ANO 8 Edição 93 - Junho 2020 INÍCIO contactos

Moisés Cárdneas


Ojos de féretro    

Sus ojos se cerraron y miles de ojos se cerraron con él. Mientras esos ojos lloraban por aquellos que dormitaban en el ataúd, de otros ojos brotaban lágrimas de incertidumbre. El tricolor nacional sollozó por los ojos aberrantes y rabiosos de los rostros malévolos que lo miraban partir en una carroza fúnebre Lincoln modelo 98.

 

Yo una vez lo vi en el Teatro Municipal de Caracas, con sus ojos abiertos frente a una multitud roja universitaria y pude percibir el movimiento de su córnea fija hacia las miradas embelesadas que sujetaban su discurso. Noté como sus ojos guiaban los ademanes que hechizaban a la audiencia, atrayéndola y manipulándola hacia él. Ocurrió una noche cuando una espesa neblina bajaba de las montañas. Las cámaras de televisión trasmitían cada gesto, cada mirada, cada palabra que salía de sus entrañas. Cuando les habló a esos jóvenes perdidos en el umbral de su voz, un muchacho que no pasaba de los veinte años de edad y que estaba sentado cerca de mí, empuñó su mano izquierda hacia la gente y gritó vorazmente:
 -¡No volverán!

 

Recuerdo que los ojos de ese joven se mostraban iracundos y se movían de un lado a otro como presos de la excitación por aquellos ojos que estaban en la tarima. Un escalofrió pasó por mi cuerpo cuando el universitario estalló de furia.

 

La transmisión de su cortejo fúnebre me acongojó. Los ojos de esas miles de personas bañados de lágrimas rojas, resplandecían con las flores amarillas y blancas que lo acompañaban. Las imágenes que vi por la pantalla de televisión desde la ciudad que me refugia, hicieron que mis ojos hablaran con la voz de los ojos de quienes no le arrojaron flores.

 

Cuando las cadenas de noticias mostraron al mundo la adoración de sus seguidores, mis ojos se secaron. Y dejaron de caer lágrimas. La incertidumbre se ciñó en muchos habitantes de una Venezuela quebrada por la voz que se iba con los gritos de desesperación de cientos de adoradores de su carismática persona.

 

Una serie de sentimientos encontrados punzaron mi espíritu, cuando una cámara mostró un cartel que sujetaba uno de sus simpatizantes, donde se leía: «te amaré por siempre, mi padre».

 

Mis ojos miraban como la televisión divulgaba la procesión que recorrió trece kilómetros, desde el Hospital Militar Doctor Carlos Arvelo, en la avenida San Martín, hacia la Academia Militar, en Los Próceres, Caracas. Las cámaras no dejaron de captar a la marea roja que lo despedía lanzando flores y camisetas alusivas a quien una vez los guio con sus ojos. Observé a muchas personas agitar banderas con la cara del finado líder y el rostro de Bolívar. Sentí un escalofrío en todo mi cuerpo, cuando un periodista entrevistó a un seguidor que dijo, mientras golpeaba su enardecido pecho:
«Lo voy a extrañar. No vine a decirle adiós, sino hasta luego. No tengo palabras para describir a este gran hombre que físicamente se nos va, pero que queda aquí, en nuestra mente y nuestro corazón».

 

Una luz ultravioleta centelleó en mi mente y marcó el 8 de marzo del 2013. Luego giraron las palabras en mi cabeza y vino a mi memoria la expresión de mi difunta abuela Catalina: «¡hijo, ese hombre es el diablo en persona!».

 

Lo dijo un 15 de diciembre de 1999, cuando muchos venezolanos, desde nuestros hogares, miramos los ojos de ese ser, por enésima vez. La miré perplejo y al mismo tiempo asustado, por haber escuchado la palabra «diablo». Mi abuela me regresó la mirada y torció los labios hacia la pantalla.

 

- ¡Hijo, ese hombre es el diablo en persona!- volvió a decir con una voz algo pausada.

 

 De pronto, ante la cámara, el presidente pronunció una frase de su admirado personaje; del prócer Simón Bolívar:
«Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca».

 

Los ojos de mi abuela se humedecieron, no por verlo, sino por su comentario sobre el momento que vivía Venezuela. Unas fuertes lluvias azotaban al país, sin embargo, el mandatario, daba un positivo balance de la «situación». Mi abuela salió apresurada fuera de la casa, miró al cielo que estaba oscuro y entró asustada. Cuando se sentó frente al televisor, aquel hombre hablaba sobre la aprobación de la nueva Constitución, la nueva Carta Magna. Su semblante no trasmitía preocupación por el temporal que arreciaba, más bien, se concentraba en transmitir las ideas de su proyecto bolivariano.

 

Esa noche, la lluvia cayó… La naturaleza se opuso y no le obedeció.

 

Hubo un extraño silencio en el ambiente. Ni los murmullos de los grillos, ni el ruido de los autos se escucharon. Mi abuela apagó su viejo televisor de caja y las luces de la casa titilaron. Ella fue a la cocina y preparó un café. Me lo sirvió en un pequeño vaso, luego acarició a un gato negro que estaba subido en una silla de madera que tenía en la cocina. Dijo en voz baja:
- Uy hijo, ese hombre destruirá este país.

 

A la mañana siguiente los medios de comunicación reportaron la peor tragedia que Venezuela había tenido. Unas treinta mil personas murieron a causa de un gran derrumbe. Ese desastre natural, marcó la vida de miles de venezolanos, que la noche anterior habían visto los ojos de un hombre de traje y corbata, anunciándoles tranquilidad. Cuando se necesitó su presencia, salió vestido con boina roja y traje verde oliva. A partir de ese instante lo utilizó sin interrupción. Para algunos ojos, al verlo de verde, fue como ver la visión de un enviado. Para otros ojos, comenzaron las lágrimas y la desesperanza.

 

Cuando todos nos despertábamos escuchando la triste noticia, en mi pueblo Palmira llovió con fuerza y desde unas oscuras y extrañas nubes cayó granizo, fenómeno muy raro en el lugar. Esa noche, una densa niebla cubrió los hogares del país.

 

En mi habitación, pensando en los dichos de mi abuela, voló una imagen por mi mente: Era la de un ser de rostro horripilante con patas de cabra, poseía una cola de serpiente y estaba vestido con un traje color rojo, llevaba en su mano izquierda un tridente y resplandecían los dos cuernos que tenía en la cabeza. 

 

Sentí un escalofrío por toda mi piel. Me asusté mucho, quise llorar. Alcé los ojos hacia unos libros que tenía sobre el escritorio de mi cuarto. Fijé mi atención en un mapa de Venezuela que colgaba en una de las paredes de mi aposento. Recordé que en los primeros meses de ese año, había participado en unas protestas estudiantiles reclamando más equidad, educación y por ende valores humanos. Fueron unas cuantas manifestaciones, no muy violentas, ni bajo un escenario político dividido. Eran protestas de calle, para reivindicar más derechos estudiantiles; sin embargo, en unas de ellas, alcé mis primeras piedras contra los efectivos militares.

 

Cuando estaba a punto de dormir apesadumbrado por la más triste tragedia que desgarró y enlutó al país, la sombra de un extraño ser sobrevoló en mi mente. Sentí miedo. Abrí los ojos. Luego recordé cuando mi abuela comparó al presidente militar con el Malvado. « ¿Será cierto?»- me pregunté.

 

Abro mis ojos y cuento con los dedos de la mano, cinco. Me sorprendo de que ya hayan pasado cinco años desde que la multitud lo lloró. Pero él se mantiene bajo el monumento «La Flor de los Cuatro Elementos», su sarcófago. Allá, en el Cuartel de la Montaña, al estilo Lenin, él  resplandece en los ojos de sus seguidores, aunque esa masa que lo sigue, hoy está moribunda, como hojas secas caídas del otoño.

 

Su muerte resonó con un 5 de marzo de Stalin. Surgió la pregunta desde un alborotado mar: ¿Coincidencia? ¿O todo fue preparado? La respuesta aún queda a la espera. La historia es reciente. Solo estamos en el puente del testimonio.

 

Las telas rojas envueltas en su inerte cuerpo se humedecieron. La tierra de Venezuela levantó un aire fétido y unas carcajadas se escucharon detrás de un mármol. Se abrieron unos ojos iracundos, funestos, en las manos de Los Innombrables, los ojos que gobiernan la República.

 

Mientras tanto, en el Cuartel de la Montaña, se abrieron los ojos dentro del féretro de quien en vida se llamó Comandante y como caballo desbocado relinchando desde el más allá, incitó a sus elegidos para que lo coloquen en estandartes, afiches y lo muestren como un icono. Desde el mal oliente ataúd, él ordena, vigila y manda en esa tierra donde copulan fantasmas, espectros y personajes pintorescos de tonos siniestros.

 

 

Autor de la novela, Los ojos de un exilio. Moisés Cárdenas, nació en San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, el 27 de julio de 1981. Poeta, escritor, profesor y licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura.  Egresado de la ULA-Táchira. Ha publicado en antologías de Venezuela, Argentina, España, Italia y Estados Unidos.
 

Ganador con el poema “Cosas Extrañas” en el Premio internazionale di poesía, sesta edizione. “Dialoghi con l’ombra”. Venecia, Italia, 2019.  Primer Premio del 1°Certamen Internacional de poesía a las Mascotas con el poema “El balcón Ladró”, Quequen, Buenos Aires, Argentina, septiembre del 2019. Finalista de la décima edición del Concurso Internacional de Poesía el Mundo Lleva Alas, Editorial Voces de Hoy, Miami, Florida, Estados Unidos de América, 2018. Finalista en el IV concurso de narrativa para autores noveles Manuel Díaz Vargas 2016-2017 de Ediciones Alfar, España. Primer premio, en el 15  Certamen Internacional de Cuento, Ediciones Mis Escritos,  con la obra “Puede ocurrir”, Buenos Aires, Argentina, 2016.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Junho de 2020


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Loreley Haddad de Andrade, Maria Estela Guedes, Myrian Naves


Colaboradores de Junho de 2020:

Henrique Dória, Adán Echeverria, Adelto Gonçalves, Adriano B. Espíndola Santos, Alexandra Vieira de Almeida, Ana Maria Costa, Antônio Torres, Diego Mendes Sousa, Beatriz Aquino, Bruno Brum, Caio Junqueira Maciel, Carlos Matos Gomes, Carmen Moreno, Cecília Barreira, Chris Herrmann, Cláudio Daniel, Danyel Guerra, Deusa d’África, Eduardo Madeira, Elisa Scarpa, Ester Abreu Vieira de Oliveira, Fábio Pessanha, Fernando Andrade, Fernando Huaroto, Hermínio Prates, José Manuel Simões, Julio Inverso, Leila Míccolis, Liliana Ponce ; Rolando Revagliatti, entrev., Luís Giffoni, Marinho Lopes, Moisés Cárdneas, Myrian Naves, Ana Carol Diniz Hassui e Audemaro Taranto Goulart, Ricardo Ramos Filho, Tanussi Cardoso, Vitor Eduardo Simon


Foto de capa:

FRANCISCO DE GOYA, 'Saturno devorando a su hijo', 1819-1823


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR