ANO 8 Edição 87 - Dezembro 2019 INÍCIO contactos

Luis Bacigalupo


4 poemas inéditos    

PÁLIDO CIELO

Todos los colores me hacían feliz, incluso el gris.
Vladimir Nabokov

Tonalidades terrosas
azul verdosas                                                                                             
esmeraldinas
o turquíes
los primeros cielos del día
nunca acaban de despertar
son cielos en deuda con la realidad
de una vigilia que luce
su cosmética ociosa.

 

Por las tardes matizados
de un color todavía más pálido
que el carbón cuyo corazón
ha sabido consumirse a tiempo.

 

Celestes dorados azules plomizos
de un blanco opalino o lechoso
grisáceo acaso como ceniza y moho
amalgamados
de variada gama de rojos u ocres
los he visto a media tarde, ayer
llorar y sangrar.

 

Quienes se ven sujetos a otras previsiones
otean el cielo solo para conocer
qué habrá de depararles lo que queda del día
para tomar los recaudos indumentarios
de modo de afrontar sin apremios
un mínimo grado de felicidad.

 

Cada mañana alzamos la vista al cielo
para cerciorarnos de que todavía
permanece allí, siempre
por encima de todo.

 

Pero los primeros cielos del día nacen
a la luz de una pálida languidez
como si acabaran de despertar
de un sueño desvaído sin retórica
ni espectáculos
como si acabaran de despertar
y aun, rato después, no se han hecho
tiempo para recurrir a la magia
de toda persuasiva cosmética.

 

Son cielos que solo están allí
como las cejas
por encima de las pestañas.

 

De tanto en tanto un auto
se hace oír sobre el empedrado
y nos dejamos llevar por él
y su serenidad.

 

Dormir, soñar, morir
en este campo trillado no queda
sino escarcha al amanecer

 

y silencio, las voces de las cosas
que mueve el viento
y silencio
todavía más y más
bajo el blanco raso de este cielo.

 

 

 

 

 

 

TAL VEZ ROSADO

 

En la canícula tiendo mi esterilla al alba
y desvelo bajo el ala de una brisa
puertos ocres que declinan
a la quilla del velero nipón

 

no alcanza y tenso entonces amarras
con mis garras tiesas

 

el cielo se aproxima a mi visión
nihilista del mundo
qué importa si nada de esto importa
al calor de la canícula
sin sombrilla
o
como la sonaja que rechina
por encima de mi cuerpo
sobre la esterilla, al alba

 

es un insecto
y su aire zumbón

 

un zorzal en cambio ondula
su blandura
lejos de aquí, al sol
en los confines
de una cinta asfáltica

 

¿oyes?

 

los lupines del ciego pregonero
me son ajenos

 

la lisonja de dios humilla su ceguera
y este dolor que se cuela
por aquí
en el flanco inerme del muelle

 

a lo lejos
la fatamorgana
su jarana, me impiden ver
el escudo de oro del zorzal
aún en pie, en medio
(entre los que vienen y los que van)
como un guerrero

 

¿quién blande el vago rodeo del timón
mientras beso el mascarón avieso
en estos puertos ocres que declinan
a la quilla del velero nipón?

 

es una niña que agita un banderín rojo
tal vez rosado
como lengüita díscola al sol.

 

 

 

 

 

 

ESTORBO

 

Mis padres se fueron como se van
los padres de este mundo
dejando sus huellas en quienes a
penas
permanecemos un tiempo más.

 

El día es un estorbo al que las horas
se ajustan como un tornillo.
Qué demencia rezuma esa flor que liba
la abeja
luego, al ocaso, el colibrí.

 

Pero mis padres no están hoy
para decirme: “hijo
siempre todo es más claro
a la luz del sol.”
Porque en la noche oscura brilla
la ignorancia y su nobleza
en la curva del gatillo de un arma impune.

 

He visto el amanecer bajo la tierra
y las pesadillas
nunca fueron tales.
He visto una realidad de horror consumado
en el rostro de una flor
y sin embargo, no están
se han ido lejos, tan lejos de aquí
dejando en mi carne el estigma
del gusano.

 

Pienso por un momento que la felicidad
se ensaña consigo misma
y la tristeza posee las ondulaciones
de la llama
arde igual que esta
pero de modo sofocado.
Estas adherencias suceden
curiosamente
en los bosques donde mis padres
todavía no han dado con sus sepulturas.
Lo demás, lo otro, lo distinto
desconcierta al pueblo
cuya migaja vale apenas un liquen
un resto de corteza de ciprés
y una oruga
en camino a la raíz.
Pero al pueblo, el auténtico, el genuino
nada de todo esto importa
ni los árboles ni los bosques felices
de sus mantos de sombra
y sus motas de sol.

 

Ni el trecho insalvable que hay
entre ellos y sus sepulturas.

 

 

 

 

 

 

DE LA GRAVEDAD

 

Entre la idea/ y la realidad,/ entre el movimiento y
                   el acto/ cae la sombra:/ “Porque tuyo es el reino.”
                                                                                                T. S. Eliot

 

Cae un pensamiento
como un fruto a punto de pudrirse.
Cae tu mirada
y una hormiga habrá de recogerla.

 

¿Quién repone la versión de Dios
sobre el hombre
su afán de visión
su desencanto?

 

Cae el ansia antes de que mueras
para liberarte del dolor.

 

Tu flor en mi jardín crece
y se alza en la noche

 

tu vacilación no
deshojará una certeza
ni después del destierro de esta vida
dirá que sí.

 

El fruto ha caído sazonado
en la encrucijada
quien pase por allí lo recogerá
es una determinación crucial
la luz en la flor del cerezo.

 

Quizás convenga dejarse llevar
lejos de este sistema de previsiones
el que mejor convenga dejar caer
en una alcantarilla.

 

Paraísos demorados por la razón
que estalla en la caída.
Haber nacido en una generación impropia
en un siglo impropio.

 

¿Qué hay por respirar
según el diario menú
de esta fonda mefítica?

 

Es una pérdida insalvable
existir fuera de este lugar
de este tiempo dado
a las puniciones.

 

Cae un sueño
no sería
después de todo
la primera vez.

 

Las horas caen más rápidamente
que los dientes y las simetrías.
 
Ha muerto mi padre antes
que mi madre
en el sueño de la clepsidra
en la duración del silencio global
en las alas mudas de una crisálida
pasada de moda.

 

Que un pétalo sueñe en la duración de huir
a una forma errática
no me sorprende
sí que aspire a la eternidad.

 

Ha caído alguien del Everest
al Titicaca
al asidero de todas las muertes
sin sentido, arraigadas
fijadas a las formas aristadas
del odio a toda revelación.

 

La larva está riendo fuera del alcance
de toda percepción
solo porque ha caído una hoja
del álamo plateado.

 

Por mi parte no percibo en mi caída
las nubes que alguna vez cabalgué
que se filtren sus restos a través
de la fisura de este tejado irreparable.

 

Ecos de una copulación perimetral
se fugan por esa exacta fisura
noche a noche
pero mi corazón es un niño tonto
que se ha tomado el juego demasiado en serio.

 

Tu suerte está echada
bajo una nieve pronta a fundirse
pero no es de aquí, no,
la nieve que ha caído.

 

El fruto pronto a pudrirse sazona su hedor
al precipitarse.
La noche es de aquí pero tan ajena
como la fortuna incalculable
de las estrellas.

 

Cae una estrella
y arrojo tres deseos al infinito
como tres despojos propicios
para una vida austera
llamada a servir al pobre más pobre
entre los pobres.

 

Propicia a esa vida es la pérdida
la sujeción
la sustracción.

 

¿Qué fue de esa falta entonces virgen
hoy fecunda?

 

Hoy
en otro mundo
hoy
prolífica
hoy
no hemos de existir
de igual modo
hoy
que quede bien en claro que
cada cual la pasa a su modo
¿No nos hemos mudado acaso
en la pubertad alguna vez?

 

El vidente, el hablador, el mudo
y el sordo
han caído todos al pozo.

 

Empezando por los presagios
y las formas que prefiguran el infierno
de soslayo un sueño acaso
caiga también
de la punta de este lápiz vacilante.

 

Qué esperpento nos toca ser allí
en el tapiz
o en el viejo gobelino del salón
donde el abuelo me echaba el humo
de su pipa de raíz de brezo
en la oreja.

 

Y el humo me decía:
“mi vida es pura disipación
una fantasmagoría
la fracción de un instante sin memoria.”

 

Vierte el sueño su resto de realidad
un campo minado nos ha impelido
a atravesar el mar a nado
a paso lento incluso sólo
para no salpicarnos la túnica inconsútil
de esperma y espuma.

 

Si es veneno o elixir lo ignoro.

 

La muerte es la mejor pócima
a falta de sopa o maná.

 

Cae un pichón del nido…

 

Alguien, sin nombre y sin rostro,
se ha arrojado al vacío una vez más.
Ha venido repitiendo este acto
desde el principio de los tiempos
y hasta el fin de los tiempos
perseguirá la perfección
de una caída imposible.

 

Belleza del paisaje en la luz de las retamas
basta esta condensación
la intervención del sol en nuestras
vidas
a una luz corpuscular lechosa.

 

Poco más allá el incienso del bosque
busca una nariz
no es la belleza en sí
apenas
una captación fugaz de esa luz fragante
y flagrante
bajo la cual los cadáveres parecen querer arder
con fruición culinaria
tristes cocciones de hospital
evocaciones de pasillos
cenizas que blanquean el cementerio
humus
la belleza ya no lleva bien sus ropas
como sus ojos esta oruga blanca
mi abuela
no recuerdo su nombre
no obstante pienso en ella
las piedras iridiscentes de su alhajero
todo lo ven antes de morir los muertos
que simulan estar vivos

 

luego
uno es capaz de imaginarlo todo
pero siempre resulta mejor morir
que imaginar
como amar, que soñar
un terrón flamígero de paraíso.

 

Hojas, musgo, cortezas
más todo lo que engulle el gusano
porque todo ha caído a su alcance.
Las viejas ropas de una belleza perdida
en su voracidad, en su fijación
aman
abrigan
sin más, abrazan.

 

 

Poemas inéditos de Luis Bacigalupo (Buenos Aires, 1958).

 

 

Luis Bacigalupo nació el 5 de octubre de 1958 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Cursó la Carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Coordina talleres de escritura. Es director de la editorial “El jardín de las delicias”. Dirigió la revista de literatura y el sello editorial de poesía “La Papirola”. Textos suyos han sido incluidos en diversas antologías, como así también en publicaciones periódicas del país y de España, Venezuela, Perú, Estados Unidos Chile y Uruguay. Publicó entre 1987 y 2014 los poemarios “Trogloditas”“Yo escribía un poemita”“El relumbrón de la claraboya”“Madagascar”“Las purpurinas”“El océano”“Elíptica del espíritu” y “Mixtión”. En 2000, aparece su novela “Los excomulgados”.

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