Cultura

Violencias permitidas: minificciones

NEGARLO TODO COMO PRINCIPIO.

 

No estoy de acuerdo con la resurrección, después de la muerte seremos comida de gusanos, abono para las plantas de alrededor. No estoy conforme con el amor, es una ilusión pasajera en busca del poder y la dominación del otro basado en las capacidades o en el abuso. No creo en las revoluciones, la gente no merece que nadie luche por ellos, demasiado es luchar por sobrevivir el día, cada quien en sus posibilidades. No creo en la paz, es una subjetividad que indica la persecución de ideales obsoletos, la paz no es la antítesis de la guerra sino una calma chicha. No creo en la familia como núcleo de ninguna sociedad, somos individuos y por tanto debemos pensar solo en nosotros mismos. No creo en la educación formal, la observación y el vivir a diario nos llenará de experiencias.

 

Julio César terminó sus apuntes y caminó hacia el mar. He acá mi pensamiento, dijo, mirando el sol hundirse en el firmamento cubierto por el oleaje. Los granos de arena golpeaban su piel, hiriéndolo. Fue arrancando las hojas de su libreta de apuntes e introduciendo cada una de ellas a su boca. Todo fue cosa de unos minutos, su dieta había sido consumida y se tendió en la arena. Cerró los ojos cuando la noche lo alcanzó, y se soltó a llorar.

 

Lejos quedaba la imagen de la mujer que lo había abandonado la tarde anterior.

 

ÉSTAS MIS FRONTERAS DE PÚAS.

 

Casi nunca pierdo la calma. He vivido ensimismado por más de 20 años. Escribo y leo en mi cuarto y las publicaciones me permiten el dinero que paga la comida y los servicios necesarios. Por Internet envío mis columnas. Los periódicos y las revistas me depositan el pago por mi trabajo. Compro en línea y me traen a la puerta de la casa las cosas que requiero. Dejo pasar días sin que me bañe. A veces no me rasuro uno o dos años. Me quedo en pijamas si se me ocurre, y en muy contadas ocasiones recibo visitas, no tengo amistades porque no me gusta la compañía. Mis conversaciones, entrevistas y conferencias las dicto en línea, y he sido galardonado en innumerables ocasiones. Las únicas personas que entran a mi hogar son prostitutas. Es triste en lo que se han convertido. No hablo con ellas. El dinero por su servicio lo pago a su agencia vía depósitos en línea.

 

Por ello, la noche que aquel niño golpeó a la puerta, mi ser huraño tuvo una sacudida innoble para alguien de mi talante. No sé si fueron sus rizos, sus ojos de caracol, su voz aflautada y llena de confianza, o quizá su olor, los que me hicieron jalarlo hacia dentro. Me percaté que no hubiera alguien cuidándolo. Cuando comenzaron a buscarlo y tocaron a mi puerta, llamé a la policía, me puse en contacto con mi editor, y vinieron para proteger mi soledad, mi estilo de vida. Les permití revisar la casa. No hallaron indicio de que el niño hubiera pasado por acá. Lo había escondido tan bien.

 

Después me divertí experimentando con el pequeño. Cerré su boca con hule espuma y cinta canela. Pude observar y redactar páginas enteras al dejarlo morir de hambre durante semanas. Se llenaba de valor y corría por los cuartos e intentaba esconderse. Pero con las manos atadas a la espalda y la boca clausurada, desistía. Suplicaba lloroso y se aporreaba en el suelo pidiéndome de la comida que consumía frente a él. Sus ojos iban del terror a la locura de manera intermitente y desencajada. Fue maravilloso, no podía creerlo.

 

Han pasado más de cinco años. Jamás volvió a tocar otro niño la puerta, pero aún conservo la esperanza. El blanco luminoso de su osamenta sigue en mi memoria, y al recordar vuelven los olores de su cuerpo del que me deshice en aquellos bidones con ácido, que luego fui lanzando al excusado. Tuve que quemar incienso y rociar desodorante por los rincones para abatir los aromas. Quizá por eso comencé a fumar de nuevo. Espantoso hábito.

 

CAZADORES DE RUBIOS.

 

Nadie se va a enterar. Pasaran días para que los padres reporten su desaparición; créeme, mis padres son iguales. Escuché a Mario con atención. Pasan semanas sin que yo vea a mis padres o ellos a mí, y vivimos en la misma casa. ¿Y la servidumbre, los choferes, los jardineros?, quise saber. Ellos te ven más seguido pero no tienen autorizado hablar con sus patrones. Solo lo hacen si se les cuestiona o autoriza. Mi madre ha corrido muchachas porque se les ocurre decirle Buenos días, al verla pasar por la sala. Y nos decidimos.

 

Las primeras fueron dos rubias de preparatoria. Las levantamos una noche cuando salían del cine. Nos divertimos rapándolas. Les tomamos fotos que hicimos circular por Internet, “Putitas skin-heads’, porque se lamían la una a la otra. Nos deshicimos de los cadáveres, hundiéndolos en el drenaje.

 

El siguiente golpe fue a un grupo de bañistas, siete niños ricos, todos rubios, que vimos en Playa Norte, tres mujeres y cuatro hombres. Fuimos muy violentos desde el inicio. Mario había tomado prestada, de la constructora de su padre, una camioneta, y al caer la noche, los encontramos junto a una fogata. Caminamos hacia ellos, agitando los bates como jugando béisbol golpeando algunas conchas. Al acercarnos las chicas fueron coquetas, y nos llamaron. Corrimos y golpeamos a los hombres con los bates. A ellas las cogimos de los cabellos, y las tiramos sobre las llamas de la fogata. Era delicioso el olor a carne quemada, a vellos púbicos que se incendian. Intentaban salir pero con los bates y patadas no lo permitimos. Oh sus gritos y el olor. Subimos los cadáveres a la camioneta para llevarlos hasta una picadora que Mario había conseguido, todo fue muy fácil.

 

En total matamos juntos a unos cincuenta chicos y chicas rubios. En varias ciudades de la península. Algunos conocidos nuestros siguen como desaparecidos. Luego utilizamos turistas, que sacábamos de hoteles. La policía está tras nosotros. Mario fue un imbécil al usar la misma camioneta para más de un ataque.

 

Tuve que deshacerme de él. Él también es niño rubio. Me fui ganado poco a poco la confianza de sus padres, y hasta me ofrecieron trabajo en la compañía. Para qué seguir jugando. La diversión tiene que parar alguna vez, para volvernos responsables.

 

DESDE LA AZOTEA LAS HORMIGAS MIRAN ENFURECIDAS.

 

Habían estado trabajando durante días en la construcción de un ala extra para el edificio de oficinas donde trabajo. Subían por las rampas sus herramientas junto con maderas, cables, alambres y sogas para acomodar los andamios. Toda la semana los vi subir en fila india, como infatigables hormigas, uno tras otro, y me parecieron idénticos. Como si los albañiles de la ciudad, o del mundo, estuvieran cortados con la misma tijera. Pechos y brazos poderosos, espalda amplia.

 

Mi novia me había llamado a medio día; fue cortés y directa, no quería que volviera a buscarla. No tuve que preguntar. Los amigos sabían que ella no deseaba seguir a mi lado. Sus quejas y su falta de interés en los aspectos más importantes de mi vida eran señales directas de que, en la relación, yo caía por el caño.

 

Por eso subí a la azotea. Me paré en el barandal, y quise convencerme de saltar. Era tan fácil, apenas un paso, un pequeño movimiento y caería los 25 pisos rumbo al pavimento. Pero los albañiles, esas hormigas rojas, me enfurecían. Primero lancé escupitajos sobre ellos. Luego algunas piedritas, para acabar aventándoles todo lo que había en la azotea: pedazos de bloc, cubetas. Arranqué las láminas que recubrían las salidas de emergencia, y las aventé junto con letreros rotos, focos, lámparas; todo cuanto pude. Hasta que me detuvieron los que subieron corriendo por las escaleras de emergencia.

 

Desde esta cama de hospital, estoy seguro que la golpiza sirvió para arrancarme el sentimiento de abandono en que me ahogaba.

 

¿QUIÉN SE HA INHALADO MI LÍNEA?

 

Luis era servicial con sus invitados. Pero descubrir, al sentarse junto a ellos en el sofá de la sala, que en el espejo de la mesita de centro no quedaba ni una línea de coca, le inundó de sangre la mirada. Se levantó enfurecido, caminó hacia el cuarto. Cogió de su clóset un bate de béisbol y al regresar, sin previo aviso, golpeó a todo aquel que se topó en su camino. Tenía los ojos desorbitados con los párpados ennegrecidos por una sombra de odio. Mientras golpeaba espaldas, brazos, rostros, los dientes salían volando, y pringas de sangre alcanzaban los muebles, la ropa, y los vestidos de algunas mujeres. Los que pudieron se empujaron hacia la puerta para escapar. Luis no era un enclenque al que se pudiera enfrentar así como así, menos si blandía un bate de béisbol.

 

Julia, quien hasta hace dos noches había sido su novia, tuvo la mala suerte de presentarse al departamento en ese instante. Regresaba por el resto de sus cosas cuando el bate de Luis le alcanzó perfecto en el rostro. El golpe seco, sobre boca y nariz, la empujó hacia atrás, y cayó de espaldas sin meter las manos. En el suelo su cara era una gran mancha de sangre con los dientes quebrados, la nariz despedazada. Astillas de hueso brillaban en el malva que chorreaba por su rostro. No podía gritar, ni tuvo tiempo para entender… Los invitados se habían detenido en la puerta del apartamento y miraban sin asombro. Luis colocó las piernas a uno y otro lado del torso de Julia, levantó el bate y golpeó el cráneo de la mujer más de una vez. Nadie cerró los ojos. Sólo hubo algunos grititos ahogados de sorpresa y asco, que no impedían el morbo.

 

Cansado, Luis se dejó caer en el sofá, tenía los bajos del pantalón y las mangas de su camisa rociadas con sangre. El bate guardaba la marca del cuero cabelludo y pedazos de hueso resplandecían ante la luz de las lámparas. Los invitados que vieron el asesinato entraron poco a poco y se sentaron en el piso, alrededor de la mesa de centro, sin hacer caso del cadáver. Uno de los invitados sacó de sus bolsillos algunas grapas de cocaína. Las abrió, vertió el contenido en el vidrio de la mesa y comenzó a formar las líneas. Nadie hablaba. Luis fue el primero en meterse de inmediato dos. Echó la cabeza para atrás, tragó saliva para limpiarse la garganta, se pasó los dedos de las manos entre el cabello y, recostado en el sofá, se quedó mirando el techo. Los demás se turnaron para inhalar su dosis, y poco a poco retomaron la plática.

 

HORIZONTE DE CRUCES.

 

Ella despertó con el uniforme de la escuela desbaratado. Le dolía terriblemente el cuerpo, había dormido más de 13 horas en aquel paraje sombrío. Se incorporó como pudo, subió la cuesta arrastrándose, su boca retenía las manchas de sangre ya secas; llegó hasta arriba, y su visión se perdió entre las miles de tumbas que poblaban el desierto, miró hacia atrás, y sus captores venían hacia ella, cargaban una cruz de madera, y uno de ellos se abría los pantalones mientras sonreía.

 

ESA ESPADA EN EL CORAZÓN.

 

No son tan altas las escaleras. En la habitación de arriba la puerta abierta le permite mirar a su padre en la hamaca, meciendo la borrachera. En la televisión el canal del clima reporta chubascos. La tarde se ha nublado; de la ventana filtran ventiscas heladas. El joven sube lento pero decidido; un escalón y la pausa reflexiva; el siguiente escalón tensa sus músculos. Mientras cortaba naranjas en la cocina llegó la idea: mataría a su padre.

 

¿Qué ha sido de aquel antiguo comunista? Tan vendido. Siente desprecio por su hijo. Y al encontrarlo por la casa, le grita y lo aparta como se apartan las moscas de la comida.

 

Desde los dieciséis uno aprende que al jugar las cartas se tiene que ganar sin importar los parentescos. El tufo de la borrachera del padre se extiende por el techo y las paredes; se enreda a las piernas del joven que sube el siguiente escalón. El canal del clima habla de las temperaturas que descenderán para el fin de semana. Como descendió el rojo ideal de su padre con los años: Un vendido.

 

Su padre baja de la hamaca el pie derecho para tocar el suelo y lograr que la habitación deje de girar. Se acomoda sin levantarse. Con el antebrazo se limpia la saliva que escurre por la barba. Percibe un tenue: Me tienes harto…, y mirando por la ventana hacia la lluvia, en la modorra, escucha pasos que suben con pausada lentitud.

 

LOS PEQUEÑOS CAMBIOS.

 

Un día, un político cuyo nombre no debe ser pronunciado, se dio cuenta que era estúpido combatir a los narcos ―si a todos nos gusta drogarnos― y acabó reconociendo en la tranquilidad de su jacuzzi: “El negocio está en quitarlos del camino, apoderarse de sus fortunas y del mercado que han abierto”.

 

Al día siguiente organizó a grupo de jóvenes militantes de su partido, deseosos siempre de ser útiles, y les encargó revisar en cada una de las cárceles, en las noticias, en los libros, en las calles, en el mayor número de barrios, para saber quién era considerado como el más grande y atrevido narcotraficante del país. 

 

Los informes fueron llegando, cada vez más abultados, a su escritorio, tesis venían, fotografías, estudios biográficos, pormenores de todo tipo, y todo apuntaba a un sólo nombre. El político intelectual de esta historia, armó una presentación y se la expuso a sus compañeros de bancada. Así, diputados, senadores, altos jerarcas del partido se reunieron en una fiesta para conocer los resultados de tan interesante investigación. Los datos y las conclusiones saltaban a la vista, el rostro brillante del auditorio hizo reconocer al político que había dado en el clavo. Era necesario trazar el plan a seguir, todo basado en una sola premisa: Se harían, tan solo, pequeños cambios. Seguiremos dictando la política nacional en contra de…, mientras se firman convenios, se hacen las alianzas, se escoge las personas adecuadas que permitan liderar estas operaciones.

 

― ¿Ya hubo acercamiento con alguno de ellos?

 

― Las pláticas más adelantadas las tenemos con uno, uno solo. En estos días se anunciará su fuga de la prisión, detendremos a algunos custodios; y él nos ha prometido, retomar su negocio, quitando gente de en medio. Acá entramos nosotros, o bien, los grupos de seguridad. Nos haremos millonarios, con tan poquitos cambios de personajes.

 

Cuenta la leyenda que después de aquella fiesta, la violencia fue creciendo como una bola de nieve, y se perdió el liderazgo único. Es decir, nadie supo de dónde venían los golpes bajos y las traiciones. Bien, niños, así es como se perdió el país; los que logramos sobrevivir, en estos refugios intentamos día a día, encontrar algún indicio de esperanza.

 

 

TODOS SOMOS PEDRO INFANTE.

 

Adoré el 15 de abril al salir a la calle y ver las camisas a rayas, apretadas en los hombros, los bigotitos estilizados deambulando sonrientes con el cabello corto y bien peinado. Los moto policías en cada crucero hacían evoluciones de circo y tuve la sensación de jamás ser olvidado. 

 

El primer trimestre del año había sido de continua tranquilidad con sus veintenas de cadáveres en las televisoras y la prensa. A todo se acostumbra uno; pero este 15 de abril era perfecto para reiterar nuestro mexicanísimo sentir bajo la imagen sagrada del ídolo inmortal.

 

El gran Pedrito, que a las mujeres agradaba y que todo hombre ve como ejemplo de conquistador pervivía a pesar de nuevos héroes que nublan las visiones amatorias de las féminas por acá y acullá, allende los océanos: yo quiero ser, un solo ser, un ser contigo.

 

Ese 15 de abril yo había decidido inmolarme por mis ideales. Desde la noche de los granadazos en Michoacán, decidí que alguien tenía que pagar. Pronto me fui haciendo notar con mis publicaciones sórdidas en algún periódico, y mis pasquines por acá y por ahí, retacando los correos de mis contactos, hasta que un día la llamada ocurrió. Me contactaron y fui entrenado sicológica e intelectualmente para este día.

 

La misma mañana hermosa del 15 de abril en que todo mundo quería ser la imitación del ídolo de México, mis maestros y yo, la decidimos perfecta para ir a explotarme a una convención donde estamos seguros asistirá el secretario de gobernación para inaugurar el festival de la nueva canción mexicana.

 

HAY QUE SABER LLEVARSE.

 

Acostumbraba contarle a mi novia los relatos de mis experiencias sexuales con otra chica, y era capaz de decirle siempre, pero tú, cuéntame, cómo han sido tus relaciones. Ella entonces, se abrazó a mi cuerpo, recostó su cabeza en mi pecho, yo podía sentir la tibieza de sus redondos senos de nínfula que tanto me desquiciaban, y me dijo los ires y venires, con lujo de detalles, de cada uno de los amantes que había tenido. Incluso se mordía el labio, recordando, y con cada historia se inspiraba más y más, y cuando ya no soporté, la golpeé en el rostro, me tiré sobre ella para abofetearla; ella intentó arañarme el rostro, patalear y morder para soltarse y protegerse; me puse sobre ella, le abrí las piernas y alcancé a metérsela; ella cerró los ojos, insegura de lo que ocurría y yo tomé una almohada, la puse encima de su rostro, y apreté con todas mis fuerzas hasta que dejó de luchar.

 

NI KURT COBAIN LO IMAGINÓ.

 

Rodrigo Ordóñez se había comprado una guitarra eléctrica al fin. Muchos meses de trabajar como mecánico en el taller del barrio, de vivir miserablemente, apenas comiendo, le habían permitido ahorrar para darse este lujo. Y ahora podía deleitarse con su talento. Siempre supo que lo único que necesitaba era constancia, lo demás vendría luego. Confiaba en sus capacidades imaginativas, y en su virtud para la música. Todos sus conocidos lo sabían. Sus amigos siempre habían hecho hasta lo imposible por prestarle una guitarra para que participara en alguna banda de rock, o formara la propia. Rodrigo hablaba todo el tiempo de sus sueños, les mostraba versos, silbaba melodías, y siempre hacía la mímica con sus manos, demostrándoles que el instrumento era lo que hacía falta.

 

Se negaba a tocar un instrumento que fuera prestado. Le enojaba al grado de tomar la decisión de retirarle su amistad a quien insistiera en el asunto.

 

Por eso, la noche que compró la guitarra con sus ahorros, todo mundo se alegró, sabían que el talento de Rodrigo por fin podría escucharse. Serían partícipes de la historia musical que en el pueblo acabaría por gestarse, y para el mundo, decían los amigos más cercanos.

 

Nadie imaginó que Rodrigo cogería la guitarra, se metería al jardín botánico que con esfuerzo se había levantado en la alcaldía, como un atractivo más para los visitantes, y una vez ahí, despedazaría la guitarra contra el macetero de una enorme cícada y acabaría colgándose de un árbol de almendro sin dejar ninguna mayor explicación.

 

HIMNO.

 

Ramona tenía siete años cuando las puertas de la primaria se abrieron para ella. La orden de la procuraduría para la protección de la familia había sido tajante. Resultaba ser un gran esfuerzo que alguno de sus padres se levantara de sus cotidianos destrampes mentales para recordar que debía llevarla al colegio, y eso, con todo y las consabidas multas y persecuciones de la autoridad.

 

Al mediodía cuando Ramona regresó sola de la primaria al departamento que compartía con sus padres, éstos levantaron la cabeza fuera de los espejos y le preguntaron:

 

― ¿Qué tal tu primer día, hija?

 

― Normal

 

―Habrás aprendido algo, preguntó su madre, limpiándose la nariz con el antebrazo.

 

― Aunque sea el himno.

 

― Si, cántanos una estrofa al menos.

 

Y ella se puso frente a ellos, los miro con ternura, les revolvió apenas el cabello de la cabeza y abriendo los labios despacito les cantó en un susurro: Mexicanos adictos y en guerra, el cigarro aprestad y el churrón…

 

 

COMO EN LA ROMA IMPERIAL.

 

Matamos a cualquier Alcalde, Gobernador, Diputado o Senador y decimos que fue el Narco… ¿Cómo no se me ocurrió antes? Entonces acá termina la reunión, se anudó la corbata frente al espejo y salió del baño. Su sombra quedó atrapada en el tiempo. Luis Ignacio trepó las escaleras del edificio del partido hacia la sala de prensa. Ahí lo esperaban los camaradas y los medios de comunicación. Entre aplausos se puso frente al micrófono.

 

― Se permitirá solo una pregunta por persona.

 

― Señor, de la prensa tal, quisiera preguntarle su postura ante los ataques que recibieron las oficinas de su partido en Aguascalientes.

 

― La postura es muy simple. Desde el partido estamos indignados ante la ola creciente de violencia que está sucediendo, sobre todo cuando los ataques van dirigidos hacia instalaciones o miembros de nuestro partido. Nosotros confiamos plenamente en el esfuerzo que el gobierno federal y el Presidente están realizando en esta guerra, y sabemos, así como confiamos en tener la entereza para nunca doblegarnos. El crimen organizado es una escoria social que tiene que ponérsele freno, y las agencias de investigación del gobierno federal están haciendo un correcto trabajo en detener a estos pocos, muy pocos, individuos que quieren y fomentan la desestabilización.

 

― ¿Nos atreveremos?

 

― Claro que nos atreveremos. Al final, decimos que fue el Narco, y que al ser los ataques dirigidos en contra de nuestro partido, la oposición, los otros partidos son los principales sospechosos de tener nexos con estos maleantes.

 

― Pero ¿valdrá el riesgo?

 

― Todo triunfo conlleva pérdidas. Necesario es mantener el espíritu de que nuestro partido y sus gobernantes son la única esperanza. Háganlo. – Luis Ignacio había sido tajante, entró luego al baño para lavarse el rostro, ajustarse la corbata y luego subir ante la prensa. La orden había sido dada y no había vuelta atrás.

 

Justo al momento de terminar de hablar sobre “la desestabilización” un disparo corrió por encima de las cabezas de los periodistas que tenía atestada la sala de juntas. Luis Ignacio cayó, herido con precisión en el hombro derecho, y segundos después, tres detonaciones se hicieron presentes, inundando la sala completa de fuego. Los gritos y las correrías crecieron unos sobre otras.

 

― Al final decimos que fue el Narco, y asunto arreglado. Tendremos semanas o meses de tener entretenida a la opinión pública. Los costos de una guerra siempre son altos. Que la historia sea juez.

 

CRUCES, CRUCES Y SOLO ALGUNOS LLOROS.

 

Tanto decir “esa es tu cruz, cárgala”, le tiene asqueado. Cada mañana Jorge da gracias por seguir vivo. Reza las fórmulas mágicas que le habían enseñado desde el seminario, y su fervor puede arrancarle lágrimas.

 

Lee la prensa mientras toma un rico y nutriente desayuno, para acabar con el café sin azúcar. Su fe le reafirma lo correcto del camino elegido. No. Él no había elegido el camino, se sabía un instrumento.

 

El párroco fue inteligente, piensa, la confesión es frente a frente con el sacerdote en una cabina de vidrio que no permite escapar los sonidos, las pláticas, la maraña de pecados, las culpas y las reprimendas.

 

Los días siempre son diferentes, a veces atroces, a veces peor; desde que se pone la estola sabe que su fe tendrá que mantenerse poderosa para poder escuchar. No somos sicólogos, y todo lo que te dicen, lo tienes que tragar solo. Nunca se estará preparado para esto, no hay forma.

 

Alguna niña no le contó a su madre que reprobó las materias. Alguien siempre le esculca los bolsillos a su esposo cuando está borracho, ¿es robo eso, padre? Aquella chica ha sido violada constantemente por su abuelo. El hermano de esa otra violó a una vecina con síndrome de Down y ella fue testigo. Ese niño odia a su madre, no soporta verla, ella se acuesta con cualquier tipo con tal de que le inviten un trago, tengo deseos de matarla. Me masturbé padre. Él dice que por el ano es mejor, y solo así hemos hecho el amor, soy una virgen que lleva casada tres años. Tuve que robar, padre, mis jefes me tenían ahorcado con las deudas y sus malos tratos, no fue mucho, apenas para pagar colegiaturas y deudas. Me gusta mucho el esposo de mi hermana. Creo que, borracha, hice el amor con mi primo, despertamos desnudos, pero no recuerdo nada. Odio a mi anciana madre, quisiera que ya muriera, es un estorbo, siento que lo es, me desespera. Otra vez engañé a mi esposa. Me gusta mucho mi sobrina, me excito cuando la veo y no logro evitarlo, estoy seguro que ella se viste para mí, para que yo la vea, ni siquiera es mayor de edad. Quiero quemar la iglesia, padre, tengo miedo, el diablo es quien me habla por las noches, se mete a mi cuerpo, creo que soy la esposa del diablo, pero tengo que ser varón como quieren mis padres.

 

A las doce del día, despide a los que siguen en la fila, se quita la estola, lleno de reflexiones, y sube a la casa cural para tomar el almuerzo, mirar un poco la tele, esperar que la comida se enfríe, lavarse las manos, cambiarse los ornamentos, dar gracias por la comida, descorchar una botella de vino tinto, y trata de olvidarlo todo.

 

Y LA TRINIDAD DE CINCO.

 

Tres dioses en un solo dios. Tres personas en un solo dios. Budas, cristos, krishnas. Mahomas, Luteros, Shiva. Y siempre se descubren más. Desde Chac mándanos la lluvia, hasta Santa Muerte ayúdame a sobrevivir. Los ideales han estado vigentes en cada ser humano, alentando el temor, y así es como Saulo se sentía. Recorrer una y otra vez la penumbra, como si en la oscuridad creyese encontrar vestigios de luz. No hay más luz que el brillo en sus ojos, y nadie acá habla de amores almendrados. No.

 

Sabe que luego de secuestrar jovencitas de secundaria, su voluntad y misticismo, su oración y ayuno no tendrían reparo en desbaratarle la cordura. Ellas cinco se habían encargado desde hacía meses de robarle la paz interior. Desde el parque, donde acostumbra meditar, al colegio de señoritas no hay más que una calle. Y Saulo estuvo atrapado siempre en los olores a orina limpia que corrían por los baños. Tantas mujeres y mi dios que no puede doblegarme.

 

Ya no ponen resistencia. Tres días de golpes, hambre y miedo han hecho efecto. Las vestirá con la ropa que él mismo confeccionó en la vetusta Singer que le heredara la abuela. Al final, todo sacrificio es extraño para quien no se siente en armonía.

 

DIOS ES NEGRO Y OBAMA LO SABE.

 

La negritud había alcanzado el pináculo. Por eso decidieron ir cambiando los tonos de piel de las esculturas. Entonces la enorme estatua de Lincoln, amaneció un día con la tez morena, y las facciones afroamericanas. Atrás quedaba aquel sobrero de copa, cediendo ante uno tipo hongo.

 

Pero cuando el fanatismo comenzó a permear en las religiones, en los templos, las viñetas de los libros de instrucción, los cuadros, vitrales, e imágenes, los latinos dijeron esto ya raya en el colmo. Y comenzaron las batallas callejeras. La raza, los ese, los mexicanos pues, levantaron y escondieron todas las imágenes de la virgen morena, pensando que en cualquier momento comenzarían a aparecerle rasgos negroides en su rostro de morenita amada.

 

Pero los “hermanos”, los altaneros “bro”, allanaron los templos, con órdenes firmadas desde el Congreso, y la persecución de los latinos recrudeció. Los blancos preferían no meterse. Se quedaban encerrados en sus oficinas, abandonando los puestos de altos mandos, y bajando las escalas para ser nombrados minoría.

 

Los asiáticos eran llevados a campos de concentración (no otra vez, no por favor, this never end). Y toda raza que no fuera la raza negra era tachada de ridícula. Los libros que exaltaban la superioridad de la raza negra fueron creciendo en las bibliotecas, y escritores como Toni Morrison, fueron elevados a héroes nacionales, sacando de la educación formal a Withman, Sallinger, Faulkner, Hemingway, Poe, Capote, y hasta Tennessee Williams entre muchos más.

 

Hubo quienes hablaron de reescribir la historia, pero no faltó quienes pensaran que era mejor hablar de una nueva Era, en la cual el Hombre de raza negra triunfaría al fin, dado sus enormes capacidades para el arte musical, para ser los triunfadores en todos los deportes, por las fantásticas hazañas que debían ser consideradas eventos nacionales.

 

Los blancos fueron abandonando las ciudades y la negritud expandió sus raíces por toda la nación, intentando influir en los países vecinos del norte y sur. Fue en México donde estas ideas no crecieron. Y se planeó una nueva invasión.

 

Sin embargo, hubo quienes dijeron, pero si el Sur, y esas fronteras están llenas de latinos, y viven pegados a México contaminando la mente y el espíritu de nuestra raza. Mandemos a todos los blancos a Canadá y a todos los latinos a los estados de la frontera con México. Y cuando al fin todo quedó, perfectamente dividido, el mundo alcanzó la paz.

 

Fotografia de Adán Echeverría

 

Adán Echeverria (Mérida, Yucatán, (1975). Doctor en Ciencias Marinas. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía “ ropero del suicida” (2002), “Delirios de hombre ave” (2004), “Xenankó” (2005), “La sonrisa del insecto” (2008), “Tremévolo” (2009), “La confusión creciente de la alcantarilla” (2011), “En espera de la noche” (2015); los libros de cuentos “Fuga de memorias” (2006) y “Compañeros todos” (2015) y las novelas “Arena” (2009) y “Seremos tumba” (2011). En literatura infantil ha publicado “Las sombras de Fabián” (2014), cuento ilustrado por Steffy Burgos.

 

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