ANO 9 Edição 95 - Agosto 2020 INÍCIO contactos

Adán Echeverria


La necesidad de adorarla    

Todas las noches letra y letra sobre el blanco y ella no aparece. Tantas publicaciones, tanta publicidad para recibirlo en las ciudades; en cada conferencia revisando cuartos de hoteles y ella no se encuentra en ningún sitio. La persecución llegará a su fin, o la noche acabará por tragárselos a todos.

Ellas o las otras rompiendo las espadas de su propia desesperación, trazándose la senda, hasta llegar a resolver el caos en que se han vertido separadas. Todo porque él no ha logrado encontrarla, y sus letras han dividido los ideales, destruyendo las creencias e implantando la semilla de la violencia en los corazones. Letra y letra sobre el blanco, todas las noches continúa buscándola. Era una continua imagen. Un pedazo de rostro que no podía iluminarse.

La había mirado, escasos segundos al bajarse del metro, entre tanta gente. Su abrigo quedó atorado en el paraguas de un viejo sin rostro ni conciencia, sin un pasado que tuviera importancia, como tantos que deambulan este mundo con el destino mirando el horizonte y las calumnias atacando los recuerdos; y fue cuando al fin, gracias a esas piernas que se descubrieron, a los tenis sucios, y sobre las calcetas corridas hacia los tobillos, que pudo contemplarla intacta. La mujer tiró con violencia del abrigo, el paraguas del anciano cayó al suelo, y justo en ese momento, de cejas levantadas, quijada apretada, labios negros sugerentes, el enojo en creciente que le afirmaba los músculos inflamándola, y sin tanto maquillaje; justo ahí, como un relámpago, se soltaron las quimeras, y el flujo mental comenzó a desbordarle: todas las palabras existentes vinieron a refugiarse en su cerebro, a descolgarse de los ojos, a atravesársele en la punta de la lengua, una sobre otra, letra y letra, de la mente hacia la hoja en blanco, de la mente hacia la mano, de la mano hacia los dedos y los lápices, rayando caracteres, ideogramas que fueron silabando sin control, en una desesperación agitada que lo hacía atragantarse de palabras.

Ella caminó en el andén, las puertas del vagón se cerraron dejándole al hombre, la mente en agonía, ¿quién era esa mujer? ¿quién o qué cosa tan inmensa era toda mujer? Y comenzó la indagatoria mental de las historias. Aquel viejo pudo haber tenido alguna amante en la juventud que fuera similar a aquella, y ahora le espera en casa para aventarle al rostro su infidelidad. Ese chico de más allá, a tres asientos de distancia, que intentaba dormitar recargado en la ventana del vagón puede estar cayendo en las redes de la niña de trenzas con quien, hace apenas una estación se estaba besando, ese pobre chico puede acabar encarcelado por intentar robar solo para conseguir ser dueño de esas miradas lúnicas que tienen las amantes apenas pasadito el orgasmo. Mientras la niña de trenzas cruza la frontera del país con el dinero en los bolsillos; y el hombre los miró a unos y otras, brazos, piernas, estómagos crecidos, los tatuajes en la espalda baja, las cabelleras, los sudores...; las historias crecían, las letras caían sobre el blanco, se iban dibujando personajes, inicios, finales, entretiempos, términos, laberintos, claroscuros irreales y fantásticos; aquellas iniciaciones crecían saturándole el cosmos y el cuaderno en un ir y venir de facciones descompuestas, carcajadas; y se dió cuenta que necesitaba más papel, que el lápiz ya no le alcanzaba para ese instante de luz que había cuajado desde la piel de aquella dama, y entonces el vagón del metro comenzó a moverse una vez más.

Tenía que bajarse, mientras las voces en su interior crecían, apretándole los músculos; todas las personas a su alrededor le clavaban los ojos en la nuca, no se hallaba, necesitaba respirar; las manos le dolían y en el sopor quería acuchillarlos a todos, hacerlos pedacitos y guardárselos en los bolsillos para correr a casa, servirse un vaso de agua y poderles componer la vida, reescribiendo sus historias.

Las fallas continuas de la luz en el interior de los andenes, los parpadeos de las sombras al atravesar los túneles lo sofocaban, y todos los rostros iban diciéndole, cuéntame, cuéntame a mi, yo quiero salir y existir de una buena vez, todos juntos se precipitaron sobre él, así, sin ojos encendidos; y él se hizo un ovillo en las bancas del vagón, aterrado. Le gritaban sin decoro, angustiadas, voces y voces que se confundían, y supo así, en tan pocos instantes, la vida de todos los que lo rodeaban, como un maniático vidente, como el más grande oráculo que había visto la humanidad. En eso se había convertido.

Bajó del metro, y a cada paso una persona y su historia completa subía hacia su mente, y él almacenaba los recuerdos de todos; sus pasiones, sus sinsabores y desencuentros, ya no cabía más en su cabeza y cuando llegó a su cuarto, aquella buhardilla en la azotea, tuvo que escribirlas, y las palabras le dolían, le aterraban, le mordían mientras iban escapando del teclado. Salían solas y le dolían los dedos, se le espantaba el hambre y no dejaba de escribir. Se hizo de nuevo la mañana, y se percató que había estado trabajando quince horas seguidas; pidió un descanso a sí mismo, salió para comprar jugo de naranja, y de nuevo cada efigie le gritaba ser contado; historias completas que había que reducir a una frase, había que dar giros al lenguaje; pequeños parpadeos de humor; tensar el arco, un rayo de luz cubriéndole la espalda y de ahí al centro de la imaginación para activarse y brindarle la certeza de la frase exacta, el párrafo conciso, lo real imaginario, la imaginación realista que tanto hubo que despedazar.

Ojos que se precipitaban hacia la nariz, aleteando cual murciélagos fueron llegando las historias a depositarse como larvas en el cerebelo, y el estallido editorial. Luego fue el reconocimiento de los premios, la cimentación de su esfuerzo, y las ojeras poblándole la cara, creciendo y oscureciendo su ceño, quince horas diarias de escritura, y el encierro continuo de cigarros y hojas saliendo de las impresoras. Se recuerda atado a las mesas de los talleres literarios, donde había pasado cinco años de emborronar sus notas con pobres resultados para que, en un abrir y cerrar de los ojos del destino, se encontrara persiguiendo a esa mujer del metro, y al querer atraparla, ella le estuviera abriendo la conciencia.

Lo negro se hizo pardo, lo rosa se hizo oscuridad, y afirmó la muerte y la violencia detrás de la poderosa voz de sus personajes femeninos, que solían orinarse en las esquinas, mientras conquistaban la guerra del poder de los hombres que sólo cazan para ellas; ahí estaba él, con esta literatura del grito, ese reconocerse en el vértigo; ella no aparecía completa (cuéntame a mi, a mi o a mi que ya no cargo la dinamita de nombre en el olvido), sólo la mano, el abrigo, la pierna, las cejas, la boca, la quijada, y tantos nombres, el escozor en los tímpanos, eran sombras que iban creciendo en los cuadernos; aquella mujer se aparecía por pedazos, era sólo un pretexto para derramar su vastedad; no detenía el impulso de su parpadeo, como un clic continuo que le impulsaba a coger el cuaderno y saturar las ideas que le dolían; edificios oscuros, días soleados, nada de lluvia, los subterráneos, esas mujeres que se reconocían entre sí y se apretaban las piernas, esos hombres (minúsculos y seudos casi siempre) que no tenían más rostro que unos orificios oscuros y triangulares, sin personalidad, para qué, si él mismo no tenía rostro, igual se desdibujaba a diario, recreaba sus vicios, sus impulsos de catástrofe; las ojeras iban escondiéndole las facciones, su cerebelo y todo el raciocinio rebosaban por los párpados, era imposible sobreponerse a ese creciente río de signos que lo avasallaban, caminaba y tenía que evitar mirar a cualquier persona: esa mujer que tuvo tres amantes y estaba destinada a ser baleada, esa niña que se convertiría en pederasta desde la preparatoria, el hombre de los helados que atrae a los críos del colegio hacia su cueva de regalos y semen, la niña que le abre la bragueta a sus primitos que le toca cuidar por las tardes, esas monjas que torturan a las novicias rompiendo siempre el relicario, amas de casa que siempre disponen las mañanas para trazar su fortuna, su despiadada voluntad de recibir a sus amantes, toda la furia del varón domado rebosándole la ruina, la maldita escritura que le hablaba a gritos y le hacía escribir hasta doler los dedos; el novel escritor tenía ese poder ahora.

No podía leer mas libros, era demasiado, en cada fragmento de lectura él imaginaba de tres hasta cinco historias; todo lo que en los años de taller le habían permitido la creación de tres cuentos medianamente malos, ahora le hacían producir sin descanso obras de las que surgían reseñas tesis, críticas, cátedras, movimientos artísticos alrededor de su nombre, recibiendo solicitudes de jóvenes tesistas, que querían aprender del novel maestro; su nombre poblaba las librerías, la firma de autógrafos, disturbios para poder ver al escritor que les daba la oportunidad de ver reflejada su propia vida al descubierto, todo por aquella mujer de tenis, piernas agrias y labios negros que vio bajar del metro, sacudiéndose a aquel anciano.

Tenía que encontrarla, saber de ella, volverla a ver, la lucha contra la imagen blanca del ordenador que siempre le consumía la respiración, y las memorias USB que todo lo contenían; fueron creciendo los proyectos, llegaron las becas, el premio nacional, los aplausos y los homenajes en vida, las medallas con su nombre, lo había ganado todo; el sexo desenfrenado con esas mocositas que se juntan a sus pies, porque siempre han querido ser escritoras y no hay quien les de el empujoncito; tanto necesitarte, tanto necesitarte y nada que nada, que no vienes a mi, ¿quién carajos era?

Todas las mujeres se le regalaban para que él pudiera hojear sus textos, no podía decirles de su imposibilidad de leer, no podía conocer historias que no fueran las que el mundo le escupía dentro de la cabeza; cuántas veces hizo matar a sus amantitas en sus cuentos y novelas, todas se reconocían y lo adoraban, venían a su cama, a treparse sobre sus párpados, habitándole las paredes del tórax, saturando las dedicatorias, y ellas festejando ser tomadas en cuenta; siempre lamiendo sus agudos gritos, sosteniéndoles el arco de la espalda en esa covacha rebosante de papeles; tenía que ser él quien se muriera al fin, como lo hacían todos los varones de sus textos, los hombres no valen para mayor carajo en este mundo matriarcal en que nos hemos empecinado; nada de machismos, sino hay mas que el poder vaginal que todo lo disputa y lo controla, qué valen los golpes en el rostro si puede uno ser apretado del pene para darlo todo, si podemos ser apedreados en las avenidas.

No ha podido encontrarla y conforme pasa el tiempo, letra por letra, letra sobre el blanco y nada, ella no aparece, no hace acto de presencia en su vida, tiempos de aquelarres y rituales que todo lo componen, la voz y el grito, el aullido del alma que se va descomponiendo como se extiende el agua sobre el aceite, así llegaban una a otra: teresa, lilia, rosario, mónica, mari, patricia, maricruz, lucrecia, rocío, mireya, nancy, jahaira, diana, todas las hembritas vaginosas y agridulces que pronto se apuntaron a llenarle el tiempo, y le daban la oportunidad de conocerse adentro de sus mentes, en sus memorias, en esas mentiras con que se narran las historias, las alas, el cadalso, ahí está la guillotina, la mujer que escarba, la hembra dulce que se agita en los elevadores, escarbar y escarbar para encontrarla.

Soy la que buscas, decían las mas atrevidas, soy mejor que aquella, decían las más poderosas, de piernas amenazantes, que le rodeaban la cadera mientras lo cabalgaban; era necesario acabar con todas, escribirlas a todas, dedicarse a todas; ellas renunciaron a encontrar en su vida más que el simple y necesario hecho de formar una historia escrita, que sería aplaudida por el público. Querían más, lo harían héroe, lo harían homicida, lo convertirían en mito o en un ser supremo que les desnude la malicia, la macerante flama que las delineara, él las reconoce enteras para el ahorcamiento; todas ahí en el reflejo del agua, cayendo como gotas de sulfuro sobre su guardarropa, y van subiendo las voces, y van despreciando las marcas, y las golondrinas, previsoras, planean sobre su techo, como quimeras que nunca le sueltan el balcón de la noche, ahí están todas, detenidas en el techo cual langostas que consumen la tierra.

Algunos comenzaron a odiarlo por su androginismo, por su visión de la derrota del macho y la creciente fortaleza de las asesinas que todo podían conquistarlo, y en esas ciudades llenas de humo-motor, hacinamiento-robos y descomposición-ruido fue tejiéndose la realidad que él suponía. Fueron más las demandas de divorcio, más las infidelidades y las castraciones; las mujeres fueron odiando al victimario antiguo y obsoleto, pisando la cabeza de la serpiente, esos hombres que siempre se arrastraban; mujeres apresadas, mujeres decapitando sacerdotes, monjas desgarrándose los hábitos, persiguiendo la libertad de las costras, la lasitud del orgasmo. Hombres asesinados a la máxima potencia, mujeres uniéndose entre sí para conquistarse el corazón y los delirios; y los hombres se volvieron material desechable.

Se quemaron los templos, se reformaron los partidos políticos y las leyes, y las asesinas crecieron, desapareciendo las muertas de Juárez y sólo se hablaba de los muertos de cuanta ciudad quisiera reconocerse liberada, y todos lo culpaban a él, de esta avalancha de féminas, y ellas mismas lo protegían, escalando puestos de gobierno, ocupando las magistraturas, el congreso; ellas lo protegían por indagar en las historias de los que las habían conocido. Vinieron los actos terroristas para asesinarlo, y cambiaron las condenas hacia la silla eléctrica, se recrudecieron las leyes para detener a los perseguidores, y él queda callado, mirando desde el último piso de la torre más alta en la ciudad más importante, a sus hembras que siguen plenas en su adoración, como si fuera, él mismo, un antiguo becerro de oro reencarnado, ellas que lo protegen y le exigen que siga escribiendo.

Y de ahí a nuevos textos, nuevas imaginarias que lo llevaban a ser admirado más que en esos instantes de sexo bien recompensado, ahora como un visionario, como el padre de una nueva época. Pero él emborronaba todo, sabiendo que hacía falta el apretón en la mandíbula, no quería perpetuarse, conocía la ruina a que había asistido, que había disparado en las conciencias; por eso no hubo certificados que unieran apellidos, quizá algunas crías y valor para mantenerlas, mientras las mujeres poblaban las cantinas, corrían desnudas en las calles; los varoncitos debían ser ahorcados al nacer, sólo las niñas eran necesarias; y las mujeres de ciencia fueron recuperando el semen de todos los machos que eran llevados al laboratorio, arrebatarles los epidídimos por si alguna hembra aún tenía la intención de perpetuar su purificada sangre, por si alguna hembra creía refugiarse en alguna linda criatura vaginosa y fuerte que viniera a representarle la maternidad haciendo uso de la inseminación artificial, reproduciéndose en probetas, y con esto los machos ni para el sexo serían útiles.

Y fue quedándose tan solo él, que lo empezó todo, con su insoportable necesidad de escribir sobre mujeres fuertes, como aquella que derribó al anciano del metro; pero no más cadenas que las de la imaginación globalizada, esa mujer de rostro difuso que apenas unos segundos él pudo mirar en el metro; a ella le debía todo, el dinero, la fama, los besos, los aplausos, las editoriales, los aduladores que se quedan con el diez por ciento, todo, y el insomnio desquiciante-hermano que le circunda, y ella se arrastra y toma fuerza en otras piernas, en otros senos de siempre.

Sus amigos pintores también la han imaginado, buscando la oportunidad de ver su obra en una portada del maestro, y los seminarios, y las conferencias y está entre nosotros el escritor... venga un aplauso, e inaugurar la feria del libro, y en los encuentros de provincia era vitoreado, y la cátedra sobre su obra, programas de televisión, espectáculos, escuelas con su nombre, avenidas, edificios, se envejece en soledad, y a las conferencias sólo asiste el verdadero sexo fuerte, ellas que son el impulso vital de su trabajo, ellas que quieren repetirle las fórmulas, ellas que son las dueñas de los capiteles de la sociedad; los machos cada vez son menos, y todo por culpa de esa mujer, que quizá ha muerto luego de cuarenta años, que quizá se llenó de hijos, o fue golpeada por el marido hasta la muerte, que quizá no tiene idea que ha dado nombre a un joven que jugaba a ser escritor, una tarde en el metro; un tipo que en sus textos ha creado una nueva era de hembras poderosas sin presentirlo, cuando su abrigo se atoró con el paraguas de un anciano, tiró de él rompiéndolo, y la mujer no pudo presentarse en esas fachas a la entrevista de trabajo, y que jamás alguien supo quién era, pero todas han querido ser, esa fuente de inspiración que le ha desbordado el arte en un sólo parpadeo.

Y el nuevo mundo fémino se ha vuelto imperio, sólo quedan algunas mujeres rebeldes que se niegan a deshacerse de sus machos porque, oh, diosa mía, madre pulposa, lo siguen creyendo, piensan que los aman, y están en la oscuridad buscando la forma de vengarse de ésas voluntariosas, que han tomado el poder. Laten su desprecio por destruir a aquel maldito escritor que lo comenzó todo, porque las cosas se han definido de manera diferente por puro error, por puro malentendido, o por malintencionadas. Ese escritorzuelo paranoico, de voces en las orejas, que se ha despedazado por dedicarse a adorar más de la cuenta a una mujer-sombra que se pasea adentro de su mente, como un maldito imán para traer hacia la hoja en blanco, todas las historias de mujeres que llevaron el viejo mundo al caos, y que renació en la voluntad de todas las mujeres que se sintieron liberadas, y conocieron sus capacidades para el poder.

Dos tipos de mujeres independientes lo persiguen, unas por ser quien comenzó todo y le rinden tributo, otras porque no quieren seguir leyendo sobre hembras poderosas. Unas quieren su lugar en el mundo, seguir siendo las dueñas de su destino y sólo quieren que se escriba sobre la debilidad de lo machos que están dispuestas a desaparecer de la faz de la tierra. Las otras son rebeldes belicosas que se niegan a entregarlos, refugiadas en los subterráneos, cuidando a sus hombres y robando a los varoncitos antes que los ahorquen, esperando dar muerte a ese escritorzuelo, hasta el día que despunte el sol del raciocinio y el amor entregue de nuevo su aletazo, o que las plumas de nuevo puedan reescribir la historia almidonada de un vivieron felices para siempre.

 

 

Adán Echeverria (Mérida, Yucatán, (1975). Doctor en Ciencias Marinas. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía “ ropero del suicida” (2002), “Delirios de hombre ave” (2004), “Xenankó” (2005), “La sonrisa del insecto” (2008), “Tremévolo” (2009), “La confusión creciente de la alcantarilla” (2011), “En espera de la noche” (2015); los libros de cuentos “Fuga de memorias” (2006) y “Compañeros todos” (2015) y las novelas “Arena” (2009) y “Seremos tumba” (2011). En literatura infantil ha publicado “Las sombras de Fabián” (2014), cuento ilustrado por Steffy Burgos.

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