ANO 9 Edição 99 - Dezembro 2020 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


Dos buenos amantes    

La vio doblar la esquina con su pequeño hijo tomado de la mano.

Ella sabía que no era una casualidad y aun así no podía evitar el desencajo de su rostro, el peso de su sangre en los talones y el pulso explosivo de su corazón en la garganta.

El por su parte, siempre que la veía, que la encontraba de esos modos, sentía el mismo desaliento en las piernas, el mismo desosiego en el brinco de su pecho y una infinita tristeza causada por la mala idea de amarla fuera de la oportunidad, sentía la misma desvalidez ante ella como cuando la tuvo tantas veces encima de él, completamente desnuda, completamente suya, todita dispuesta a hacer y dejarse hacer.

 Él siempre terminaba, después de esos encuentros callejeros y “casuales” con la rabia atravesada desde la lengua hasta la panza por no poder volver a tenerla para nunca jamás.

Vio la pequeña boca trompuda de ella temblar y el cascabeleo de sus piernitas macizas; hasta notó como apretaba sus nalgas rechonchas y paraditas, vio como las tensaba como si la pobre esperara al menos una buena patada.

Para fortuna de ambos, que estaban al borde del miedo a causa de amarse tanto, empezaba el cielo a llover unas gotas enormes, veloces y pesadas que apremiaban el paso: los pasos con regreso desolado en él, los pasos de voltear atrás y por encima del hombro de ella y los pasos del niño que miraba el cielo encantado por el prodigio que golpeaba su rostro con ternura fría y húmeda.

Atontado por el asedio y el zumbido de la lluvia escuchó la voz de su amada a través del ruido del agua golpeando el pavimento, su vocecita apenas audible, atenazada por el paroxismo de sus emociones a flor de labios:
-apúrate Manuelito, que va a llover bien recio y tienes gripita.

Él se siente afortunado a fin de cuentas; afortunado al saber que ella no puede ir muy lejos con su hijo y su marido que es un gorila culero. Se siente seguro pues su “trompuda” es incapaz de huir del encanto que ambos mantienen a dos metros de distancia, ese encanto que casi se puede palpar en medio de esa distancia entre ella y él.

Un encuentro breve y lleno de emoción, alimentado por la pasión calcinante de un pasado recién acabado. Él vive de eso y para ella se hace se hace encontrar, ella le hace pervivir por fuera de su pellejo.

La ve meterse al abarrotito del callejón, la ve dedicarle una última mirada, la ve sonreír, y entonces está seguro de que su trompuda ni siquiera ha de acordarse de las compras pírricas para la cena; ella, su trompuda, con su cabecita tan llena de su amor.

Sigue su camino recordando los días con ella; su vocesita de niña peleona, de tonada ranchera, poca letra, palabra mocha; una jovencita de palmito caliente veintitresañero listo para las horas de desafuero en camas sin hogar, encerrados dentro de paredes de alquiler o casa prestada; una mujer de cuerpecito hermoso, menudo y dotado de redondeces puestas donde se debe, duras y aromadas; con su boquita de aliento a comida muy sazonada, de besos carnosos y mordelones con dientitos de gata; sus arañazos de roedora incansable montada sobre su vientre.

Camina y rememora los planes de fuga al norte o al sur o a donde fuera, nomás para estar lejos de su legítimo chingador, de ese hombre que la espera en esa casa de arrimados, que le espera para la cena de matrimoniados; la espera siempre con la gana de voltearle la jeta de una cachetada por servirle mal el plato y ponerle mal la cara.

Ella llega a su casa sudando en cada encuentro, asoleada por su alma correteada por el empuje de ese hombre que aún le ama, llega temblando, sonriente en sus adentros, feliz en su cara. Infortunada, sabiendo que no podrá vivir sin esas imágenes furtivas nunca, no podrá nunca y lamentará cuando su amante abandone las calles de esos barrios que ambos caminan a diario con la esperanza de encontrarse en un lugar lejos de sus mundos. Sí, llora y llorará cuando el abandone sus ilusiones y ese deseo de arrancarle la ropa a voces y besos; el deseo de amarla así, ajena por la ley, la moral y por el padre de ese niño.

Él le vive y en ella pervive.

Ella por él sobrevive al amargo tedio de un amor que no está en su cama matrimonial, ni en la mesa puesta para los desayunos, comidas y cenas; ni en la puerta de entrada en esa casa de arrimados por la cual, en las tardes calurosas y llenas de mosquitos, se asoma tan triste la luz que proyecta el sol, con sus sombras alargadas que se estiran y se estiran hasta desaparecer. Ese amor suyo está en un lugar, muy cerquita, a unas calles, bajo ese cielo.

Ella vive muriendo por él en las noches, con sus pantaletas y el sostén puestos, mirando la luna; esa misma luna que alumbra sus rostros en las noches de urgente necesidad.

 

 

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.

Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.

Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).

Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.

Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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Paginação:

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