ANO 8 Edição 93 - Junho 2020 INÍCIO contactos

Adán Echeverria


Mover la sangre    

La sangre fluye de un cadáver en presencia del asesino
Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger

 

Desde temprana edad Martha pudo percatarse del suceso, su sola presencia hacía correr más rápido la sangre de cualquier persona que estuviera cercano a ella. Cuando quiso volver hacia atrás en sus reflexiones, se recuerda en la cuna –contrario a lo que a todos nos pueda suceder-, y miraba el éxtasis que la sola mirada de su padre sobre su cuerpecito bebé le inundaba; su padre hervía, y más tardaba en arropar a su hija que en volver a tomar el cuerpo de su esposa. Cómplices en el amor, hija y padre haciendo embellecer a la mujer.

 

La madre de Martha siempre se notaba sonriente al darle pecho, porque la ilusión del contacto con su hija, hacía huir la soledad, y sentirse plena para el canto: duerme bebé, duerme cariño, que tu mami linda se quiere bañar, duerme bebé, duerme cosita, que tu mami linda, se quiere peinar… Y Martha de una forma tan sutil, podía verse reflejada en esos borbotones de blanca leche que salía de los pezones de su madre.

 

¿Me ha dejado algo la nena?, decía papá tan solo entrar a la recámara.

 

Esta niña es glotona, y mientras más mama, más leche me sale de las tetas.

 

Pues si la beba se ha llenado, es justo que me invite un poco de su madre.

 

Al papá de Martha la maternidad de su esposa lo tenía loco. Esa suculenta carne que había quedado en su mujer, y los borbotones de leche que escurrían cuando la chupaba, de la boca al cuello, y hasta el pecho mientras sorbía con gula los negros pezones de su hembra. Martha lo recuerda bien. Se dormía bajo el arrullo de los gemidos de su madre, bajo esa atmósfera de aromas que le inundaba por completo la recámara, el cuarto, la cocina, toda la casa. Decenas de gatos se la pasaban maullando alrededor de la casa, por el techo, por los jardines, cada que sus padres se hacían el amor, olisqueando la leche derramada. Martha podía escucharlos.

 

¿Te encanta bañarte de leche, cariño?

 

Lo mismo que a ti te encanta que te llene con la mía.

 

Eres un loco.

 

Y la niña sonreía, daba pataditas a los barrotes de su cuna, golpeaba con las manos las figuras de su móvil que colgaba sobre su cuna. Martha aún tenía esos recuerdos. Años después podría darse cuenta de que lo que había vivido era diferente. En la secundaria pudo leer aquellos textos con la maestra de orientación: La memoria empieza a los tres años de edad. Pero Martha sabía que en su caso el sueño de los recuerdos había sido diferente. Se miraba como feto. Podía mirar entre esa acuosa oscuridad, cada uno de los gestos de amor entre sus padres. Como le cantaban canciones, como la habían esperado con tantas ganas. Incluso la voz del médico.

 

Señora, tiene usted que calmarse. Su taquicardia no le hace bien al niño.

 

Pero mire, doctor, que hermosa la ha puesto el embarazo, dijo su coqueto padre.

 

Cállate, Ernesto, deja que el doctor dé su opinión. Me siento bien, doctor. Quizá un poco ansiosa. Pero desde las primeras semanas que supe del embarazo, no puedo dejar esta felicidad, y las sensaciones de alegría que me conectan con mi esposo y mi pequeña.

 

Pero cómo puede usted estar segura de que es una niña, si no ha querido hacerse un ultrasonido.

 

Estoy muy segura doctor. No me pregunte cómo. Lo sé. Es como si ella me lo hubiera dicho. Se llama Martha.

 

Se llamará, quieres decir, cariño.

 

No. Ella se llama Martha. Me lo ha dicho

 

Se miraba dentro de la cuna. Y envuelta en el aroma que salía del incendio que eran sus padres, sus memorias iban reconociéndolo todo. Cuando aprendió a caminar lo hizo de golpe. Se levantó un día para escaparse de la cuna, y llegar gateando hasta la cocina. Su madre se veía tan alta, pegada a la estufa, cocinando. Al entrar Martha a la cocina, Mónica sintió que la leche le escurría por los pezones como una llave de agua que de repente se abriera. Se levantó la blusa para que no se le empapara, y en ese movimiento, la miró: Martha, cariño, que susto me has pegado, pequeña. Ven con mamá. La leche salía a borbotones, y que mejor solución que pegarse a la hija en las tetas. Se quitó la blusa de algodón y rápida, la pequeña se metió el negro pezón a la boca.

 

Cuando Ernesto llegó del trabajo, corrió persiguiendo la voz de su mujer que lo llamaba desde la habitación de la pequeña. Miró a su esposa de rodillas junto a la puerta, y que su hija estaba parada dentro de su cuna. ¿Qué haces, amor? Espérate, Ernesto, espérate y verás. Lo ha hecho toda la mañana. Venga, Martha, no me vas a dejar mal ahora, frente a tu padre, ¿verdad? Y la nena, como si entendiera cada palabra que su madre dijera, se cogió del barandal de la cuna, y se impulsó. El desesperado padre intentó cogerla por temor a que se cayera de esa altura, pero su mujer lo detuvo, mientras la beba de casi un año se pusiera de cabeza, girara el cuerpecito, para con lentitud bajar poco a poco las piernas, hasta que sus pies tocaron el piso, y en una risa aguda corriera hacia sus padres. Ernesto entonces la tomó en sus manos, y la levantó por encima de su cabeza, devolviéndole la sonrisa. Pero quién es esta pequeña que es capaz de bajarse y corretear sin haber cumplido un año. Quién es esta beba, dígame usted. Martha se carcajeaba con esa su alegría de bebé, mientras su madre respondía por ella. Es una niña que ha sido hecha con mucho amor. Ni que lo digas, impuso el padre, abrazando a su mujer, y cargando a su pequeña.

 

Martha, ahora, a los doce años, conserva esas memorias, incluso las más mínimas formas de la voz, cada entonación, cada rincón de aquella casa. Su devorar las palabras que iban llegando a sus oídos, sus paseos por el parque, sus visitas a los médicos, el aroma en la cocina de su madre. Las conversaciones, las siestas acostada en el pecho de papá. Era natural que aquella noche cuando mataron a sus padres, no pudiera sacársela de la cabeza.

 

Había sido un día normal, lleno de risas, canciones de mamá, bromas de su padre desde la mañana. Ha intentado en todos estos años ir llenando los huecos. Los once años viviendo en casa de Silvia, la amiga más cercana de su madre, la compañía de aquellos amigos que la acogieron como a una hermana más, le dieron forma a su personalidad, pero desde que era un feto se sabía diferente. Durante poco más de una década había decidido no decir nada de lo que sabía, de lo que había escuchado, de lo que había olido, mirado, sentido. Recordaba, y tuvo la gracia y el poder para detener la acumulación de recuerdos. Hoy Martha tenía fama por ser siempre distraída, por estar en las nubes, por tener bajo aprendizaje, poca concentración en clases. Olvidaba las cosas más simples. Pero cuando ocurrió aquel ataque, luego del asesinato de sus padres, se había propuesto no grabarse más memorias, no quería que nada pudiera ocultar aquellos recuerdos que la consumían pero al mismo tiempo le daban aliento para la venganza.

 

Y así, entre aquel beso tan prolongado de sus padres, luego de que le dieron aquella caricia arropadora de las buenas noches, los escuchó como siempre tener uno de esos maratones sexuales, que desprendían florituras aromáticas que se le metían por la nariz como un somnífero. Y entre los bufidos de su padre, los gemidos de mamá, el ladrido de los perros del vecindario y los gatos enloquecidos por sexo que corrían alrededor de la casa, se había quedado dormida, relajada tanto como su madre. Y una vez que Martha se dormía, su poder sobre la sangre de papá iba perdiendo fuerza, y era la única forma en que él iba perdiendo la erección.

 

Martha reía al recordar los coquetos ojos de su padre, y esa loca sonrisa en el rostro de mamá, ante cada erección que su esposo le presumía. Todo era un acuerdo mutuo. ¿Otra vez? No estamos para desperdiciar, erecciones, cariñito. Decía papá mordiéndole un pezón, y haciendo salir un chisguete de leche. Creo que jamás dejaré de lactar si no dejas de cogerme y chuparme las tetas, amor mío. Qué desgracia, mujer, que lata de hombre tienes, ¿verdad? Ni que lo digas, y mamá le había pegado con la mano en la entrepierna mientras arrancaba a correr hacia la recámara, riendo y gritando, seguida por su hombre que en el camino se iba quitando la ropa. No podrás esconderte.

 

Martha recuerda muy bien la hora. No habían dado ni las doce de la noche. Supo reconocer los números apenas su madre se los fue nombrando con el reloj de la cocina. Y en los cubos de plástico que su padre había traído esa primera navidad, se aprendió la forma y nombre de cada uno. No habían dado las doce de la noche, cuando Martha escuchó pasos en el pasillo, por fuera de su habitación. No sabía hablar, pero sabía que gritando pondría en alerta a sus padres; pero algo la detuvo, tuvo miedo de las sombras. Eran más de una persona.

 

Mientras Martha dormía el sueño con aquella placidez de niña amada, junto a ellos, en esa cuna que con tanto cuidado le habían preparado; sintió en las narices un aroma nuevo, algo como de cobre mezclado con medicamentos. Ni aún ahora puede identificar bien el aroma, pero pudo reconocerlo en el hospital, su madre había quedado impregnada de aquel aroma que le causaba náuseas. Paró las orejas, como un cachorro, y se puso boca abajo, para intentar levantarse ayudado de los barrotes de su cuna, cuando la puerta de su cuarto de abrió. Una figura negra había entrado, la miró y Martha pudo retener el color y la forma de los ojos. Era un hombre de piel blanca, jamás lo podría olvidar. Se llevó un dedo a la boca y le escuchó decir: Shhh, bebecita, vuelve a dormir.

 

No supo cuánto tiempo después, pero el siguiente sonido fue un golpe seco, y el grito de su madre que fue apagado de manera inmediata. Escuchó sus pataleos. La negra figura salió del cuarto y cerró la puerta. Escuchó una voz decir: Cállate estúpida, que nadie va a poder ayudarte. Y entonces la voz de su madre gritando Ernesto, Ernesto, el nombre de su padre desde aquella voz irreconocible de mamá, aún no la deja dormir. Martha pudo bajar de la cuna, como lo había hecho ya tantas veces, y caminó hacia la puerta de su cuarto, que no supo cómo abrir.

 

Los olores de su madre empezaron a llegar hasta ella, pero esta vez había algo diferente, un aroma más picante comenzó a molestarle, y entonces supo que los hombres igual que su padre, tendrían una enorme erección por culpa de ella. Porque sabía que les impulsaría la sangre. Lo sabía ahora, a los doce años, cuando había podido hacer lo mismo con tantos otros chicos, haciéndoles pasar vergüenza en el colegio, más cuando se acercaban a fastidiarla, o cuando se metían con sus hermanos, o con alguna amiga. Ella lograba moverles la sangre, y dirigirla hacia su pene, endureciéndoselos, y los chicos no sabían cómo controlarse. A los doce años sabía muy bien cuál era el mecanismo en los hombres, y que era exactamente lo que ella podía controlar. Y porqué, por ejemplo no podía controlar cualquier líquido, tenía que ver con la densidad, y la sangre, poseía las características de viscosidad que le permitían a sus ondas cerebrales poder manipularlas.

 

Al año de edad eso no podía saberlo, pero la angustia –hoy está segura que esa fue la sensación- la hicieron mover la sangre de esos hombres que tomaron a su madre, la golpearon; y mientras uno de ellos la agarraba de los brazos, la poseyeron por turnos. Después de eyacular, el mayor de aquellos hombres, sintió que la erección no cedía, y entonces al ver que ya había pasado su turno en el cuerpo de la mujer, tomó el cuerpo moribundo de su padre, y también lo penetró. Hoy Martha puede saber lo que significaron aquellas palabras.

 

¿Pero qué diablos haces, estás enfermo, eres un maldito enfermo hijo de puta?

 

No puedo detenerme, y tú tienes a la perra para ti.

 

Durante poco más de diez años Martha había reprimido los sentimientos, las memorias. Nadie abrió la puerta, durante todo lo ocurrido. Y no fue sino hasta la mañana siguiente, cuando Silvia, la amiga de sus padres, la vecina,  había entrado, junto con la policía a la casa. El padre de Martha no había llegado a trabajar, y de la oficina no paraban las llamadas, los mensajes, los correos electrónicos. Además, su madre no había salido por las botellas de leche ni por el periódico que se quedaron en la puerta, y el automóvil estaba igual ahí aparcado.

 

Silvia, la amiga de Mónica, y vecina, sabía que siempre al salir o volver de correr veía a Ernesto o a la madre de Martha, y al no verlos en esta ocasión, se acercó a la casa, tocó el timbre sin respuesta. Volvió a su casa, llamó por teléfono. Cogió el móvil, y regresó a pasearse por la casa, timbrando y mirando hacia adentro hasta que por una ventana, le pareció ver algo cerca de la escalera. Llamó a la policía. Ellos igual miraron lo que parecía un cuerpo en la segunda planta, y escucharon el llanto de Martha. Silvia sintió que la cara y la piel le ardían, y un nerviosismo se apoderó de su cuerpo. Martha, encerrada en la habitación se había quedado dormida luego de que todo había pasado, y no fue sino hasta que oyó una voz femenina diciendo el nombre de su madre que comenzó a llorar muy fuerte. Era la voz de Silvia.

 

Cuando Silvia abrió la puerta de su cuarto, y corrió hacia ella para levantarla e intentar calmar su llanto, Martha supo que todo estaba mal. Ya no escuchaba el corazón de sus padres, ya no sentía esa energía que antes inundaba la casa. Hoy, a los doce años, y mientras caminaba con Silvia por el supermercado, le pareció volver a sentir ese aroma, que la llevo diez años atrás y volvió a verse en los brazos de Silvia, llorando, gritando, e intentando encontrar a sus padres. Pero Silvia, pegó su cabeza a su pecho, para protegerla de la imagen, pero la memoria de Martha era demasiado libre como para no escapar; y algo que ella ha sabido llamar su memoria pudo volar por la casa y reconocer el cuerpo sin vida de su madre, y ese olor espantoso que había cubierto su dulzura, y meterse hacia el cuarto para mirar el cuerpo ensangrentado de su padre, con un corte en el pecho y el rostro, producto del machetazo que le habían asestado cuando estaba dormido junto a su esposa.

 

En el pasillo de ese súper mercado todo vino a su memoria de nuevo, todo se había vuelto a abrir, como si se abriera la tumba de sus padres, sus sonrisas luminosas, rasgadas por ese tufo, porque ese olor ahora estaba ahí, en el súper mercado, y entonces Martha soltó la mano de Silvia, caminó por los pasillos siguiendo ese aroma, que tanto tiempo había guardado en la memoria, y pudo darse cuenta porqué había decidido no almacenar más recuerdos; era precisamente para que no pudieran opacar lo que hoy estaba recordando, aquella memoria olfativa que la estaba conduciendo. Y Martha decidió dejar de controlarse, e hizo que el poder de su mente comenzará a agitar la sangre de todos los que estaban 20 metros a su alrededor, y las chicas, los chicos, las mujeres, los hombres, todos comenzaron a sentir esa urgencia sexual, que Martha sabía provocar, porque buscaba que agitando la sangre de todos, podía hacer expulsar el aroma interno que tanto la estaba molestando. Y fue cuando lo vio.

 

Ahí estaba, detrás de los refrigeradores de las carnes frías; el hombre, metido en un delantal blanco, blandía un enorme cuchillo, que iba raspando sobre una vara de metal, para sacarle filo. Martha caminaba hacia él, mientras las parejas a su alrededor, comenzaban a besarse entre sí. Y las personas que no tenía pareja, corrían en busca de quien quisiera hacerle frente a su sexualidad. Los cuerpos iban ardiendo, mientras Martha caminaba hacia el mostrador, con sus zapatitos y sus calcetas altas, aun en su uniforme de niña de secundaria.

 

Miró al hombre, y supo que era él. Aquellos mismos ojos, aquel dedo diciéndole que se callara, que no hiciera ruido, y el olor tan penetrante, nauseabundo, como de cobre y medicamentos, como de orines, como de ácido úrico, como de huevo podrido, como de metales, le iban rasgando la nariz, sacando de sus adentros aquel rencor que creyó dormido pero que ahora despertaba con toda su fuerza y determinación. Martha puso toda su concentración, una concentración que llevaba practicando durante diez años, la puso en la sangre de aquel hombre, que entonces la miró, y Martha le hizo recordar aquella bebita, de pie en la cuna, y aquel suceso todo, que pensaba que nadie más que su compañero, muerto ya, habría podido recordar.

 

Y el hombre supo que aquella niña en uniforme de secundaria que ahora venía por el pasillo hacia él, era la misma de la cuna. Pudo reconocer esos hambrientos ojos de la desesperanza, y comenzó a sentir que se le elevaba la temperatura, que el calor iba subiendo por todo su cuerpo, quemándole por dentro, y buscó gritar, quiso correr, pero estaba hipnotizado por los ojos de aquella pequeña que caminaba justo hacia él, y la sangre comenzó a salir por sus orejas, por sus fosas nasales, y por sus ojos que comenzaron a hincharse. Sangre y humo empezaron a aparecer por los poros de su piel y el calor era insoportable mientras más cerca se encontraba la chica.

 

Alrededor de Martha mujeres y hombres se quitaban la ropa, y comenzaban a lamerse, a penetrarse, presas todos de una excitación que no podían apagar, por lo que Silvia, que igual se había encendido, busco despertarse de aquella sensación que le mojaba la vulva y comenzó a buscar a su pequeña Martha, mientras tomaba a uno de sus hijos del brazo, porque el otro, el mayorcito, ya se estaba besoteando con una chica de la escuela que también estaba en el súper mercado.

 

 

Adán Echeverria (Mérida, Yucatán, (1975). Doctor en Ciencias Marinas. Premio Estatal de Literatura Infantil Elvia Rodríguez Cirerol (2011), Nacional de Literatura y Artes Plásticas El Búho 2008 en poesía, Nacional de Poesía Tintanueva (2008), Nacional de Poesía Rosario Castellanos, (2007). Becario del FONCA, Jóvenes Creadores, en Novela (2005-2006). Ha publicado en poesía “ ropero del suicida” (2002), “Delirios de hombre ave” (2004), “Xenankó” (2005), “La sonrisa del insecto” (2008), “Tremévolo” (2009), “La confusión creciente de la alcantarilla” (2011), “En espera de la noche” (2015); los libros de cuentos “Fuga de memorias” (2006) y “Compañeros todos” (2015) y las novelas “Arena” (2009) y “Seremos tumba” (2011). En literatura infantil ha publicado “Las sombras de Fabián” (2014), cuento ilustrado por Steffy Burgos.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Junho de 2020


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Loreley Haddad de Andrade, Maria Estela Guedes, Myrian Naves


Colaboradores de Junho de 2020:

Henrique Dória, Adán Echeverria, Adelto Gonçalves, Adriano B. Espíndola Santos, Alexandra Vieira de Almeida, Ana Maria Costa, Antônio Torres, Diego Mendes Sousa, Beatriz Aquino, Bruno Brum, Caio Junqueira Maciel, Carlos Matos Gomes, Carmen Moreno, Cecília Barreira, Chris Herrmann, Cláudio Daniel, Danyel Guerra, Deusa d’África, Eduardo Madeira, Elisa Scarpa, Ester Abreu Vieira de Oliveira, Fábio Pessanha, Fernando Andrade, Fernando Huaroto, Hermínio Prates, José Manuel Simões, Julio Inverso, Leila Míccolis, Liliana Ponce ; Rolando Revagliatti, entrev., Luís Giffoni, Marinho Lopes, Moisés Cárdneas, Myrian Naves, Ana Carol Diniz Hassui e Audemaro Taranto Goulart, Ricardo Ramos Filho, Tanussi Cardoso, Vitor Eduardo Simon


Foto de capa:

FRANCISCO DE GOYA, 'Saturno devorando a su hijo', 1819-1823


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR