literario? -pensé.


Víctor alzó los ojos al cielo hasta esconder el iris tras sus párpados y nada dijo. El fuego en la distancia se apagó, se está yendo la claridad de aquella tarde, el humo dejó de verse, la ceniza se fue volando rumbo a los surcos de la locura ciudadana. Abajo las luces son las de siempre. Una ambulancia canta en la distancia. Mi amigo quita su mano de mi hombro y el blues termina. Quise hablarle, pero ya no está más. Sobre la banca de madera dejó como a propósito, como si fuera algo que yo estuviera olvidando, postrados su sombrero, sus lentes y el eco de la palabra. No lo he vuelto a ver desde entonces. Dicen que camina por las noches sobre las aceras de la avenida Alcalde, que lo han visto alguna vez oculto bajo los arcos de Zapotlán El Grande con un flamante sombrero rojo, unos pulidos lentes oscuros; lo describen sonriente y cantándole a los callejones como un gato con ese aspecto de Tom Waits provinciano; dicen también que en el vidrio lejano de sus ojos se reflejan las palabras que nos faltan. Lo busco. Hasta pronto, le digo, cuando el sol desde el cerro de la reina se levanta.

Waldo Contreras López.


Narrador y poeta.


Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.


Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.


Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).


Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.


Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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