Cultura

Ezequiel y su demonio | Waldo Contreras López

Aún y cuando acaba de matar a un hombre por un juego de baraja, a Ezequiel no le pasa por la cabeza que algo lo viene siguiendo como un mal agüero desde hace ya mucho tiempo y que esto le ha cambiado de ciertas maneras su ya de por sí mal formado carácter. Vive inmerso en una constante alucinación. Acostumbrado a la soledad de la montaña, las cosas extrañas que ha visto le parecen de lo más natural del mundo, así como elemental y primario le resultó sacar la pistola y darle en la cabeza a su compadre Atilano con una bala que disparó, como no queriendo la cosa, nomás para que dejara de gritarle que jugó con maña. Ezequiel ha visto pasar y sonar tantas cosas raras que, cuando baja a las ciudades y las cuenta, nadie le cree una palabra y lo tildan de loco o imaginativo; se le ha escuchado platicar que algo como una voz interna le dice como jugar, por qué sacar el arma y repartir fuego. Por eso, no le parece extraño por principio, que un enorme bulto alado baje con rumbo al paso del colgado como acechando algo relacionado con sus formas de concretar tropiezos. Lo ve como quien ve la lluvia y no le viaja la fantasía como para pensar que ese animal se interpone a su destino, ubicado nomás al otro extremo de la vertiginosa cornisa, con una intención de otro mundo. Sí siente algo de miedo cuando ve que la cosa con forma de zopilote se cubre la cabeza con sus alerones; el miedo se le vuelve algo raro que le enfría la sangre cuando al estar a unos metros del bulto, escucha una risita burlona y desagradable. Él, por su parte, acarició la pistola y se puso a rezar un ave María y el otro, un sermón que parece un parloteo sin ton ni son, un cuchicheo, una cacofonía parecida al hervir de un caldo hecho de piedras; quería dejar de pensar que aquella cosa zumbona lo estaba viendo; quería llegar al otro pueblo por una necesidad repentina de ver gente más allá de que lo esperaba una mujer escotada con un puño de cartas en sus manos y una botella de mezcal; pero la gente está del otro lado del camino, entre la soledad que hay a su espalda y esa figura ominosa sin afanes claros . Solo necesita caminar unos metros junto a él, pero en esos momentos, las fuerzas ya le están fallando; da la espalda al guardián poniendo la vista en la cañada, calcula los pasos que lo separan del sendero que toma al pueblo y cierra los ojos, camina de lado, orientándose topográficamente con el helado viento que le llega desde el fondo del barranco hasta su cerebro como una luz; la gravedad también le ayuda: siente el pesado brazo jalándolo a la caída y no hace otra cosa que recargarse en el otro vacío: Ese espacio ligero pero perceptible que siente como un enorme beso pegado a su espalda; a cada paso que da, el rezo de aquel se hace más fuerte, más vehemente, más ronco y rabioso, como si se tratara de un lobo tratando de hacerle lanzar el terror rumbo al despeñadero. De repente, la bestia guarda un silencio como de respeto y Ezequiel se detiene; escucha tras de sí un sonido como de desenvolver algo enorme, como de des vestimento, como de que aquel se está poniendo de pie; siente el aliento que le llega desde una espesa distancia; abre los ojos: La hondonada le sonríe en forma de vértigo; no puede resistir la tentación y voltea la cabeza despacio, como si de eso dependiera la salvación de su alma o como si esta le estuviera sosteniendo el cuerpo para no caer y no al revés; a medida que su vista alcanza la figura de la amenaza, aquel muestra de entre sus piltrafas una mano de murciélago o de águila y le hace una seña de acercamiento; pensó en sacar la pistola superado por el instinto brutal pero en cuanto mueve la mano el monstruo empieza a reír a carcajadas haciendo retumbar los muros con sus ecos; no pudo siquiera mover un dedo y una fuerza desconocida le hace poner su mano en el corazón que le late con un estrépito de derrumbe, como para que se dé cuenta de lo asustado que está; volvió la vista al barranco y cierra los ojos otra vez, pero este ligero movimiento le hace perder el equilibrio; manotea unos segundos y cuando se desploma al vacío, aquel lo toma de los hombros con sus garras, lo envuelve en un abrazo húmedo, cartilaginoso, frío y lo arrastra hacia la pared del muro; Ezequiel se atreve mirar: enfrente hay un hombre enorme, vestido con un rutilante ropaje negro y sombrero de ala ancha, lo ojos relumbran a través de los oscuros ángulos del rostro; mueve la boca sonriente, como haciendo fono mímica al monstruo quien, con el hocico pegado a las sien, le dice con ese peculiar borboteo de agua hirviendo mientras le lame las orejas:


-Todo tiene un precio, Ezequiel. Has de pagar haber apostado el azar a la fortuna mal habida; esta se les da a muy pocos; tú, la tuviste bajo mi favor y sobre esta mataste hombres. El pokar de ases marcará la fecha de mi cobro.



Luego, el alado se va volando rumbo a El Platanar, aullando como una lechuza y el de sombrero con aspecto de difunto enciende sus miradas mientras se hunde poco a poco en el vacío. Los dos desaparecen y todo vuelve a ser como antes, con la única diferencia de que ahora hay en su diestra un peso caliente. Es una baraja nueva; el dos de oros despide una luz fosforescente bajo el resplandor de la luna nueva.


Llegó al pueblo de Palmarejito a las diez de la noche con el rostro sombrío y con pocas ganas de jugar. Sintió la baraja calentar el bolsillo de su camisa. Sintió incluso que vibraba como el canto de los grillos. Tomó asiento, tomó la botella, sentó a la mujer sobre sus muslos y no se volvió a parar hasta que los demás jugadores se retiraron furiosos de la mesa. Para las cuatro de la mañana ya había olvidado el espanto y se encontraba feliz al ser el nuevo propietario de cinco caballos, un ato de doce vacas, tres finos gallos de pelea, diez chivos, un rifle de cacería nuevo, un cofre con monedas de oro, un pequeño rancho ubicado a las orillas de Santiago Los Caballeros y muchas baratijas o joyas de fantasía.


A Ezequiel nunca se le ocurrió atribuir su fortuna en el azar a la mujer que desde hace algunos meses lo acompaña; cree firmemente que de verdad es un ducho jugador de componendas en la baraja y que la beldad es otro de los premios que la vida le ha regalado. Ella es una mujer rubia, alta, pelo largo y de ojos oscuros que dice llamarse Diamanda. La conoció en la costa, en una oscura cantina del puerto de Topolobampo, recién desembarcada de un país lejano; quedó prendado de ella al grado de dejar a su mujer como viuda sin muerto, a cargo de una granja que se derrumbó de manera repentina bajo una miseria aplastante y un hijo prendido del regazo. Su esposa culpó de la ruina y el abandono a la extrajera, como la llaman en esos confines. Nadie se ha atrevido jamás a disputarle esa mujer a Ezequiel y no por él y su prestancia para sacar la pistola y repartir balazos, algo muy normal en esos parajes, sino porque el portento con andares de fantasma y rostro de pantera les ocasiona un miedo original, como si se tratara de la reencarnación de Eva o de alguna bruja maldita.



La suerte de Ezequiel no mengua. La misma muerte, de hecho, parece sacarle la vuelta. Supo que quizás moriría de viejo cuando varias veces estuvieron a punto de matarlo a balazos y las pistolas de los ofendidos simplemente no disparaban plomo sino más bien un escupitajo de humo negro hediondo a almizcle y azufre. Una vez, un tahúr de Zapióriz se le fue encima montado en su caballo y machete en mano; cuando estaba a punto de asestarle el golpe en la cabeza un ave negra pasó volando bajo el bruto y este dio asustado unos violentos reparos para luego salir a todo galope con rumbo al desfiladero y, por último, arrojarse al vacío piafando como un demonio y llevando enganchado del estribo a su jinete.


Por sucesos como este es que a Ezequiel las cosas de espantos le parecen casi algo del diario y tan cotidiano como orinar.


A los pocos meses ya nadie quiso jugar contra él. Ahora lo ven llegar a los tugurios acompañado de Diamanda y de inmediato el lugar se queda vacío.



Un día fue a la iglesia a confesar sus tristezas.



-No es para menos -le dice el párroco que lo casó en la iglesia de Topia -los ojos te brillan de forma rara y esa sonrisa da a tus dientes el aspecto de un demonio. De burro es que me preguntes por qué la gente te evita. Además, esa mujer: Huele a pura calamidad. ¿Acaso no las has visto que casi se convierte en una víbora cada que alguien muere por tu culpa o se queda en la miseria?



Ezequiel nomás se río con una hilaridad cansada, como dándole la razón, como queriendo que el cura le dijera algo diferente para no andar pensando en lo que todos le auguran: “Esa mujer será tu perdición”. Nomás eso escucha de todos últimamente y nomás le da por reírse de esa forma; nomás eso escucha y les responde a todos dando la espalda: “Hablan de la boca atascada con la lumbre de la envidia” y toma rumbo a otros pueblos abrazando a la extranjera.


Una noche que se quedó dormido de borrachera Diamanda desapareció sin dejar rastro. La anduvo buscando hasta los confines de Chihuahua y Durango, pero jamás pudo dar con ella. Nadie jamás la volvió a ver.


A partir de ese último día con Diamanda solo tuvo que pasar un año para que perdiera toda la fortuna que obtuvo de mala manera jugando a los azares de la muerte en la baraja. Regresó sin un centavo y con la cola entre las patas al solar que abandonó. Allí estaba Rita, igual como la dejó, con el crío prendido de la teta. Ella lo ve llegar y nomás le dice con encono y saboreado sarcasmo:


– ¿Ya vienes a morirte?


-No -le respondió con un susurro y sin atreverse a verle la cara -nomás vine a ver qué se hace. Nomás vine a ver si no se habían muerto.


-Pues llegaste muy temprano; todavía nos queda carne debajo del pellejo y muchas ganas de vivir, estés o no estés -le contestó también sin voltear a verlo.


Ya no pudo volver a reponerse del fracaso. Lamentaba la desaparición de Diamanda a quien comparaba con su mujer: las dos parecen estar muertas y, sin embargo, existen sin existir; no le extrañó esa percepción de sus mujeres porque allí, en esos parajes, las cosas suelen ser así de raras; a los pocos días se dio cuenta que también está allí de formas incompletas, queriendo estar sin estar, como si la casa fuera una tumba enorme preparada para morir o para sepultar.


Ahora, en cuanto cantan los gallos, se levanta, calienta unas tortillas en los rescoldos, las embarra de queso y se las pasa con un tazón de café; toma el rifle y agarra camino rumbo a la cañada de los coyotes a ver qué de bueno le trae la cacería.


Una tarde en la que solo pudo agarrar una iguana, la suerte pareció sonreírle; como a cien metros de distancia divisó un enorme venado; sacó la baraja que le apareció en la mano la noche del espanto en el paso de Palmarejito para darle un beso, como hacía en los tiempos aquellos en los que era temido por sus dotes de tahúr y bueno para las armas; se escondió tras unas rocas enormes y preparó el rifle cuando cayó en cuenta que el animal se dirigía a toda velocidad rumbo a su posición. “Lo sabía. La suerte no me abandonó del todo”, se dijo con alegría mientras ponía la mira entre su ojo y la presa. Cuando lo tuvo a una distancia de diez metros, disparó. El venado se detuvo de golpe y miró directo al promontorio de piedras; caminó unos pasos más, extendiendo la nariz, olisqueando y fijando la vista en el rifle con una curiosidad burlona y escalofriante. Ezequiel salió del escondite, exasperado por fallar un tiro seguro y de inmediato disparó de nuevo; el animal no solo no se inmutó sino que además se atrevió a dar otros cinco pasos hacia él mirándolo, oliendo todo y relamiéndose como si se estuviera burlando; lo tenía ya a dos metros de distancia cuando volvió a dispararle; nada. Ezequiel le dio la espalda y corrió rumbo a un enorme mezquite y se trepó; el venado se acercaba a paso lento, como si fuera una vaca, mirándolo como con burla, como cuando a veces lo voltea a ver su esposa o como cuando Diamanda miraba a los hombres que mató o aquellos que juntos dejaron en la desgracia. Le apuntó varias veces a la cabeza y disparó hasta que las balas del morral se le acabaron. El venado seguía viéndolo de esa forma, parado en dos patas y recargado con las otras contra el árbol mientras hacía ruidos extraños y cuchicheaba con ese sonido de estar borboteando un caldo de terrones. Así estuvieron ambos viéndose hasta que cayó la noche. Luego, el animal se paró en sus cuatro patas mientras lo veía con asombro y de inmediato, como si Ezequiel hubiera empezado a existir con esa pronta naturaleza de matar, la bestia salió huyendo como si hubiera visto al demonio.


Llegó a su casa muy entrada la madrugada y nomás vio la luz de la cachimba cayó desmayado con un costal de piedras. Estuvo postrado durante varios días. Cuando tuvo fuerzas se levantó de la cama y fue a la mesa a servirse un poco de agua; la noche es oscura y silenciosa, su mujer reza un rosario mientras amamanta al niño; allí está la baraja sobre la mesa; la recoge y va rumbo a fogón; echa las cartas al fuego una por una; cuando le quedan solo cinco naipes, los examina con aire de curiosidad infantil: pokar de haces con rey de oros, un gran juego; suelta una carcajada; la mujer voltea a verlo y le dice:


-No te moriste.


-No. Todavía tengo salvación. Mira, pokar de ases; esta mano es el fin de nuestra desgracia -dijo, para luego romperlas y arrojarlas junto a las demás.


Luego se va rumbo al catre de nuevo deseando dormir, como para que amanezca luego porque siente que despierto algo malo puede pasar. Como a las dos de la mañana escucha a su mujer salir al patio; escucha los pasos que se alejan uno a uno. De repente, siente que algo se recuesta junto a él y lo abraza; “Rita”, le dice a la sombra pero esta le contesta con una risa; intenta quitarse de encima aquello húmedo, pesado, frío y cartilaginoso pero nomás no puede mover un músculo; intenta gritar el nombre de su mujer o su hijo y solo le sale un pujido arrastrado que le lastima la garganta, gime y aquello le contesta con ese sonar abominable de caldera hirviendo; saca fuerzas, saca su mano de las cobijas y con un movimiento lento, tenso, como si se estuviera sacando un clavo encajado entre los huesos, logró persignarse mientras dijo, con un enunciado bañado de babas: “Ave María purísima” y aquello salió volando por la puerta con rumbo a las andanzas de su esposa; escuchó un estruendo como de vidrios rompiéndose y aquel peso en el cuerpo al fin lo liberó; se puso de pie enseguida con un tipo de alarma en el pecho, tomó la pistola y se encaminó a toda velocidad al patio. Allí estaba el monstruo, colgado por las patas de un árbol de guamúchil, viéndolo como lo vieran Rita, Diamanda y el venado; lo señalaba con el dedo mientras reía a carcajadas; apuntó el arma y disparó: la imagen del paisaje nocturno y el demonio colgado de la rama se hizo añicos como si fuera un espejo; tras el derrumbe, como si fuera una niña jugando a ver el cielo estaba Rita tirada boca arriba y echando espuma por la boca, agonizando a gritos con una bala en el pecho; Ezequiel cayó de rodillas y se arrastró hacia el cuerpo de su esposa llorando; escuchó otra vez la carcajada y esta vez, Diamanda colgada del guamúchil; volvió a levantar la pistola y disparó; otra vez la imagen se derrumbó en un estrépito de vidrios; otra vez un cuerpo, el de su hijo, con una bala en la cabeza.



Levantó los ojos al cielo como pidiendo a Dios que todo fuera una pesadilla y lo único que vio fue al monstruo volando sobre él en un aleteo de despedida. Los enterró junto al zalate antes de que saliera el sol; huir, ya nada le quedaba; fue a su cuarto a recoger sus pertenencias y algo en la cama de su esposa le llamó la atención; era Diamanda desnuda con aire aún más joven que la última vez, con una mirada de venada, con el cuerpo aún más exuberante y etéreo, con esa sonrisa sardónica aún más brillante, con sus facciones de puma aún más recortadas; le entendía una baraja. Al amanecer, la gente de los pueblos de abajo vieron pasar acompañado de una rubia despampanante con rumbo a la costa y jamás nadie lo ha vuelto a ver. Eso dicen quienes bien lo conocieron poco. Pero la gente del pueblo jura y perjura que en la casa que está a unos metros de la barranca de los coyotes se aparecen las figuras de tres animas que murieron de forma trágica: Un niño sin nombre, la triste Rita y aquel matón temible que en vida respondió con el nombre de Ezequiel.

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.


Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.


Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.


Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).


Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.


Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

 

 

 

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