ANO 6 Edição 86 - Novembro 2019 INÍCIO contactos

Keidin Yeneska


Simplemente cuentos    

“ANHEDONIA”

 

La alarma ha sonado a la misma hora que todos los días, 5:00 a.m. 

 

Pero me encontraba despierto, desde hacía tiempo, tal vez no dormí en toda la noche, no lo recuerdo, a veces tengo lagunas mentales después de escuchar la alarma.

 

No quiero levantarme, no tengo ningún motivo real para hacerlo. Mi cuerpo yace inmóvil en la cama, duele, con un dolor ajeno, casi incorpóreo, por contradictorio que parezca.
  
Siempre tengo dolores somáticos, como suele llamarlos el psicólogo, él gusta de nombrar cualquier cosa que yo pueda sentir, o captar, yo estaba bien hasta que él le puso nombre a lo que siento.

 

Hay una macha de humedad en el techo de concreto, brotan un par de gotas que caen sobre mi frente, las dejo correr, no tengo fuerza para limpiarlas, cierro los ojos para imaginar la gota destrozarse contra mi frente, splash.

 

Abro los ojos y noto que la mancha tiene forma de América del Sur, me fatiga afinar la vista para ubicar países y nunca fui bueno en geografía.

 

Deseo volver a dormir, y soñar que estoy vivo. Me gusta dormir, la muerte es hermana del sueño me dijo alguien alguna vez.

 

Los músculos de mi cuerpo aún no reaccionan, duelen con ese dolor tenue e incorpóreo. La alarma suena de nuevo, recordándome que han pasado diez minutos desde que desperté, esta vez me sobresalto, y me siento en la cama en un solo impulso, dispuesto a levantar mi inútil cuerpo que hoy por lo menos duele, casi siempre parece el cuerpo de otra persona.

 

El suelo está frío, encamino mis pasos descalzos hacia el baño, donde lavo mi rostro con agua fría y me veo al espejo, ¿Quién es el del espejo?
 
No lo reconozco, su rostro no me es familiar. Lo observo con deseo averiguar quién es. No logro satisfacer mi curiosidad.

 

La ducha, ¿Por qué me bañaría?, por solidaridad con la sociedad, tal vez.
¿Solidaridad? ¿Es en serio?

 

Hay en mi cabeza dos corrientes, una es el qué, otra es el por qué, la primera me excita, la segunda me ralentiza.

 

He abierto la ducha, sin darme cuenta ya estoy bajo el agua helada. Un tren de pensamientos cruza por mi mente, no puedo entender, imágenes, voces, situaciones hipotéticas, como una pantalla de cine, incoherente, maldita.

 

Trato de encontrar un espacio entre un pensamiento y otro, un espacio vacío, una laguna para detenerme allí y ya no pensar, estar en el vacío. Terminó mi ducha matutina, ni siquiera usé el jabón, ahora debo vestirme, tengo poca ropa, cinco pantalones, cinco camisas, algunas pendas interiores y un par de zapatos. Me senté en la cama, observo la ropa que uso todos los lunes, pasan los minutos, sólo observo a mí alrededor.

 

“No, no tienes poderes telequinéticos” –me digo.

 

Terminé de vestirme e hice la cama con resignación, vi algunos objetos fuera de lugar, libros, papeles sueltos, lápices, pensé en ordenarlos, pero no tengo estómago para hacerlo, salgo de la habitación con algo de prisa. En la cocina tomo un vaso con agua del refrigerador, tengo hambre, pero no quiero comer, sólo tomaré agua, el día está lento.

 

Reviso los mensajes, tengo un mensaje de mi hermano: ¿Cómo estás?

 

Estoy igual que siempre, nostálgico, deprimido, anhedónico, cansado, dolido, esperando que me salve la muerte.

 

“Estoy bien, hermano, un beso” –Respondo

 

Aunque sea una simple pregunta de cortesía, me confunde, se espera una respuesta cortés, pero en realidad no sé lo que siento ni cómo me siento, sólo siento que no siento nada.

 

Pero sí puedo captar a nivel intelectual las emociones, generalmente me siento tranquilo, malditamente tranquilo, eso es todo. No logro percibir nada más, aunque quiera no puedo sentir mis pensamientos ni pensar mis sentimientos, como decía el filósofo, no encuentro conexiones entre ambos.

 

Salgo de casa, la ciudad aún duerme, apenas empieza a amanecer, la melancolía y el silencio del amanecer me agrada. Media hora en la estación del metro, esperando un vagón donde meter mi humanidad sin violar las leyes de la física, una tarea casi imposible en esta ciudad atestada y maloliente que me abruma. Humanos por todas partes, viviendo sus infelices, inútiles e incoloras vidas.

 

En el camino, el metro sale del subterráneo un breve trecho, por la ventana observo una ciudad hostil, deteriorada, arruinada. Tuve un mareo, pero ya estoy bien. Hay un parque con árboles desmedrados, repleto de ancianos desdentados ejercitándose, patético.

 

Bajo dos estaciones después, mi sentido del olfato es en extremo deficiente, pero percibo el olor a basura podrida, me hiere las fosas nasales. Apresuro mis pasos y paso frente a una iglesia, donde un sacerdote de mediana edad con cara de perro hace contacto visual conmigo, mientras ejerce su función como empleado de una gran multinacional, frente a decenas de fieles que buscan librarse del infierno, malditos, hipócritas, infelices.

 

Camino con lentitud, con algo de torpeza, entro en un café, el mismo al que voy cada mañana, soy un hombre de hábitos, se me hace imposible dejar de repetir conductas o situaciones, soy bastante recurrente, me siento en la misma mesa y sólo hago una seña, ya saben que tomaré un café americano, el empleado me saluda y balbucea algo, no escucho lo que dice, pero no me interesa, sólo puedo sonreír y asentir con la cabeza, mientras lo espero saco un libro de mi bolso y finjo que leo, para no tener que socializar con nadie, no lo encuentro necesario.

 

Pero la sangre se me ha helado de pronto, porque al abrir el libro encontré la fotografía. De nuevo no sé lo que siento, sólo una ligera sensación de extrañeza y frío. ¿La amaba? No sé si tengo capacidad para amar a alguien. ¿La extrañaba? Sin duda nunca he extrañado a nadie. Nunca siento nada por nadie.

 

Mis respuestas emocionales son frecuentemente frías, lentas, poco convincentes, incluso para conmigo, suelo pasar de la ira a la euforia en un momento, no porque sea bipolar, sino porque mis emociones son superfluas. Nunca he sido capaz de crear un vínculo emocional con alguien, simplemente carezco de esa capacidad. Todo me resulta como yo: vacío.

 

Decepcioné a las personas que me amaron, hombres y mujeres, a quienes no fui capaz  de dar amor, a quienes engañe pidiendo redención, no he sido capaz de complacer sexualmente a alguien, ¿cómo podría, si ni siquiera siento mis propias eyaculaciones? me precio, sí, de tener un apetito sexual voraz en solitario, veo pornografía y me masturbo varias veces antes de dormir, pero cuando tengo un cuerpo demandando mi atención, no siento nada, ni deseo, ni placer, ni amor, a menudo tiendo a sentir desprecio por los cuerpos desnudos, me asquea el contacto directo con piel que no sea la mía.

 

Esta es una fotografía hermosa, la guardaré como recuerdo, no me entristece que ella no está en mi vida, pronto alguien me amará de nuevo, habrá rodeos, coqueteo, mentiras, sexo y decepción, terminará odiándome –me pregunto qué se sentirá odiar. Nunca, en ninguna circunstancia he sido capaz de amar u odiar-. Soy fácil de amar y de odiar, soy un encanto, un encanto superficial.

 

-Su café, señor Ruz, se enfría.

 

 

 

 

 

 

“CONSULTA”

 

Hace frío en la sala de espera. Los dedos de mis manos frías, húmedas y temblorosas, se tornan de color blanco, seguramente por la mala circulación que me produce el estrés y, por supuesto, esa maldita enfermedad de Raynaud cuyos síntomas empiezan a aparecer con mayor magnitud cada vez.

 

Todo está bien, estoy bien. Esto es un despropósito, debería irme. ¡Demonios! Es tarde, ahí viene la secretaria.

 

-Su turno, señor Aarón, pase por aquí.

 

Me dispongo a seguirla, fingiendo tranquilidad, aunque siento un deseo vehemente de arrancarme el cabello y llorar. Me duele la cabeza, avanzo con dificultad, estoy mareado. No recuerdo el nombre del doctor que me recibe descansado y entusiasmado, ofreciéndome una taza de té “manzanilla con limón” que acepté a regañadientes. Él no es como los demás psiquiatras que he visto, es mucho más costoso.

 

-Así que usted…

 

-Yo no estoy loco, doctor –interrumpo antes de ser etiquetado y encasillado como un demente.

 

-Está sensible…

 

         Sensible, así minimiza mis sentimientos el muy maldito. No estoy sensible, o tal vez sí, pero, ¿quién no lo estaría en mi caso? No logro conciliar el sueño.

 

-Hábleme un poco de usted.

 

No quiero hablarle de mí, no confío en los psiquiatras, son arrogantes, confiados, apabullantes, y siempre me hacen sentir que estoy loco, yo no estoy loco.

 

-Soy un poco tímido, doctor.

 

-Ya que ha comprado mi tiempo, intente dialogar conmigo sobre el tema que usted guste.

 

Me engaña, intentando que confíe en él, me mira fijamente con sus grandes ojos color miel, presionándome.

 

-Tengo  dificultades para conciliar el sueño.

 

-¿Desde cuándo?

 

-Hace algunas semanas.

 

-¿Pasó algo fuera de lo común en su cotidianidad hace algunas semanas?

 

-Los perros ladran a la medianoche.

 

-¿Qué siente con respecto a eso?

 

         No quiero hablar de lo que siento cuando los perros ladran. Y no sé cómo hacerlo, por supuesto que no, si me resultara tan simple hablar, no estaría aquí, hablaría con mis escasos pero brillantes amigos, o con mi padre, el filósofo. Pero no logro explicarme, hay un abismo de incertidumbre entre lo que siento y lo que traduzco a palabra.

 

-Me da miedo cuando ladran los perros a la medianoche.

 

-¿Sólo cuando ladran a esa hora?

 

-Sí.

 

-¿Por qué?... se ve pálido y sudoroso, ¿se siente usted bien?

 

-Me siento bien, doctor, un poco nervioso, tal vez.

 

   Miento, tengo un acúfeno, un zumbido en mis oídos que siempre aparece anunciando la llegada de los demonios, con sus risas, sus tormentosas risas.

 

-Los perros ladran, porque también sienten la llegada de los demonios.

 

-¿Cuáles demonios?

 

¡Desgraciado! Me ha hecho caer en su trampa, y lo celebra acomodándose en su sillón, mirándome fijamente, esperando que le dé la razón, que mis argumentos le confirmen que estoy loco.

 

-Los demonios que vienen por mí.

 

-¿Ha visto a los demonios?

 

-Los escucho, siento su presencia, y los perros lo confirman, ladrando al unísono.

 

-¿Qué es lo que le dicen los demonios, señor Aarón?

 

-Hablan a mi oído, con una voz grave, y no entiendo lo que dicen, creo que hablan en otro idioma.

 

-Entonces sus demonios no hablan su lengua, interesante.

 

   Se burla de mí. Se me nubla la vista y tengo mucho miedo, porque están aquí. Escucho la sangre viajar por mi torrente sanguíneo a 2km/h.

 

-No me hablan para que les entienda, hablan para atormentarme.

 

-Señor Aarón –me habla quitándose sus grasosas gafas- como médico psiquiatra, le aseguro que no existen los demonios. Usted no está razonando, su idea de relacionar a los perros con los demonios me parece ilógica…

 

¡Delirante! Sí, ya había oído eso antes. Él tampoco me cree, tampoco me comprende, sólo me juzga, me clasifica, etiqueta y encasilla.

 

-¿Usted no me cree?

 

-¡Por supuesto que le creo!

 

         Una sonrisa fingida, indulgente y sarcástica se dibuja en sus labios. Inclino mi cabeza y veo detrás de él, en el escritorio, un par de vasos y una jarra de vidrio con agua, sobre un tapete tejido. Me pongo de pie y camino hacia el escritorio. Sirvo un vaso con agua, lo bebo y mis temblorosas manos derraman la mitad del contenido sobre mi camisa azul, ya no queda agua en la jarra de vidrio. Me doy vuelta, y ahí está él, de espaldas a mí, viendo la hora en su reloj. Estoy seguro de que está esperando terminar la sesión para deshacerse de mí.

 

De pronto, mi oído izquierdo se descongestiona, se aclara… el acúfeno desapareció, escucho con nitidez a los demonios, entiendo lo que quieren. Pero yo no quiero hacerlo… si lo hago tal vez me dejen en paz, tal vez se callen de una vez por todas.

 

         Hay sangre en mi camisa azul, hay sangre en la alfombra persa. El doctor yace adormecido en un charco de sangre. La jarra de vidrio está rota a su lado, tan rota como la cabeza del doctor. La sangre brilla en los trozos de vidrio. Me gustan las cosas brillantes,

 

         Los demonios se han callado, respiro aliviado. Tengo hambre. Hay un restaurante de comida taiwanesa cerca de aquí, caminemos, vamos a comer.

 

 

 

 

 

 

“LE SORCIER”, (EL BRUJO)

 

   Dicen los ocultistas que, químicamente, los humanos solo podemos sentir dos emociones: amor o miedo. Siendo todas las demás respuestas emocionales derivadas de estas dos. No obstante, reconozco que concuerdo plenamente con la frase de Howard “La emoción más antigua de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”; para mi desgracia, descubrí que desconocía infinidad de cosas, el margen de mis miedos se hizo cada vez más amplio y oscuro.

 

         Como una pequeña oruga vive en la hoja de un árbol, y cree que esa hoja es todo cuanto existe, así mi vida transcurría inmersa en la más profunda ignorancia. De vez en cuando leía los libros de filosofía que acumulaban polvo en la biblioteca de la abuela, las primeras diez o veinte páginas eran suficientes para ahogar el tedio insoportable de mi existencia por unos meses. El nefasto día que recibí la noticia de su muerte, a causa de neumonía eosinofilica crónica, me ofrecí a limpiar la casa para llevar a cabo los ritos funerarios. Husmeando en el diván encontré una caja de madera pulida con un finísimo acabado, me apresuré a abrirla suponiendo que contenía joyas o cualquier cosa de valor, la decepción no se hizo esperar; tres libros con las páginas de tono amarillo, culpa de la lignina degradada, el olor del papel, la tinta y el pegamento en descomposición.

 

   Leyendo superficialmente, entendí que se trataba de la obra develada del alquimista alemán Krumm Heller, apodado por sus estudiantes Le Sorcier, El Brujo. Ocio e inquietud, dos de mis escasas virtudes confabularon para convencerme de estudiar los libros, los llevé a la soledad de casa y empecé la investigación.

 

   Escrito con letras negras en la primera página lo que debí tomar como advertencia ¡”Atrás, profanos y profanadores, recordad que nada en el mundo escapa a la ley”! Pasando por alto esta escalofriante frase, continué la lectura con pasión por la magia, el arte de influir en la naturaleza interna es una cualidad que el hombre moderno ha perdido y ni siquiera sospecha que puede recuperar. En lo que respecta al contenido de la trilogía, poco o nada puedo revelar, no me está permitido, pues es un conocimiento arcaico que no me pertenece, el miedo, la prepotencia y la estupidez me hicieron fracasar en el intento de ejercer dominio absoluto sobre el arte de la magia.

* ¡Oh, Isis!, Madre del cosmos, protégenos de todo mal.

 

 

* ¡Oh, Nuith!, El alma de lo que fue y de lo que será, asísteme al desencarnar.

 

 

 

    Mientras escribo esto, soporto dolor, soledad y horrores indescriptibles, la lenta agonía llegará pronto a su fin, para alivio del alma desgraciada que habita en un cuerpo deteriorado, envase hueco que cualquier cosa puede ocupar. En efecto, estudié la trilogía de Le Sorcier, entusiasta trabajé intensamente en el desarrollo de las facultades internas, prácticas diarias, ejercicios, meditación, ayunos…; hice todo lo que debía hacer, los resultados se hicieron esperar, pasaron días, meses y entonces los sentidos se empezaron a agudizar gradualmente.

 

   La noche se volvió misteriosa y divina, trabajé intensamente en avivar el fuego sagrado, durmiendo poco, alimentándome apenas con lo necesario para mantener los órganos en funcionamiento. Escuchaba cada vez con mayor nitidez, escuchaba las dimensiones superiores, pero también las inferiores, aprendí a ver con los ojos cerrados, con la intuición, con el tercer ojo veía la esencia de las cosas. Estaba despertando la conciencia gradualmente, materializaba mi energía creadora.

 

   Llamé por sus nombres a los Dioses penates, regentes de los cinco elementos, tierra, aire, agua, fuego y éter, les invoqué y conjuré para mi protección. Recibí la asistencia y el favor de Varuna, genio del agua, Gob, genio de la tierra, Parvati, genio del aire, Agni, genio del fuego, con el apoyo de los dioses menores pude ordenar a los elementos, lo cual me permitió desarrollar poderes ocultos en los órganos vitales, e influir conscientemente en la naturaleza.

 

   También con la ayuda de los dioses menores, aprendí a dejar el cuerpo físico a voluntad y moverme con el tercer cuerpo, el cuerpo astral. Los ojos del cuerpo astral ven maravillas que el cuerpo físico no captaría jamás, no me tomaré la molestia de intentar describirlo, no tendría éxito, ¿cómo explicar los colores a un ciego?, más allá del cuerpo físico está el cuerpo mental, el cuerpo astral, y más allá está la persona, para llegar a la persona hay que desgarrar, con la espada flameante de la voluntad consciente, velo tras velo. Me moví al fin, fuera del cuerpo físico, libre de las leyes a las que está sometido el mundo de los mortales, las dimensiones mayores son regidas por menor número de leyes, empero las regiones inferiores son regidas por mayor número de leyes.

 

   Los ángeles de la muerte, tienen su morada en esta dimensión, regidos por el andrógino divino, el mundo astral, el mundo de los sueños, es el mundo de los vivos y los muertos, Howard decía: “Cuando los sabios interpretan los sueños, los dioses se ríen”; ¡cuánta razón en la breve frase del genio, pues nada más alejado de la comprensión humana que el inefable mundo de los sueños!

 

   Así una noche, fuera del cautiverio que es el cuerpo físico, bajo el nocturno y profundo cielo del desierto, invoqué el alma de Le Sorcier, tres veces lo conjuré. Ascendió de las regiones inferiores, vino a mí con una oscuridad angustiosa, transmitiéndome una sensación de horror, opresión y desesperación. El Brujo, el poderoso alquimista que una vez fue capaz de convertir el plomo en oro, penosamente metamorfoseado en demonio del reino mineral, demonios en plural, ya no era un individuo, sino un cúmulo de demonios personificados en terribles egos, que se dirigieron a mí con profundo desprecio: “Miserable máquina humana, ignorante humanoide, hijo degenerado de Adán, recuerda que solo existe una ley, puedes hacer lo que quieras, pero de todo cuanto hagas deberás rendir cuentas”. Abriendo sus tenebrosas fauces expulsó una energía terriblemente estremecedora sobre mi espectro. No lo pude soportar, grité de miedo tan fuerte como pude, volviendo al cuerpo físico que se arrastraba lejos de la cama, vomitando sangre oscura y brillante.

 

         En los siguientes días me esforcé por olvidar lo sucedido, pero la desgracia me había alcanzado. El desenlace fue gradual, fiebre, vómito con sangre, diarrea, hemorragia nasal, las muelas podridas se caían al menor contacto, el cabello se caía en mechones… cuando por fin me hice estudios médicos, me informaron que tenía dos grays de radiactividad en el cuerpo, con la comprensión intuitiva entendí que aumentaba un gray cada vez que dormía.

 

   Ahora, cuando escribo esto, calculo tener seis grays de radiactividad, con los ojos inyectados de sangre y el lado izquierdo del cuerpo inservible, soporto un dolor indescriptible dentro de la cavidad torácica. Comprendo que de todo lo que hice debo rendir cuentas, la naturaleza cobra muy caro a quien rompe sus leyes, rompí las cuarenta y ocho leyes de esta dimensión, ahora debo desencarnar y descender a las regiones minerales regidas por noventa y seis leyes. He dicho antes que mis virtudes son escasas, pues la prudencia no es una de ellas.

   * ¡Oh, Nuith! -, escrito está que “para aquel que regresa de las cámaras más profundas de la noche, no vuelve a haber paz”

 

 

Keidin González Flores (Keidin Yeneska), 1999, (Trujillo - Venezuela). Estudió en la Universidad Politécnica de Trujillo, “Mario Briceño Iragorry” en la Facultad de Ingeniería Industrial. Participó en la “6° Bienal Ramón Palomares” en el Taller de Promoción de Lectura, 2014. Concursó en el “Festival del Libro y del Idioma” obteniendo una Mención Honorífica por el cuento “Anhedonia”, 2015. Trabajó en la organización del “Festival de Literatura venezolana” de la Fundación Los Monseñores en donde los autores venezolanos presentaron sus obras literarias, 2018. Colaboró en la “Fundación Librerías del Sur” organizando talleres de pintura y de ajedrez, 2018. Actualmente reside en la ciudad de Montevideo donde está realizando  cursos de Portugués y de Gramática del Español.

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Paginação:

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