ANO 9 Edição 94 - Julho 2020 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


Crónicas sobre el fin del mundo: blues arrabalero a Berenice    

Con la colaboración de “Lady Day” y su voz cantando “don´t explain”.

Siempre hubo algo en esta canción que me inspiraba una paz muy dulce.

Tal vez por el acento de la diva que la interpreta, su tono dulce de trompeta, la música tan hermosa de la orquesta negra de jazz y la forma melancólica con la cual Billie “Lady Day” acaricia el estribillo “don´t Explain”. Hoy me dio por escucharla por tu motivo, tú me llevas a ella y esa canción me lleva siempre a ti.

El tiempo retrocede hasta aquel día en el cual me topé con tu mirar de gata y tu forma de sonreír, tan así; ese día en el cual nuestras almas se encontraron en aquel muladar paradisiaco, ambos bien hartos de la vida que habíamos escogido por no poder soportar una realidad aplastante, abrumadora, ambos revolcándonos en un pozo.

Viste mi rostro llorón y yo me vi en tu mirada felina, de casi niña. Y nos platicamos nuestras cosas, nos compartimos nuestras caricias y nos dimos nuestros besos sin refugio. Y nos drogamos esa noche para festejar una nueva forma de perder. Y nos dimos sexo. Y yo me aferré a tus labios como el asmático a la cajita de medicina y tú te agarraste a mi cuerpo como quien se ahoga en el océano inmenso y espantoso del desosiego, del siempre callar, del nunca sonreír. Y al paso de los días nuestra necesidad se volvió un apremio, tanto que llegaron los días en los que no podíamos beber uno sin el otro, drogarnos sin la compañía recíproca y autodestructiva de nuestra vida de pacotilla, no podíamos vivir sin el beso apremiado por la soledad para siempre del alma, sin la presencia tibia de nuestros cuerpos, sin el consuelo efímero del sexo.

Y hubo momentos sublimes a tu lado.

Como aquel día en el cual me enseñaste a mirar a los ojos mientras hacíamos sexo; recuerdo me decías: “si no eres capaz de mirarme a los ojos mientras nos hacemos el amor jamás serás hombre, serás siempre un hijito de tu pinche madre sin huevos”. Te me entregué por completo. Y tanto nos revolcamos en el lodazal de nuestra gloria decadente, ciegos por tanto padecer el mirar solos tanta soledad, tanto había sido pasado en nuestros ojos que nos sentíamos acompañados al fin ante la visión de alguien con la misma aspiración. Y un día me encontré ante ti en aquel cuarto de espantos, me matabas montada sobre mí; el infierno apenas comenzaba; yo me dejaba apretar por tu abrazo de pantera, me envolvía en tu mirar felino y el ámbito vaporoso de tu cuerpo caliente, y me dejaba hipnotizar por esa forma tuya de sonreír, tan así. Me hundía en el aroma de tu deseo, de tu bajo vientre, el perfume de tu aliento; me dejé comer por tu beso mordelón, tu chupete en mis labios y el exhalar de tus palabras ardientes; me dejaba reventar por el vaivén sin piedad y sofocante de tu cuerpo moreno.

Imparables borrachos adictos muriendo y naciendo. Y al tercer día ya no podía soportar que siquiera me tocaras; te acercabas a mí con tu peste a desastre, con una mueca en tu rostro, te arrastrabas hacia mí como un molusco empapada en un sudor viscoso; y tu aliento apestaba a alcohol, a cigarrillos de mariguana y tabaco, a metanfetaminas, y recuerdo quisiste poner una vez más tu vientre al parejo de mi rostro, de mi boca … y lo besé, abrumado por una náusea súbita que me quitaba el aliento; y recuerdo que tu solo moviste la cabeza negando para ti e hiciste ese gesto tan tuyo con tus labios, ese puchero tan pleno de dulzura. Y recuerdo te besé en los labios despacio y ya sin el ánimo de nuestros primeros minutos en medio de aquel infierno, la magia estaba terminando y tú parecías comprenderlo; te retiraste unos minutos de nuestro teatro decadente. Y al cabo de un tiempo muy breve regresaste, con un caminar lento y moviendo las caderas, coqueteando con tu cuerpo paso a paso, a ritmo; con tu mirar gatuno restaurado y otra vez tu sonrisa, tan así.

Te subiste a la cama a cuatro patas, emulando a una pantera en celo, meneándote, tus senos esplendorosos, tu mirada gatuna, sí; y tu sonrisa tan así; y otra vez mi boca en tu vientre, y otra vez esa piel fresca, ese aliento perfumado, esos labios voraces y calientes; y me volví a hundir en tu entrepierna, como quien se deja vencer por el desvarío agotador de la fiebre y en las pausas de nuestra desesperación compartida, te miraba dormir en paz al fin, tu respiración sosegada … y tu rostro volvía a ser el de aquella niña asustadiza en las noches de tormenta callejera; y yo me echaba a tu lado solo para percibir el ámbito de tu paz, que yo sabía solo era efímera.

Y me contagiabas otra vez de tu magia, tú mi amor, tu magia absoluta.

Y me venía al recuerdo aquella canción, no sé por qué, pues ya estaba su tonada en el olvido hecho de tantos años de rodar: “don´t explain”, decía Lady Day. Y al fin tenía fuerzas para huir de aquel pozo de desolación, y me decidía a contra mí, a salir al aire puro de la madrugada a respirar fuera de ti; y te echaba una última mirada, antes de abrir aquella puerta por última vez. Y ahí estabas, con esos ojos, tus ojos brillan a la manera de los gatos, tu mirada fluorescente de metanfetaminas; y miraba como se movían de formas extrañas, como viajaban a través de la oscuridad de la habitación, y vi como se opacaban por la humedad de tus lágrimas, y oí tu voz, oí que me decías en un susurro: “si me abandonas en esta tumba moriré”, y oí como llorabas quedito, como se le llora a un muerto antiguo, con la tonada triste y espesa de la desesperanza; y yo regresaba y cerraba la puerta tras de mí, la puerta de nuestra gloria decadente, y volvía a caer en tu abismo, entrar y salir para siempre. Y una vez repuestos de nuestro reencuentro pensé en voz alta atonada por el fracaso de mi fuga, mi fuga frustrada: “moriré”, y tú me contestaste acariciándome el rostro: “no importa, yo también, pero hoy estás conmigo, después de esto ya nada importa en serio, mi vida” Dijiste esto alegre mientras me mirabas con esos ojos y esa forma tuya de sonreír, tan así. Y me quedé dormido mientras recordaba a la diva: “don´t explain” me decía despacito en el oído de mi mente enferma.

Desperté sobre una cama perfumada a aceite de pino, en un cuarto luminoso. Tanta luz me dolía; el aire era tan puro que al respirar me zumbaban los pulmones. Una cama diferente sin ti. Me dolían los huesos y ardía en fiebre; y te busqué con la mirada, con mi voz ronca de tanto no hablar… susurré apenas sin alientos: “Berenice…ven acá”.

Te busque entonces con la desesperación, te busqué entre mis lágrimas abundantes, esperando verte aparecer, con tu paso lento, coqueto y rítmico; esperando ver tu mirada gatuna y esa sonrisa tuya, tan así.

Hoy solo existes en mis recuerdos. Te veo en las esquinas espiándome, en las calles abandonadas, en los callejones nocturnos llenos de viciosos iluminados por la luz mortuoria de la luna. Ya no tengo la esperanza de sentir tus labios, la mordida de tus ansias y tu chupete pretencioso, no huelo tu aliento, no saboreo tu saliva, no beso el olor abrumador de tu vientre, no percibo ese aroma peculiar, mujer.

Y salgo a la calle convaleciendo apenas, poco a poco, la vida es tan dura en este mundo sin ti, “voy a morir” pienso en voz alta y levanto la vista del suelo, como si con solo eso fueras aparecer por el invoque de mis palabras inspiradas por la fiebre de tu fantasma: mis deseos de tenerte de nuevo en brazos para que me dijeras con tu alegría infantil: “yo también pero no importa, tú estás aquí conmigo”. Que estuvieras aquí mirándome con esos ojos gatunos y esa sonrisa tuya, tan así.

Sé que estás cerca, quitándote la vida poco a poco junto a alguien más. Sé que estás por aquí y si no te veo es porque has decidido que sobreviva sin ti; sé que estás viva, aunque todos me digan que ya no estás más entre los vivos… tú andas por ahí, riéndote de mis lágrimas y mis pasos que se arrastran, mi mundo que se acaba, mirando cómo me muero a pocas y sin poder estrechar tu cuerpo contra mí. Yo por mi parte he regresado a los bares y a las drogas duras, sin esperanzas ya; y la gente me ve y murmura, y escucho todas esas historias, todos eso mitotes ciudadanos, toda esa falsedad del mundo que se lanza contra tu recuerdo. “Don´t Explain” murmuro y Lady Day suelta su canción, y esa diva me trae paz, mientras suelto otra vez mis lágrimas y mis pensamientos para ti vuelven a comenzar.

 

 

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.

Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.

Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).

Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.

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Paginação:

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