ANO 8 Edição 87 - Dezembro 2019 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


Crónicas sobre el fin del mundo: el Diablo se ríe    

El diablo es el señor de lo material, por eso se ríe.

 

Escuché la historia de un anciano que trabaja en un gran hotel de la ciudad, un lugar de ricos:
El viejo trabaja hasta dieciséis horas diarias (“nadie lo ha de querer en su casa” me dijo quién me narraba) y no cobra un centavo extra por eso. Es un gerente de alimentos y bebidas; él hace el trabajo de sus compañeros de área con una diligencia perniciosa, según el decir y la queja de ellos.

 

La dueña del hotel se siente feliz de tener a un empleado tan fiel a sus intereses de burguesa.

 

Caminaba por la avenida principal de mi ciudad, esta avenida es larga, de sur a norte; sobre ella se puede observar a tanta gente y sus sucesos nomás caminar a lo largo de todo su pavimento ardiente, solo necesitas tener un buen hígado para aguantar el asedio perene del calor y entonces podrás poner la debida atención y mirar:
Hay unos tamborileros justo en el mero centro geográfico de la gran avenida, en el centro de la ciudad, en la parte más bella y pintoresca de su pavimento. A estos jóvenes con mala facha les llaman batuqueros pero ellos se auto proclaman “músicos callejeros de la cultura”; y ahí están, con su dale y dale de sonidos rítmicos y sincopados, una arenga de guerra. Debo decir que, según mi apreciación de la música y la cultura, estos jóvenes son solamente una bola de mariguanos lúmpenes hijos buenos para nada de mamá chichota y papá vergota, que nada bueno provocan en mi ciudad más que el sentimiento de que estás ante unos bichos raros, unos “mexican curious” con sus tambores haciendo “ruidaje”. Y así sucede la cosa con ellos, porque entonces veo bajar de su lujoso y flamante Mercedes Benz a un viejo con aires de intelectual estilo cantante de trova-pop, con su saco hipster, camisa guayabera y sombrero yucateco; este viejo ricachón les observó, más que escuchó, un par de minutos mientras se dirigía con señas a quien sabe que persona arriba del carro, le hacía mímicas con una sonrisa burlona; terminado el show sonoro percusivo arrojó unas monedas sobre un pañuelo con los colores de la bandera “rastafari” bien mugroso que estaba tendido a un lado de las congas, les saludó con la mano haciéndoles una teatral reverencia y se retiró; los jóvenes rastafari le miraron impasibles con sus ojos mariguanos y se prepararon para empezar a ejecutar otra delicia sonora.

 

Unos pasos adelante vi a una mujer indígena y sus hijos, todos sentados sobre el suelo en su observar milenario del girar del mundo. Uno de los pequeños es una niña hermosa con su rostro moreno y ojos árabes; su cabello abundante y lacio, negro ala de cuervo; sus ropitas raídas, sus pies pequeños descalzos y chorreados, sus manecitas regordetas y hábiles, sus manecitas tocan un acordeón llamado “sparrow”.

 

A estas personas, estos indígenas pobres nadie les da nada; se alimentan con rudo estoicismo de la miseria de quienes sí tienen, de la mala índole de los “piadosos” o amantes del Dios que habita en las catedrales, con sus cardenales, obispos y curas misóginos y pederastas dentro.

 

Y yo me sé una historia, me la han contado y es magnífica pero estúpida. La historia sobre una mujer joven, muy bella: tez blanca, cintura de avispa, vientre plano; senos medianos y firmes, erectos como copos de arena; pierna larga y sin un bello oscuro o rubio que la estropeé, espigada, rostro hermoso, boquita de puchero labio-rojo, nariz regular y afilada, ojos enormes (pupilente verde) y sus pestañotas, sus cejas artísticamente bien sacadas; ¡pero lo mejor! Lo mejor son sus nalgas rechonchas y paraditas.

 

Ella trabaja en el mismo hotel donde labora el viejo diligente y pernicioso, trabaja de mesera en el lobby-bar.

 

A este portento hecho mujer los clientes del lobby le regalan teléfonos de dieciséis mil pesos nomás porque sí; le regalarán, según me contaron, muchas cosas materiales aún más caras nomás porque sí, nomás por bonita y ya.

 

Una charla a propósito de:
-detesto esta glorificación del despilfarro que celebras amiga, no me cuentes más

 

-ella sabe manejar a esos ricos, jamás les dará lo que desean (¿qué es aquello que jamás les dará? ¿Qué es lo que aquellos facinerosos desean? ¿Su corazón color rosita?)

 

-detesto ese manejo del dinero, eso es todo; no puedo concebir el acto de comprar mujeres; desde mi perspectiva masculina me es imposible comprenderlo, no tolero mucho a aquellos que se venden el cuerpo nomás por el puro “cariño” al dinero. A mi juicio, esa muchacha solo puedo admirarle sus nalguitas suculentas.

 

-¡ay amigo! ¿Y tú crees que un juicio tan corto de mundo, tan arrabalero como el tuyo a ella le importa?

 

-se de sobrado que no le importa. A mí de hecho tampoco me interesa en lo más mínimo su mundito material, si te doy un juicio es porque tú me hablas con exagerada admiración sobre sus actos. Mi búsqueda en cuanto a mujeres admirables es otra. Yo jamás glorificaré como tú la compra-venta de un humano, por muy bonito que esté el “palmito” o la carita, o muy jugosa que sea la ganancia en dinero; pero te preguntaré:
¿Tú crees que yo, tu amigo, merezca a una mujer como ella?

 

-¿merecer en qué sentido?

 

-merecer como ser humano, como una persona vista desde el alma…

 

La respuesta se quedó en el aire. El diablo se ríe, y se ríe mucho.

 

Por algo Hitler convirtió su guerra en algo infame, por algo Marx es recordado, por algo Carlos Slim es el hombre más rico del mundo.

 

Por eso el diablo se ríe, por algo dicen de Dios que no existe:
Los ojos árabes de la niña (en su mirar melancólico y de aire milenario) puestos sobre el jodido rodar del mundo; sus manitas hábiles que tocan el acordeón llamado “sparrow” (sus manitas sin moneda para comer) me lo dijeron esta tarde.
FIN.

 

 

Waldo Contreras López.
Narrador y poeta.
Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.
Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).
Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.
Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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Paginação:

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