ANO 9 Edição 95 - Agosto 2020 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


Las mil historias sobre un joven ahogado    

Resulta ser que mi ciudad es una belleza, una perla del pacífico mexicano engarzada en abalorios hechos de dinero de pudientes; a donde uno camina se puede observar la ostentación de esos lujos: camionetas cada vez más caras, ropa cada vez más fina, casas cada vez más bellas; restaurantes caros, tiendas caras, mujeres y hombres caros.

Dicen que por acá están las mujeres más bellas y los hombres más guapos; dicen que la vegetación es exuberante, el clima bueno para la salud y la tierra más fértil que el vientre de una quinceañera.

Los ciudadanos de a pié como yo sabemos muy poco de esas cosas o más bien, tenemos poco alcance para estos lujos; a la gente como nosotros para lo único que nos alcanza es para soltar la lengua durante horas y horas en apasionado tema, y se aguajira uno pensando que quizás algún día los planos de la ciudad cambien y se cuadren al menos unos meses a nuestro favor.

Los ciudadanos como yo caminamos la ciudad y por lo mismo la conocemos de verdad mucho mejor que cualquier rico.

Resulta que por acá existe un río, el río más bello del mundo con su malecón más bello del mundo que se pone radiante a la luz de los atardeceres más bellos del mundo; y entonces, por acá por supuesto, han de suceder las cosas más extraordinarias del mundo.

 

Y pues resulta que hay una avenida hermosa con sus lámparas de lujo y sus camellones adornados con las flores de colores más encendidos en la ciudad; y en esta avenida existe un puente que atraviesa el río más bello del mundo; y resulta que yo caminaba sobre este puente en esta tarde infernal, pensando en el pasado inmediato e imaginando lo lindo que hubiera sido que ese pasado caminara a mi lado, tomado de la mano, mirando el deslumbrante crepúsculo citadino.

Pero entonces el mundo real comenzó a girar y me suelta una lenta historia visual.

Hay un lugar llamado “La Isla de Orabá” el cual es un simple montículo de tierra en medio del lecho del río, y entonces, entre el “puente que va a tierra blanca” y el mencionado montículo de tierra hay una distancia de al menos unos trecientos cincuenta metros.

Caminaba pues sobre este puente cuando deviso que llegan un par de patrullas de la policía ministerial, llegan como en las películas norteamericanas: rechinando llantas, torreta encendida y con al menos una docena de policías prietos y feos, obesos y torpes, con muchos ánimos de tirar acción; veo como se despliegan con sus ansias teatrales, hablándose a señas y agazapándose entre las bancas del parque ribereño. Me encantó la escena de cine clase “b” que saltaba ante mis ojos con una velocidad pasmosa; y no pude evitarlo, me emocioné tanto que bajé del puente enseguida y raudo; cuando descendía por una larga escalera metálica noté que dos personas de aspecto muy joven salían corriendo de la nada ¡y aquí empezó la verdadera acción! Casi me lanzo desde la mitad de la escalera cuando veo que los policías emprenden la persecución contra el par de granujas; y vi a los jóvenes correr entre los árboles, y vi como a los agentes del orden les fallaban las piernas en los primeros cincuenta metros de carrera maníaca, vi como estos se detuvieron y me empezaba a decepcionar cuando vi de improviso que una lancha partía a toda velocidad rumbo a río abajo y los policías volvían a movilizarse con sus carreras de borregos asoleados.

“¡han de ser unos poderosos mafiosos juveniles, alguien así como el joven scarface; o quizás sean un par de grandes rateros de autos así como Bryan O´Connor y Toretto! Pensé emocionado y me fui corriendo tras una turba cada vez más numerosa quienes a la vez seguían entre risas a los policías quienes, para esos momentos, ya estaban histéricos.

Llegamos todos al fin del parque ribereño que está del lado del malecón nuevo, los policías discutían entre ellos y le hacían preguntas a varios curiosos, entonces, en la isla de Orabá había también al menos una cuarentena de policías; la lancha en la que supuse huyeron los hampones daba vueltas bajo el puente colgante que conecta el parque con la isla.

-¿qué pasó aquí? –le pregunté a un par de eloteros.

-sucedió que un joven jugaba al trapecista sobre las cuerdas metálicas del puente y resbaló, cayó al río; lo vimos manotear intentando nadar pero al fin se hundió, debe haber estado muy drogado pues luchó muy poco …los lancheros y un par de buzos lo están buscando bajo las aguas.

Esta versión no me convenció en absoluto pues pensé que no se necesita a todo el departamento de policía de la ciudad para vigilar el rescate de un joven de las aguas caudalosas de este río tan viejo.

Me acerqué a un par de jovencitas vestidas con ropa de marca y altas zapatillas, con sus rostros exageradamente maquillados y su piel abrumadoramente perfumada.

-¿saben ustedes qué sucedió?

-era un raterillo –me contestó la menos agraciada de las dos –le quitó un teléfono a una señora que estaba de compras adentro de la plaza, lo reportaron enseguida y se inició la persecución. Dicen que ya estaba por subir al puente Tierra Blanca cuando llegaron los policías, lo corretearon hasta acá y se arrojó al río; policías idiotas, como siempre, ni con uno solo pueden y se les escapó.

Esta versión me pareció más verosímil pero entonces escuché que llegaba un joven vendedor de banderitas y trompetillas, y les replicó:
“no fue así la cosa. Eran dos muchachos jóvenes; según me dijeron allá, debajo del puente, que estos cabrones mataron a un señor a la salida de un restaurante que está nomás pasando la avenida Obregón, es un restaurante de ricos; los venían persiguiendo desde allá pero como todos sabemos, esto ya estaba arreglado con gobierno y los policías nomás vinieron a hacerle al pendejo: “se les peló Baltazar”

Esta versión si me gustó pues tanto policía ameritaba un hecho así de violento y además era la que más se acercaba a mis especulaciones cinematográficas de hombres de acción, justo como Scarface o Bryan O´Connor y Toretto; además de que encajaba muy bien con la escena que iniciara bajo el puente tierra blanca.

Escuché a un par de “hipiosos” mencionar que la lancha buscaba a un par de jóvenes que habían estado en una competencia fanfarrona de cruzar el río; uno de ellos resultó menos mejor que el otro para la natación y fue tragado por las aguas.

También esta versión me gustó nada.

Escuché platicar a dos empleados del parque que esos jóvenes habían despojado una lujosa camioneta a una mujer, que todo había comenzado en el estacionamiento de un supermercado que no está muy lejos del lugar de los hechos; agregaron que los jóvenes fueron perseguidos por policías adjudicados al almacén hasta el boulevard tres ríos y abandonaron la unidad e intentaron huir a pié tomando rumbo al parque las riberas, ya ahí, tomaron el puente colgante y uno de ellos, en la desesperación de la huida y el mirar atrás, tropezó y cayó al agua. Les pregunté sobre los jóvenes que salieron corriendo debajo el Puente Tierra Blanca; me comentó que son también empleados del parque, operadores de la lancha de rescate y que fueron ellos quienes, junto a un par de policías, tomaron a toda velocidad a bordo de la lancha rumbo a la isla de Orabá.

Me quedé unos minutos observando las maniobras de rescate de los lancheros y los buzos del departamento de protección civil, las conductas histéricas de los policías y sus ínfulas de detectives, y al margen de todo este teatro citadino noté a una jovencita que lloraba en silencio, mirando entre sus lágrimas al río, al pedazo de río bajo el puente colgante; su triste figura recortada por el sol que empezaba a retirarse del mundo, apagando su colorido crepúsculo, se asemejaba a la imagen de una gata que sollozaba sobre los tejados de las ciudades, ante la inmisericordia de su soledad repartida y su vientre lleno de gatitos.

Entonces, del lado de la isla se empezaron a oír gritos de los policías y los empleados del departamento de protección civil; y es que estaban sacando un cadáver de las aguas; vi los intentos por reanimar el cuerpo, vi cómo le pusieron una sábana azul sobre su rostro para que sus ojos sin luz no miraran el cielo sobre tanta gente y sus ficciones y sus preocupaciones banales de comer elotes, vestirse bien, perfumarse demasiado el cuerpo, ganarse el pan a bordo de una bicicleta, una lancha o portando una pavorosa pistola; sus a una mujer que lloraba bajo su mismo cielo.

Me alejé de ahí consternado, pensando en los dos, pensando en que aquellas pupilas sin luz y aquellos ojos femeninos que lloraban quizás se habían encontrado media hora antes de la tragedia sobre aquel puente colgante; caminé pensando que la muerte nos separa del mundo y que la vida está hecha de miradas, plena de miradas, de miradas que se encuentran y almas que se desencuentran y acaban con la vida.

Tomé entonces camino a casa, recorrí con mis pasos el largo tramo que hay entre la isla y el puente majestuoso sobre el cual ya se habían encendido los faroles de su camellón ostentoso, recorrí con la vista las escenas cotidianas en el parque: las familias pobretonas que celebran con sincera algarabía, los jóvenes y su natural hiperquinésia dada  a las bicicletas y patinetas; miré a los atletas forzados que sudan y resoplan en sus pretensiones de ser gente televisivamente atractivas, a las parejas de enamorados que se esconden tras los árboles aprovechando los primeros minutos de lobreguez junto al río antes de que el alumbrado público los sorprenda en sus escarceos cachondos; a las ancianas mitoteras, con sus charlas a gritos, espantándose los mosquitos unas a otras; a los guarda parques cargando sus herramientas de jardinería, las bolsas enormes para basura color anaranjado llenas de hojas secas; a los vendedores ambulantes que se disputan clientes vociferando en coro merolico y cadencioso de acento sureño; a los gays facinerosos que le hacen señas pícaras y furtivas a los hombres solitarios sentados en las bancas; las parejas de lesbianas que se toman de las manos, se besan sus labios en sus manías de querer mostrar al mundo una libertad inventada-inexistente y que para empezar, a nadie le importa una chingada.

Un  mundo latiendo, un mundo ignorante del cadáver que yace tendido en la orilla lodosa habitada por pequeñas tortugas entre las piedras. Ignorante esta gente de un joven que flota en mi mente la cual fluye veloz como los grandes ríos de Suramérica. Un joven con ojos muertos inocentes  de la noche que se aproxima, ese manto oscuro el cual, ya tendido sobre la ciudad, lo envolverá y se lo llevará para siempre del pensar de tanto mundo.

Tanta gente ignorante de tanta cosa tan poderosa. Mi poderoso pensar, poderosos esos ojos muertos llenos de algo incomprensible por desconocido. El poder de unos ojos femeninos que lloran y lloran y no dejan de mirar ese punto fallecido y eternizado que flota etéreamente visible sobre las aguas.

Una cosa existe, algo ha sucedido; hay un misterio oculto en ese pedacito de universo que transcurre locamente bajo el puente colgante, justo en ese punto invisible y no por ello inexistente y sin importancia…ahí, en ese lugar vivo sobre el cuál aquellos ojos de mujer lloraban:
-sucede que hay un cadáver tendido a la orilla del río; un hombre muerto que no es cualquiera, un muerto que está a merced de los mosquitos, las sanguijuelas y las tortugas carnívoras de los ríos ciudadanos.

Y una muchacha le ha llorado –le contesté a una amiga hipster que me abordó a las afueras de la biblioteca pública del estado… los automóviles de la avenida principal apenas nos dejan transcurrir en nuestra plática con sus zumbidos y sus claxon.

-pero ¿cómo sucedió?

-la gente por acá está loca –le contesté- hay miles de historias en torno a ese cadáver juvenil y tras sus ojos opacados por el vidrio y el vaho vaporoso de la muerte. Hay mucho, mucho más a la importancia de miles de historias. Ellos no saben la verdad.

-¡que espanto! Entonces el joven se llevó consigo una parte de esa historia, una parte de ese misterio y la muchacha llorona jamás nos contaría la versión de su verdad.

-nos hablaría quizás sobre la verdad del muerto quien obviamente ya no puede replicar. Pero yo se algo y lo tengo que contar; yo tengo una verdad más espesa. Los ojos opacados de ese cadáver juvenil murieron antes de morir; algo los mató y ya ciegos aventaron el cuerpo que los carga al fluir incesante de las aguas del río.

Hay un pensamiento único: dos mentes que instantes antes de esa nubladez en los ojos de ambos estaban en una disputa a muerte, una disputa acerca del amor, una pelea que aun flota sobre el río, sus ecos casi se pueden tocar como los pistones de las trompetas listas para sonar una canción.

-ahora me toca a mí rescatar ese misterio y contar mi historia personal sobre el ahogado

-¿te acompaño?

-vamos pues amiga mía…

Se trata de contar la verdadera historia del ahogado; desentrañar el misterio pesado y casi palpable, casi visible que flota sobre ese punto; ese espacio entre el colgar del puente y el lecho del río, el lecho instantes breves antes-muerte.

Esta historia sería imposible de existir sin el llorar de la muchacha; esa jovencita quien creó ese loco universo espacial impalpable entre el puente y las aguas de muerte con solo mirar mucho tiempo el cadáver del ahogado; la muchacha creó, como si su mirar hubiera salido de los ojos de una diosa que crea el universo loco con su pensar y el poder de imaginera en sus pupilas y el relámpago de su parpadeo.

 

Yo
Mi amiga hipster

Yo- el le amaba, ese joven muerto

Hipster- ella lo amaba, esa muchachita llorona

Yo- ¿los dos se amaban?

Hipster- ¡no! Alguien ahí no amaba…

Y- ¿o amaba menos?

h- ¡no! Alguien ahí no amaba, si había amor, un amor único, no debió haber muerte.

y- entonces la muchacha llorona no amaba

h -es fácil saberlo ¿cómo saberlo?

y- el joven está muerto, él amaba más pues ella sigue viva

h- ella le lloraba, ella se quedó

y- pongámonos de acuerdo antes: ¿él se suicidó o ella lo mató?

h- ¡intentemos ser ellos!

y- ya lo somos…

El ahogado es un suicida

Los suicidas ¿de qué se matan?

Se matan de amor, de mucho amor mal vacio.

El suicida es egoísta, el suicida es quien ama siempre y más; el amor es también egoísmo cuando se engrandece, cuando se sublima.

El amor egoísta es grandioso y sublime; un amor así siempre será trágico, tan trágico como un adiós sincero.

El adiós sincero se despide del amor sublime; entonces, la sinceridad es asesina en combinación y entonces. Y entonces, los suicidas poéticos del amor prefieren arrojarse de los puentes en la pálida tarde que alumbra el chocar de su cabeza por delante contra los ríos del mundo.

¿Qué sinceridad despidiente te ha arrojado ahí, joven de ojos opacados por el nublar de una mujer quien todavía no te ha comprendido hasta este momento en el cual tú ya estás muerto? ¿Por qué has preferido tragarte las aguas del río urbano? ¿Para ahogar ese nudo en tu garganta que no pudo tragarse el desdén, ese adiós sincero y trágico? ¿Por qué has permitido que esa sinceridad mujeril te empujara a la muerte? ¿Tu contra argumento amoroso fue tan débil?

Solo el amor de un hombre puede acabar con la credibilidad amorosa de otro hombre, por muy buen amador sublime y egoísta que este último sea. Muchas veces, la credibilidad de un hombre no tiene que ver necesariamente con su capacidad para el amor pues hay cosas que están por encima de todo esto.

Un hombre amador se suicida todito con su amor, no se culpe a nadie, por muy perramente sincero y trágico que sea el adiós de una mujer; nadie le empujó a morir con la cabeza por delante. No hay culpas atrás, por muy poético que sea su pinche amor sublime y egoísta hacia una mujer que le ha dicho: “adiós”

¿Y si el joven ahogado ha sido de verdad asesinado?

La muchacha llorona

La muchacha llorona es muy normal ante los ojos de todo el mundo; pero, sus ojos lloran ¿por qué?

Ella es una asesina en ese universo entre el puente colgante y el río, en ese espacio denso que ella misma creó con su mirar insistente y sus lágrimas remordientes.

Mi amiga hipster
Yo

-el joven ahogado no ha sido asesinado

-el joven ahogado no se ha suicidado, ha sido muerto por el adiós sincero de la muchacha que le llora

¿por qué le dijo adiós con su sinceridad tan remordiente?

-este es el misterio amigo mío, aquí vamos de nuevo, pongámonos de acuerdo ¿hay que ser como ellos?

-¿podríamos serlo? Ya lo intentamos antes, veamos: ¿me amas tú?

-no

-tu sinceridad no me hiere, no te amo, no estamos funcionando como ellos

-esa es la raíz del misterio que nos tiene aquí; por eso ese espacio, ese universo cada vez más denso entre el puente y el río existe ahora ¿Por qué se despidió de él tan sincera y sin piedad?

 

Una historia de un tercero, una historia material.

En mi ciudad hay juventud, hay riqueza.

Un joven junior dueño del mundo

La muchacha llorona es muy bella y sincera.

En mi ciudad la belleza femenina se puede comprar.

Y no hay nada en el mundo tan sincero como una gran cuenta bancaria y un joven bello y con futuro; estos jóvenes ricos no se ven muy seguido platicando con mujeres en parques para pobres; esos parques y sus puentes ribereños con sus puentes colgantes y esa larga línea lustrosa y chocolatosa habitada por mosquitos, tortugas apestosas y horribles sanguijuelas.

La muchacha tiene una sonrisa relumbrona y una figura de belleza indiscreta (hasta un obispo anciano voltearía a verla con todo y su vestido sacerdotal y sus escapularios y cadenas de rosario colgadas a su cuello). Ella trabaja de “hostess” en un lobby-bar del hotel de alta burguesía ubicado en la avenida principal, en la zona más luminosa y de altos vuelos, plena de gente que mira por encima del hombro a quienes haya que tomarse la molestia de mirar; la jovencita es una belleza que tiene que dedicar más de ocho horas diarias a atender ricachones pues es una mujer lamentablemente pobre y además, madre soltera que quiere superarse y por eso estudia la universidad por las mañanas. Una mujer como tantas en el mundo, que tiene que levantarse al amanecer a darle de comer a su hijito, amarrarse la tripa, lavar su cuerpo sinuoso y sin caricia ajena por las noches, reflejarse en el espejo que refleja su cama des tendida de soledad y carencia; todo esto le lastima, pero se aguanta.

El joven bello y rico

Los jóvenes ricos son capaces de todo, todos ellos tienen la capacidad para comprar cualquier cosa que se les ofrezca, pueden comprar hasta los sustitutos del amor que sus padres les vienen debiendo desde siempre; pero ellos quieren algo que puedan poseer y disfrutar, algo caro, algo anhelado, algo humillable ante sus ojos, algo humano; y nada hay como una mujer bella y joven que está dispuesta a dejarse engañar por la supuesta buena intención de un joven rico.

Una joven bella y pobre está dispuesta a dejarse comprar por atenciones cariñosas de oropel, a hacer a un lado la sinceridad amorosa y dependiente de un hombre pobre y lleno de ternura, falto de ternura; ella está dispuesta a humillar la pasividad de su novio ante los días de sus carencias, ante los carros de lujo, la ropa de marca, los perfumes caros, los arreglos florales millonetas y el glamour y la luz de los restaurantes de lujo de las ciudades; ella tiene el ánimo dispuesto para desdeñar sus discursos pasionales, sus palabras utópicas.

Un hombre pobre solo tiene ese tipo de ilusiones; un hombre rico posee realidades palpables al alcance de los billetes. En esta ciudad, en este mundo del dinero, hasta los besos de un borracho vomitado saben rico. Los besos de pobre sabrán a amor, a menta o vainilla, a mariposas en el estómago, pero estos no llenan la barriga ni cumplen objetivos a largo plazo: el mundo no está hecho para los ilusionistas de la bolsa flaca.

Un muchacho rico puede ir a los lugares que se le antojen; irá a una playa cara del sur del país, a un pueblo pintoresco y mágico de los llanos o la sierra, a ciudades luminosas y  cosmopolitas, románticas o exóticas del extranjero; pero un hombre, rico o pobre, siempre es territorial; un hombre sabe que hay lugares que no domina ni con todo el dinero del mundo; entonces, para un hombre rico, la influencia de su poder psíquico-económico queda reducido al lugar donde nació que es el lugar en donde aprendió que él puede; no puede dominar a sus iguales ni hablarles con autoridad ni a ellos ni menos a su familia, así que sale a las calles en su lujosa camioneta o en su carro deportivo europeo y observa: “¿qué podré obtener hoy?” se pregunta a diario.

Entonces, imaginen esta escena:
El joven rico está harto del día que se acaba con sus cosas, harto de su búsqueda rutinaria y material del algo; el sol ha caído como el último ángel de la salvación y él comienza a sentirse triste ante la oscuridad del cielo y la lobreguez de su soledad miserable, suspira profundamente y reflexiona sobre su vida de mierda pues sabe que hay hombres más solos pero menos desgraciados que él con todo y sus billetes; él, tan rico y bello quien no entiende bien a bien los por qués de su tristeza y su vagar y toda esa soledad cargada encima de sus lujos; le entristece ver las leves sonrisas bajo la mirada cansada y melancolicóide de los hombres de a pie dueños de una soledad rara y muy ajena a la suya; envidia la inocencia de sus gestos y su caminar raudo, pasional, tenso y certero; el muchacho rico sabe que ellos están tan seguros de su soledad que la cargan por encima con alegre y sincero estoicismo.

Esos hombres no son como él. No será como ellos nunca, jamás tendrá ese mirar melancolicóide, esos ojos abandonados por la figura de carne, huesos y amor verdadero de una mujer. Les envidia, le encorajinan; en el fondo siente contra ellos un recóndito gusto por su estado de gente jodida.

No, definitivamente no se alegra de no ser como ellos; se siente triste y decide irse a su mundo y en su rodar sobre las avenidas populosas se encuentra con aquel hotel de cinco estrellas hechas de clase alta. Entra al lobby-bar y escoge la mejor mesa, levanta su mano y le hace una seña altanera a un mesero quien acude de inmediato: el junior ya se siente en su mundo, se regocija en su silla y se prepara para mejorar un poco su día muerto tras la caída del sol; pide el whisky más caro para agrandar su pantalla, el espectro luminosos del ámbito de su poder; y su pantalla le funciona de inmediato: los ojos de una joven relumbran ante la luminosidad estrafalaria de su presencia; ahí está el: todo guapo, todo perfumado, tan sano, tan rico, tan interesante; y acá se le aproxima ella en busca también de mejorar su día que se puso feo cuando no pudo pagar la colegiatura de la escuela universitaria en donde estudia; se acerca sonriente a la mesa, con sus caderas de sofocón, sus nalgas macizas de mujer de veintitantos años de edad, sus piernas blancas y torneadas, su boquita rosita y su mirar bobalicón; ella ha reclamado oficialmente y ante sus ojos el derecho de atenderlo “como se merece”.

Y los dos se enganchan en sus respectivas necesidades y se creen las mentiras que se gastan el uno al otro; ahora se manosean con las miradas, se prometen de formas silenciosas y tácitas (se dan sus números telefónicos).

Algo se ha concretado, hay nuevos planes en el mundo, una nueva relación ha quedado flotando en el aire apestoso a humo, alcohol, perfumes caros y comida de gourmet; un nuevo engrane ha sido metido en la maquinaria de los sucesos para que el mundo ruede de una nueva manera y, por supuesto siempre, ha de haber un desenlace (pues todo comienza para que un día termine), grande o chico pero ha de haberlo, caiga quien caiga.

Y en el mundo del ahora joven ahogado las cosas han cambiado: la mirada de su amada se nubla ante su escuálida y pobretona presencia, se nublan de lastima; y su boca y sus manos de tersura femenina lo desprecian en una cruel muina; el ahora joven ahogado empezó a morir ese día en donde el mundo y sus sucesos se acomodaron para que sus pasos tristes lo llevaran a poner sus miradas sobre el rio, desde la altura de vértigo del puente colgante.

Entonces, sucede al fin que ahí están los dos, ella con su cara de palo y él con su cara de convaleciente, en una trágica disputa, en ese triste estira y afloja entre una mujer y un hombre quienes un día se amaban; y ella le ha dicho que todo terminó para él y que ya no puede amarle más; y él le reclama, le pide porqués como si fueran necesarios; ella mira esa manos, esos ojos, esos labios que hoy detesta; aborrece sus palabras humilladas; soporta toda la retahíla porque será el último escollo para ganar su libertad y el derecho a una vida mejor y más emocionante que las vibraciones del amor; él pide el puñal, la bala parlante que ha de matarlo, la recibe sin piedad en forma de “jamás te amé de verdad”.

Todo terminó, el cielo se ha nublado, ya no queda nada debajo; se dicen adiós con la palabra atravesada en la garganta, se dan la espalda…al bajar el puente, la ahora muchacha llorona no soporta el peso que dejó tras de sí y voltea a verlo: el ya no está, se ha ido para siempre, si figura escuálida y sin ilusiones se ha perdido entre la bruma emitida por tanta gente y tanto mundo y el rio que sigue fluyendo a pesar de todo. Y a cada paso que da se va dando cuenta que quizás lo amaba al final de cuentas un poquito, quizás un mucho; la ahora muchacha llorona se sienta cerca del puente a pensar en él como nunca lo había hecho, al final de cuentas ese muchacho pobre sí se merece sus pensares porque el pobrecito la ama y además ya se ha ido. Y la muchacha llora e intenta borrar tantas cosas a su lado, intenta difuminar si triste imagen diciéndole adiós, intenta sacarlo de sus ojos con el fluir de sus lágrimas, llora y llora, piensa y piensa; y la muchacha llorona no siente el tiempo, el tiempo no existe en los pensamientos; toma su teléfono, se seca sus mejillas húmedas de llanto y sonríe como una niña y le marca por teléfono, y mientras pulsa el teclado de su Smartphone piensa en la sorpresa que se ha de llevar cuando ella le pida que la perdone, que lo ama, que regrese; se imagina el filoso sonido del timbre en su auricular: uno, dos, tres timbrazos y él, por supuesto que va a contestar; la línea está muerta y entonces da cuenta del mundo que se mueve a su alrededor… mira al río, están sacando un cadáver, el cadáver de un joven ahogado; y entonces se derrumba a llorar para siempre mientras el mundo sigue girando ajeno a todo, ajeno a sus lágrimas, al fluir de las aguas del río, a las peleas de enamorados, al dolor del amor, a los atardeceres y sus crepúsculos ardientes; ajeno a esos ojos opacados por el vaho de la muerte, a la mirada perdida para siempre en los altos cielos eternos que viven sobre estas ciudades crueles llenas de lujos y gente cara a quienes le importa un carajo que un hombre haya muerto de amor; un joven asesinado por la materialidad de las personas…

Mi amiga hipster

Yo

-¿este tipo de cosas suceden en las ciudades?

-Sí ¿por qué no ha de ser así?

-no se ven o escuchan cosas parecidas en estos días… es decir, yo jamás he visto algo que se le parezca…

-en este mundo hay de todo, Brenda; cosas como estas no se ven o suceden muy seguido porque la gente en estos días vive con miedo a lo único impalpable que vale la pena

-no vengas a chingar… ¡no vengas a decir que es el amor!

-es el miedo a sus propias almas… ese es el peor miedo que existe, el peor que puedas imaginar.

Una historia trágica acerca del amor es hoy una leyenda urbana digna de toda burla. La muerte de un joven. El cadáver de un joven ahogado, la muchacha llorona, todo en su conjunto no tiene el peso elemental para que la gente con su alma materialista lo recuerde más de diez minutos.

Un suceso; sus ecos casi se pueden palpar, como los pistones de las trompetas a punto de sonar una canción. Canción de amor; una burla a la mala índole materialista citadina.

Se me antoja una orquesta de música de viento, una fanfarria amorosa, una fanfarria burlona con notas tan altas, tan altas, a todo pulmón… a todo pulmón, con la fuerza del desdén de toda esta gente que detesta recibir a los amantes, detesta sus almas, detesta la vida, los ríos, los cielos, los crepúsculos… los jóvenes ahogados suicidas del amor.

La noche ha caído y se ha llevado todo, en el viejo parque ribereño no queda ya nunca nada más que recuerde cualquier suceso visto sobre él. El manto negro se ha destendido sobre todo; mañana, mañana el velo se habrá ido y nada habrá quedado.

Adiós, adiós bello joven ahogado.

 

 

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.

Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.

Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).

Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.
Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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SALVADOR DALÍ, 'Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes de despertar', 1944


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