ANO 6 Edição 85 - Outubro 2019 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


La vida suele ser como las vías del tren    

 

tuvieron que pasar un par de horas para que yo notara a aquel viejo; aquel viejo de cabello abundante con un corte hecho a las volandas, barba semi-crecida y canosa que realza sus facciones; ojos grandes, ceja poblada, nariz aguileña y labios gruesos y sensuales; cabeza cuadrada, de tez morena clara.

 

Un hombre raro en aquella estación de trenes, un anciano que se pasea entre la gente con su caja de golosinas; me atrajo la atención su conducta anhelante, el brillo de sus ojos, la desesperación del giro de su cabeza queriendo abarcar todo el ámbito de la escena, apurado por mirar todos los rostros femeninos que bajan de los vagones de pasajeros; mujeres que parecen repetirse, todas con el mismo rostro sombrío. Lo noté poco a poco a este viejo a medida que mi enorme desazón me abandonaba.

 

Hacía más de dos horas que yo había dicho adiós a un tren que viaja con rumbo al sur y lleva en sus asientos de segunda a la mujer que más amo en el mundo; noté a este viejo entre el ardor de mis pupilas, yo observaba como su rostro se ensombrecía al momento en el que el tren empezaba a rodar hacia el norte, vi como sus ojos se llenaron de lágrimas, alcancé a ver que suspiraba hondamente y sentí que mi propio dolor se repetía en su imagen y otra vez en mí. Las lágrimas remojaban la sal que había dejado mi llanto horas antes a la tristeza de él, mis lágrimas que apenas habían sido secadas por el helado viento de la noche. Y una anciana se acercó a mí despacio como para justificar la escena. Una voz dulce y de tonada cadenciosa, como de abuela que comienza a contar un cuento me dijo:
-es uno de tantos vendedores ambulantes, pero no es tan típico como los que aquí abundaron  -me dijo la anciana maciza y de belleza perturbadora que contrastaba con su mirada melancólica de gente mira-lluvia.

 

-¿por qué llora así? –pregunté sin convicción y ninguna gana de prolongar mucho ese diálogo que apenas iniciaba.

 

-llora por una mujer, lleva treinta años repitiendo la misma escena todos los días a la misma hora. Una mujer de esas que no se aman tan seguido, de esas que dejan llorando cuando se van. Como puede ver jovencito, él le ama mucho y ella se fue llevándose la vida que tenía revuelta con sus ínfulas de inmerecida… hace frío joven y usted se ve sin ánimo, deje traerle un jarro de café, quédese otro rato, le hará bien además de que no hay mucho a donde ir en este pueblo, le traeré unos tamalitos de cenar y le contaré sobre el anciano para despejarle esa nube que trae en la cara,  acomódese aquí en esta banquita y enseguida vuelvo con su cena; le hace falta comer y oír voces para que agarre color, la noche enfría y no es bueno quedarse solo con el corazón en un lugar como este.

 

Me acomodé en la pequeña banca de hierro forjado y recorrí con mi mirada metro a metro el largo pasillo adoquinado de aquel andén vaporoso en medio de la noche, me detuve en el anciano: debió ser bello en su juventud hace treinta años pues aún conserva algo de prestancia varonil y un andar digno, coqueto. Su rostro es una dura costra melancólica que denota estar hecha de aguantar durante años y años una enorme tristeza; lo observé a placer, vi sus ojos hundidos en el pesado vacío que había dejado el tren nocturno y triste, taciturno y fijos sus ojos sobre ese espacio deprimente iluminado por la luz azulada de la luna; vi que poco a poco su semblante se avivaba y volteó hacia mí, me observó un rato hasta que me envió una sonrisa distante y un saludo de tipo militar, un saludo de hombruna camaradería, unas formas en busca de compañía; le devolví la sonrisa y le hice una seña afirmativa con la cabeza… en esos momentos llegaba de nuevo la anciana.

 

-pues mire jovencito  -me dijo mientras miraba al viejo- de él apenas conozco de treinta años atrás a la fecha, y aunque parezca lo contrario es muy poco tiempo para entender cabalmente a una persona y más si esta persona resulta ser un varón, y más aún si ese varón tiene el corazón roto, pero a poco le diré: él es el tipo más tierno que yo he tenido enfrente, siempre dispuesto a la charla y al consejo, al abrazo y al recoger de la lágrima en la mejilla con su mano callosa, es además un gran compañero nocturno  -agregó la vieja con una sonrisa pícara.

 

Este viejo hermoso se hace llamar Teodomar, yo solo le llamo Teo …como le mencioné hace un rato, él llegó aquí hace treinta años con el corazón en la mano, llegó corriendo el pobre, apareció como un fantasma y se fue tras el tren como alma que lleva el diablo, corrió sobre las vías hasta quien sabe cuánta distancia, la vista no me alcanzó para ver hasta donde se le acababan los alientos; regresó al cabo de poco más de una hora arrastrando los pies y llorando como un niño por una mujer que jamás alguien vio. Él llama a esa querida mujer con el nombre de Amalia Luna.

 

Amalia luna, según él dice, es la mujer más bella del planeta: dice de sus ojos que estos resplandecen como el sol cuando en él se posan, que su mirar se torna melancólico cuando está al descuido o ausente, que la forma de su sonrisa es como la luna menguante esplendorosa y blanquísima; su cuerpo de piel morena acanelada, andar sigiloso y corvo de gata, figura espigada, cabello negro y rebelde, el marco de su rostro es ovalado y dentro de este fulguran esos ojos, se dilatan la aletas de esa nariz curva, florecen esos labios gruesos y colorados los cuales portan besos de ánimo caliente. Me los puedo imaginar de la mano en aquellos lejanos días, una pareja hermosa debieron ser. Teo nunca ha mencionado el porqué del abandono de ella contra su corazón, pero demuestra el dolor de su pérdida sin vergüenza alguna y le ha llorado a los malditos trenes durante años y años de dura estancia en esta estación, llora con su triste estoicismo de hombre para siempre enamorado.

 

Cada que el tren parte de aquí, ya sean las siete de la mañana o de la noche, el deja escapar su dolor rancio, viejo, deja que fluya por sus ojos hasta vaciarse, para que, al correr de las horas su alma se vuelva a llenar con esos recuerdos húmedos y frescos, hermosos y vivos. Este es mi Teo, el hombre que solo tiene sonrisas para mí y para todos, es el hombre que jamás me ha mirado a los ojos ni en las noches de más cercanía, el hombre que jamás me ha llorado. Este es el viejo Teo, vendedor de golosinas, cigarrillos y pastillas para dormir, es el pobre diablo que se sube a la locomotora para entregar al maquinista palabras desesperadas a su “muy querida Amalia Luna”, palabras dispersas sobre pedazos de papel de empaque, bien húmedo de lágrimas revueltas con tinta negra.

 

La vieja guardó silencio un buen rato mientras miraba a su vez el mismo espacio vacío que miraba el viejo Teo, el espacio que había dejado el tren nocturno. Le di el último trago a mi café mientras disfrutaba las expresiones de aquella mujer hermosa, de carnes aun sublimes;  sus ojos se perdían en una ensoñación de otro mundo, de otra época; el rostro le resplandecía en una enésima vez, restablecido en juventud por el lustre de sus recuerdos; sonreía de forma sobrecogedora, con un gesto tan sensual el cual provocaba en mí el deseo de darle en los labios jugosos un beso de chupetes, esos labios gruesos y brillantes, esos labios decían: “bésame” y los ojos miraban entonces un espacio en su mente, miraban el vacío de mi visión, miraban la concreción de sus recuerdos.

 

 

 

 

 

 

II

 

-sucede que cuando uno es joven –me decía el viejo Teo un par de horas después- siempre llega tarde para retener a quien debe ser la mujer de nuestra vida, pero cuando se es viejo uno nunca llega a los encuentros, ni siquiera con la vida misma.

 

El viejo Teodomar y yo nos habíamos presentado luego de que la anciana dulce, a quien el viejo llama Yaya, se había retirado a recordar con llanto a un hombre anónimo y bien amado. Este fue una parte de su discurso que me enganchó, el cual me pareció lleno de poesía, lleno de nostalgia por el tiempo que corría. El viejo se dirigía a mí con ánimo febril, acomodado sobre la banca de hierro forjado, con las piernas acuclilladas que sostenían su mentón afilado, sus manos colgando y haciendo aspavientos e intercambiando a intervalos el delicioso cigarrillo que nunca acababa de extinguirse con su fuego. Parecía más bien un perro fino petrificado, una bella gárgola, que un hombre contando su vida infortunada a causa de los típicos amores lejanos.

 

-¿Qué te contó la vieja tamalera jovencito? –dijo al cabo de reflexionar un poco- ¿te dijo mi nombre? Si te ha hablado de mi con las letras de este nombre que porto desde antes de nacer debió contarte cosas bellas. En mi juicio sobre las mujeres yo entiendo sus cosas de los hombres de esta forma: ellas jamás mencionan por su nombre a aquellos quienes les han pateado el corazón, ellas jamás cantarían un corrido de amor malvado invocando el nombre del castigador.

 

-nada malo me dijo Teodomar…

 

-¡vaya! lo sé, y ninguno de los que estamos aquí ahora somos gente mala –me interrumpió- ni la vieja, ni el bultito aquel que se ve al final del andén, ni tu ni yo; ella es una buena mujer como pocas de las cuales aún quedan.

 

Escuchaba al viejo a la vez que de una lejanía de resonancias extrañas me llegaba una música y un canto sentimental de ecos femeninos; dirigí mis vistas al fondo del pasillo adoquinado y vi aquel “bultito” bajo unas cobijas, vi que de entre ellas se escapaba una manita pálida para mover el dial de un pequeño radio el cual emitía una canción en medio de un leve siseo; y la voz salía de aquel bulto sin rostro, una voz suave y bella. Teodomar me preguntó mi nombre nomás por la formalidad y la importancia que le daba. Cedí al fin a aquella locura y me empecé a relajar.

 

-ahh esa vieja bruja, esa Yaya –dijo al fin Teodomar- pues sabrás jovenazo, Yaya ya estaba aquí cuando llegué hace poco más de treinta años; escucha, dicen de ella que espera a un hombre que viene de muy lejos, un hombre bello y rico que dejó atrás hectáreas de tierra y kilómetros de caminos; espera a un hombre que renunció a grandes riquezas, que dejó a un lado a unos padres millonarios y opresivos para recoger a la flor más bella del norte; según supe Yaya se llama en realidad Daria Magnolia pero a ella le gusta ese sobrenombre que los maloras guardagujas y garroteros le bautizaron producto de sus “ya, ya llega, ya” que no dejaba de pronunciar como un mantra invocador cada vez que llegaba el tren en aquellos sus primeros días junto a las vías; todos los días, desde que puso sus primeros pasos sobre el suelo de esta estación, ella se levantaba de estas viejas bancas en un salto nomás escuchaba el silbar alegre y el respirar asmático de la vieja locomotora murmurando sus “ya ya, ya llega”; y esa fue su única cantaleta durante días, durante meses, y al paso de los años su alma se vino aclarando para que esa perorata se transformara en la plática alucinante de hoy, el hablar apasionado de una espera resignada; Yaya es tan bella y tan cálida, ay de aquel rico que se la ha estado perdiendo, es una vieja brasa que no se apaga esa vieja Yaya, un rescoldo del pasado el cual nomás que le suspires en el rincón más luminosos de su corazón te regala todo ese ardor femenino, todo ese calor de lo que es capaz; yo disfruto mucho del perfume que a diario efluvia para el rico aquel que un día vendrá; una mujer deliciosa esta Yaya, su boca sabe a canela y hierbabuena recién mascada, su cuerpo es aun macizo, su carne no deja de tenerle piedad a los hombres, esta Yaya me hace apacible la espera.

 

No le creía en absoluto todas sus palabras, su cháchara de carbonero. Sus mentiras sobre el sexo y el sobrenombre de esa Yaya.

 

Pero aun así me sentía en otro mundo, como en un lugar recién hecho; me sobrecogió la inocencia con la cual sus esperanzas se sostenían en una ilusión tan estúpida, me sentí a gusto al fin de cuentas, en un mundo de locos igual que yo y así que decidí quedarme con una recóndita y extraña esperanza en mi pecho.

 

-¿cómo fue que se encontraron aquí Teodomar, cómo fue  que se enamoraron?

 

-solo nos encontramos muchacho, no estamos enamorados uno del otro; estamos unidos por algo más allá que los fundamentos más superficiales del amor; a ella y a mí nos une la mutua comprensión de nuestro padecer, eso es lo que nos tiene aquí joven Romualdo ¿sabes? Jamás dejaremos de esperar a que regrese el amor de nuestras vidas; este es, nada más y nada menos, el motivo por lo cual Yaya y yo bebemos juntos el agua de nuestra soledad, esa agua agria…y en la juntura de nuestras carnes la transformamos en una sola, una sola cosa sola mejor y más soportable.

 

El viejo se hundió en esos típicos silencios de los viejos abandonados, perdiéndose de nuevo en sus pensares, lo vi sonreír con esa misma sonrisa agria de Yaya y sus ojos brillan igual, de esa forma conmovedora. Nos envuelve un aire frío que invitaba a recogerse; ese aire nos trae el canto claro de una vocecita femenina, la música es un siseo, la canción habla de una espera, de caricias y besos. Y entonces Teodomar amplía su sonrisa al tiempo que mira algo a mis espaldas para luego dirigir su rostro al bultito que se mueve al fondo del andén, me guiña uno de sus ojos oscuros y chasqueando la lengua como un viejo gigoló me dice:
-hace frío muchacho, iré un rato a dormir a donde Yaya, deberías ir con la florista para que te dé una cobija bajo mi encargo, ella es muy buena muchachita, muy jovencita aun, le apodamos aquí la Nena pero llámale Victoria, no vaya siendo que se te ofenda y te niegue el calor de una cobija –me guiñó de nuevo su ojo de forma pícara mientras me daba unos golpecitos en el hombro- tiene apenas unos meses aquí y parece que le gusta mucho revolcarse de insomnio sobre lo caliente de su petate.

 

El viejo se alejó riendo bajito. Volteé y vi a la mentada nena que se ponía de pie, un pequeño desastre vestido con un pantalón piyama estampado con unas horribles florecitas color naranja y sobre sus hombros caídos carga un suéter de tejido de color café también muy desgastado y feo como el de las abuelitas cálidas y cariñosas. La nena es una muchachita muy baja de estatura, muy delgada y de tez exageradamente pálida, cabello muy negro y crecido hasta la cintura, una cintura muy estrecha, aires de diva de los años treinta, unos ojos enormes y negros de mirar bravo, labios delgados y de curva muy sensual, un andar ligero y silencioso de una cadencia que emociona, parecía más bien una pequeña gata confiada de su espacio, una pequeña gata entecada más que una mujercita. Cuando ya estaba a un palmo de ella me miró de arriba abajo con desdén y dijo al cabo dándome la espalda.

 

-¿y tú qué? ¿Vienes a llorar como el viejo Teodomar le llora sus penas añejas a la vieja Yaya?

 

-no –le contesté molesto por su altanería fuera de lugar- vengo por una cobija, a que me la prestes… a mí solo me dejó el tren –agregué.

 

Entonces su mirar se volvió tierno y su tonada cambió:
-ya lo sé, a mí también me pasó lo mismo y es hora que mi tren no regresa.

 

Me aventó una cobija y un viejo almohadón de forma juguetona y sonriente, sacudió sus pies diminutos de mapache sobre el tendido, se sacó la pantaleta de las nalgas, se recostó y me pidió con voz dulce:
-ve con Yaya y róbale café, róbale unas galletas y mermelada, ella ha de estar muy ocupada ahora y ni en cuenta te tomará, apúrate y charlamos; mañana llega el tren a las siete y no quiero desvelarme mucho en tu compañía.

 

¿Que qué? Pensé yo. Siento con una dulce incomodidad; ese trato de viejo conocido, como si todo ese mundo me hubiera estado esperando desde hace años; me hacía sentir como en un sueño maníaco, pero aun así me dejo llevar.

 

Regresé con sus encargos y entonces me doy de caras en su rostro conmovedor, hermoso, sus ojos se mostraban de forma tierna y anhelante, de esa forma que a cualquier hombre le provoca miedo. Y entonces, esa pequeña locura hecha mujer me increpó:
-si te quedas esta noche, sabes que jamás te irás, sabes que entre más horas te quedes más grande se hará el vacío que tienes en el corazón; sabes que si te metes bajo mi cobijo te quedarás, te quedarás a mi lado porque tu vacío es frío y mi compañía es también vacía pero caliente y más palpable que la de aquella que tienes en el alma, aquella que te dejó aquí llorando.

 

Y entonces levantó la cobija y mostró la desnudes absoluta; sus pequeños senos vibraban, su piel pálida brillaba en un sudor aceitoso, el vientre plano palpitaba; tomó mi mano y me jaló hacia su alcoba de la miseria y el abandono; con sus caricias temblorosas y heladas me habló muy cerca del rostro –curémonos esta noche. Y  me hundí en ese pequeño fin del  mundo; solo recuerdo los ecos de su voz de niña mimada que decía: “sabía que jamás te irías, sabía que un día llegarías, supe que eras tú cuando te vi correr tras el tren, y cuando te vi regresar llorando y arrastrando tus pasos supe que aquí me moriría”. Esa boca dueña de esa voz acezante, susurrante, ya no me dio respiro ni me permitió pensar en huir de sus ansias, su muerte y la mía.

 

Desperté al sonar del canto de un pájaro de todos los amaneceres, me aclaró los sentidos un llanto lejano; me paré apenas todo tembloroso, todo pegajoso, bañado en mis lágrimas y mis sudores, olía lágrimas, sudores ajenos y perfumados; me encontré bajo la luz escasa de un alba lluvioso y me di cuenta que la pequeña mujercita aquella que me dejó con esa desgana, con esa resaca y la dulce sensación de su aroma recóndito ya no estaba junto a mí; miré a lo largo del andén lóbrego y triste, el rumor de la llovizna daba un toque espectral a ese llanto profundo y continuo; caminé por el solitario pasillo y llegué al rincón en donde Yaya servía su café; la vi postrada y bañada en lágrimas, vi a Victoria con su piyama horrible y su suéter de anciana, la pequeña me miró con sus ojos enormes y empañados un largo rato mientras Yaya miraba el espacio inmortal y vacío sobre las vías.

 

-Teodomar se ha ido…murió hace un par de horas, murió mientras Yaya le hacía las carnes, bajo esta Yaya, esta vieja perra.

 

-mi viejo Teo murió solo –murmuró Yaya- murió más solo que nunca, murió sin amor mi Teodomar. Y su Amalia nunca llegó …estuvo tan entusiasmado mi viejito y es que hoy se cumplieron treinta años que ella se le fue, hoy a las siete de la tarde este viejo le tenía una pachanga con flores y música ...mataré a esa Amalia Luna si llegara …lloro porque murió sin volver a los brazos de su amada, porque se fue solo como los perros siendo que fue el mejor hombre del mundo, le lloro porque jamás pude amarlo ni acompañarlo sinceramente en sus días, lloro porque me iré del mundo de la misma forma en la que se ha ido él, sin ver bajar del tren a mi hombre y mi ramo de flores y aquella cajita que esconde con sorpresa mi bella sortija de compromiso; lloro porque han pasado los años y es tarde para cambiarlo todo, la muerte de mi Teodomar me ha traído la verdad: las cosas más sublimes jamás suceden dos veces y cuando se van lo hacen para nunca volver, y uno muere en esa espera inútil. Moriré aquí muchachos y ustedes también, tan hermosos, ¡tan jóvenes y tiernos!

 

Yaya se derrumbó en su llanto y su desahogo  convulso: “ay de mí y de estos trenes que se quedaron sin las esperanzas de mi Teodomar” murmuró al fin con su tonada de abuela tierna, tristísima.

 

Al viejo se lo llevaron en el vagón de carga a las siete de la mañana. Yaya acompañó el lento andar del tren hasta donde terminaba la estación; la tierra ya vibraba bajo el azote del cielo que se derrumbaba en una lluvia de espantos, Susana temblaba acurrucada en mis brazos y suspiraba de vez en cuando acariciando mi rostro con una manía nerviosa; y ambos vimos como la vieja decía adiós con su mano de acariciar, vimos como dijo adiós con sus labios de besar y vimos cómo se despedía con sus ojos de mirar los trenes que jamás le devolvieron nada y vimos por último como dijo adiós con esa brasa que guardaba en su alma, ese rescoldo tenue el cual se enciende con el simple soplido pasional de una voz suplicante de sus carnes y provoca que su ánimo femenino se inflame entregándonos todo su ardor.

 

“adiós Teodomar” murmuró por último La Nena y hundió su rostro en mi regazo humedeciéndolo con sus lágrimas.

 

 

 

 

 

 

III

 

-los recuerdos no se hacen viejos –dijo la Nena horas más tarde- y yo aún tengo oportunidad de volver a ver a mi amado.

 

-pues yo saldré a buscar lo que aquella me arrebató –le repliqué- me iré de aquí a buscarla, no me quedaré aquí a esperar la muerte como el estúpido de Teodomar

 

-yo esperaré un poco más, el rostro de aquel aún no ha cambiado. Yaya y Teodomar se hicieron viejos aquí, pero el rostro de sus recuerdos jamás envejeció; sus amados no cruzan arrugas en el pellejo de sus caras, sus cabellos son abundantes y oscuros, seguro aun ha de estar ardiendo la brasa del amor debajo de su cuero. Quizás Amalia Luna y ese hombre bello y rico si regresaron; y quizás caminaron otra vez con sus pasos sobre este andén hace ya muchos años, pero ni Yaya ni Teodomar los vieron; o es que quizás anduvieron por aquí hace poco con sus andares viejos y sus rostros hechos un cuero colgado y ni la vieja  Yaya ni Teo pudieron reconocerles pues sus amados son los de sus recuerdos y no los de la crueldad del paso del tiempo. Quizás así fue, regresaron viejos y sin que alguien los amara de verdad y sin poder reconocer  tampoco a aquellos que abandonaron aquí hace muchos años pues los olvidaron, con sus cuerpos y sus rostros, en el tremedal de su búsqueda maniaca, esa búsqueda quimérica del amor en lugares remotos, esos amores ideales que jamás pudieron encontrar…pobres ellos también.

 

-Nunca regresaron nena, la gente que se baja y camina en este andén no espera que alguien le reciba pues es que vienen huyendo de algo, y aquellos que se largan a bordo de estos trenes igual huyen de ese algo; la gente es así Nena, aquellos nunca podrán comprender nuestro amor, aquellos solo son capaces de dar su amor pero no han aprendido a recibirlo y así somos nosotros también. Yo no espero que mi amada vuelva algún día y no moriré en una espera así de estéril, moriré en la búsqueda de ella que es palpable y recién ida, más palpable por buscable y así aun puedo darle alcance.

 

Esta fue la última vez que hablé con esa muchacha paliducha y flaca, salí de la estación sin despedirme y caminé sin rumbo por aquel pueblo desolado a causa de la lluvia que no paraba; no se veía vida ni alegría afuera, solo se divisaban las gallinas tristes de humedad bajo los árboles, se escuchaba el abrumador canto de las cigarras anunciando la llegada de la noche, se vislumbraba el lento volar de las luciérnagas en los rincones más oscuros de las casuchas agobiadas por el peso de tantos años de abandono, de tantos años sin compañía; solo los relámpagos echaban un poco de la luz de dios sobre tanta desolación; la nostalgia por la gente y la calidez luminosa de sus miradas me hizo voltear hacia la estación y entonces noté que llegaba el tren ahogado por el estrépito del viento y el agua; vi que Victoria se levantaba enseguida con una animación febril y caricaturesca para ofrecer sus flores a los hombres, y vi también a la vieja Yaya tras los mismos hombres jóvenes que la Nena acosaba con su vendimia y su dale de preguntas sobre un hombre, un joven alto y moreno; y vi que esos hombres ignoraron su presencia igual que desdeñaban la luz acogedora de la estación, el olor a café, el aroma a flores y mujeres abandonadas; y todos esos hombres sombríos se perdieron por las calles del pueblo solitario, y se esfumaron para siempre de este mundo.

 

Vi a las mujeres, esas mujeres que huían del amor de otras tierras tomar camino rumbo al mar que está aquí cerca, y vi como la estación quedó sola y ese vacío que dejó el tren y sus pasajeros era más aplastante a la distancia; vi a la Nena y a Yaya, con sus rostros contra el suelo, ambas agonizando de tristeza, desaparecer envueltas por el vapor que dejó ese hermoso suceso tan cotidiano y pleno de vida, de llegadas y despedidas, tan pleno de esperanzas y realidades crudas; ya en camino a otras tierras vi desaparecer el viejo pueblo solitario entre los cerros y la niebla llegada de los mares, lo vi desvanecerse ante mi vista bajo el peso opresivo del cielo y sus castigos hechos lluvia.

 

 

 

 

 

 

IV

 

Pero la vida siguió en el giro sobre si misma de mis pasos, vueltas y vueltas en la misma marcha; la vida te arrastra; te pone en lugares lejanos, algunos reales y algunos imaginarios pero todos tienen la característica de ser un buen refugio para esas cosas que tienen que ver con las evasiones del alma y los pensares.

 

Yo estaba en un lugar en el cual los recuerdos se habían vuelto tan ligeros como la ceniza: A veces eran un polvillo gris apelmazado en un rincón y a veces ese polvo daba vueltas suavemente en los recodos de mi cabeza.

 

Y no, no pude derrotar jamás el recuerdo de aquella y sus sucesos en mi vida; jamás pude encontrarla en las mujeres de aquel mundo abandonado. Tengo una vida plena y divertida a la vista de muchos, alcohol y drogas y días raros, entre rostros desconocidos que lo único que tienen en común conmigo es la búsqueda de algo que poco tiene que ver con ellos; y esos días me pusieron en un popular puerto de la costa del pacífico con su hotel de cinco estrellas junto al mar, una playa vulgar y buena para los vicios; y ahí estaba una vez más entre esas personas aborrecibles, todos envueltos en una bruma y luces multicolor, mujeres borrachas e impregnadas de perfume artificial que dejaban en el cuerpo una sensación recóndita de náusea. Harto de todo esto salí huyendo al aire puro de la madrugada que apenas empezaba y le pedí a un taxista que por favor me alejara de ahí.

 

-existe un buen lugar –oí que me respondió antes de que hundiera mi cabeza en mi vida de pacotilla, buscando el sueño para que pasara el tiempo y borrara una vez y otra vez esa triste escena diaria de mi vida.

 

…y de repente me vi en un lugar hermoso, sentado en un portal larguísimo apenas iluminado por unas farolas, se podía sentir el aire fresco que venía del mar y de hecho podía escucharse bien puesta la atención el estruendo de las olas.

 

-muchos como usted le llaman aquí el paraíso –oí que me dijo un hombre muy joven quien me sirvió una cerveza en un enorme tarro- un buen lugar para refugiarse del mundo cruel con su gente, un lugar aquí para bien recordar.

 

Saboreé la cerveza mientras vi como ese joven cantinero ponía a sonar música en un radio desvencijado que emitía una transmisión radial que parecía venir de una estación tan antigua como el aparatillo chillón, me sentí de verdad consolado de toda mi pena en aquel lugar perdido, recorrí con la vista una vez más el portal y noté, con asombro y una emoción creciente llegada de un vericueto viejo de mi memoria, una banca de hierro forjado en uno de los extremos de aquel pintoresco bar; me levanté enseguida y fui casi corriendo al espacio que ocupaba la banca, vi que aquel rincón el cual estaba sepultado en mi memoria hoy es un baño limpio y luminoso; y lo que confirmó mi certeza fue un letrero en su entrada:
“si el tren se llevó a tu amor y nunca te lo ha regresado, aléjate de las vías y deja de verlas tanto pues no son tan buena idea y menos cuando de ellas, se sigue esperando tanto”

 

Daria Magnolia-Baño Mujeres

 

Solté una breve carcajada; me pareció una ironía que mis pasos que huían y debido a ello, mis súplicas que pidieron sacarme un momento de mi infierno personal me hubieran traído de nuevo a revivir esos sucesos del pasado; aun sin embargo me decidí a dar un paso dentro de aquel baño de mujeres oloroso a pastillas aromáticas y aceite de pino. Me siento de verdad dentro de otro mundo, un mundo abandonado, en mundo de brumas hechas de pasado; se percibe el peso sobrecogedor de tantas cosas aquí dejadas; el espejo del tocador por ejemplo, está rayoneado de consignas contra los hombres, está lleno de “tus y yos”, de nombres masculinos encerrados dentro de corazones, nombres de hombres y mujeres seguidos de mentadas de madre o “muéretes” o de “te amos”, de súplicas de regreso. El pasado en bruto, el pasado de otras personas.

 

Días idos, muertos, plasmados en un enredijo de letras superpuestas, una sopa alfabética multicolor pintada con lápices labiales de color rojo subido, rosita, negro, cafecito o verde limón; a un lado del lavamanos, encajada en un envase de cerveza, hay una rosa hecha de papel servilleta que testimonia una presencia recién salida de ahí, el tubo del agua está forrado de chicles multicolor y sabores sin nombre, pero en los pequeños cuartos de los escusados se percibe por encima de los olores a químicos un tufo perturbador a carne recién cortada. Se presiente también el peso de muchas tristezas reunidas, de muchas lágrimas vertidas; pero sobre todo eso, se puede palpar el peso de una ausencia recién hecha, el peso de esa ausencia recién hecha me llevó a otra menos inmediata y recordé a Yaya, su llanto, a la nena Victoria y su tristeza disimulada; recordé el abandono de una y la esperanza de la otra; la belleza arrebatadora de Yaya, la hermosura tierna y frágil de la Nena; las recordé llorando a ambas y diciendo adiós por primera vez en las últimas horas de sus esperanzas de aquel día lejano y caí en la cuenta que estaba parado sobre el lecho de muerte de aquel viejo hermoso llamado Teodomar; aquel viejo que si bien no volvió a ver a su amada al menos murió debajo de una mujer suculenta; gracias al cielo que jamás vi el rictus de la muerte en el rostro de Teo ni el bulto de su cuerpo pero me bastó con rememorar su sonrisa triste y su mirada en el vacío sobre las vías del tren y su tonada de canción de amor para salir huyendo de aquel cuarto tan lleno de pasados presenciándome.

 

Ya no siento el desespero de aquellos días. Ahora está mi alma llena de miedo. Aquí están otra vez mis propios recuerdos vivos; ya no son una ceniza ligera apelmazada o volátil dentro de los recodos de mis pensares, ahora son recuerdos ardientes recién hechos; me vuelvo a ver corriendo tras el tren a lo largo de la vía, lo veo desaparecer en el lejano horizonte interminable o tan largo que mis pasos se quedan sin fuerza ante su retrato que a cada paso que doy se aleja y aleja. Levanto la vista, veo a lo lejos al joven bar-man y comprendí aquella mirada del viejo Teodomar en ese día ido en el cual sus ojos me encontraron y me llamaron para contarme su historia; pido otra vez cerveza para lo amargo de mi boca y le pregunto al muchacho:
-¿qué pasó aquí? ¿En dónde están ahora la vieja Yaya y la pequeña Nena?

 

Me hecho una mirada de segundo reconocimiento, respiró profundamente, su mirada se puso triste y contestó:
-Yaya se suicidó hace unos años señor, su historia y la de ese viejo Teo inspiraron este bar escondido de los vicios sin sentido; la pequeña Nena estuvo aquí hasta hace poco; un fulano vino y se la llevó de mi lado toda alegre, llena de vida, haga usted de cuenta que la llegada de ese hombre acabó con su promesa de morir a mi lado en su esperanza; ese hombre provocó que su mirada se encendiera, su cuerpo marchito floreciera y su piel reseca recobrara el brillo de sus mejores días. La nena Victoria tiene unos meses que me abandonó y juró jamás regresar a mí lado.

 

El joven se quedó callado y su rostro se endureció en una mueca de resistencia al llanto; sentí una tristeza enorme al término de sus palabras pues al revivir aquellos días sucumbí a la necesidad incontenible de curar mis miedos en la compañía de ambas y su tierna espera en aquél mundo eterno y eternamente recién hecho.  Sentía ansias de quedarme para siempre ahí, esperando el regreso de mi amada aunque supiera que jamás volvería; leí los escritos colgados sobre la pared de la barra de la solitaria cantina y le he abierto por completo el corazón a tanto recuerdo, me estoy dejando ir en ellos y comprendo el dolor de Yaya en su declaración acerca de las vías; comprendo el dolor que le causó aquella mentira, aquellas palabras vacías que la dejaron ahí pudriéndose en su caldo de esperanzas, el dolor de esa mentira que la dejó ciega desde joven y la animó a aventarse sobre las vías, a arrojarse bajo las ruedas pesadas y frías del tren; comprendí la carga de su carta escrita en sus últimos días; esas palabras ardientes que son ahora un triste souvenir comercial, una póstuma advertencia de lo que causan las almas cicateras:
Carta de Daria Magnolia (Yaya) para el hombre rico del sur.

 

“tu nombre no es fácil de borrar de la línea de mi vida; mi vida no es como la línea infinita de la playa sobre la cual jugando escribes tu nombre para que luego llegue el mar y lo arranque de la arena; mi pensar es carne, carne que siente; mi carne es alma y mi alma no es como los juguetes. Sobre el alma no se juega como con la arena; el amor no es cosa de niños; no se juega a escribir sobre la arena tu nombre como si fuera a llegar el mar para arrancarlo, mi alma no es así y si quieres que tu nombre olvide ven y arráncame la vida como la mar arrasa la huella de tus pasos sobre la ribera del mundo. La arena es tiempo y sobre esta todo se va, todo se borra. Esta alma no comprenderá jamás los motivos del tiempo ni del adiós””

 

 Imaginé a esa hermosa anciana con su cuerpo exuberante arrojándose a la muerte, imaginé su mano de acariciar despidiéndose en una trémula despedida; pensé en sus labios vibrando en la última palabra al mundo diciendo adiós por segunda vez, imaginé su sacrificio inútil de esperar en este rincón aparte del mundo, imaginé su alma luminosa como brasa levantándose de las vías ante el embate del aire dejado por el paso del tren, esa alma luminosa de rescoldo alentada por el aire para llenar de luz los rincones más oscuros de los trenes, buscando, buscando para siempre a su amado.

 

         Le tengo miedo de la muerte como nunca antes, tengo miedo de morir como esa vieja suicida sin amor; temo como el viejo Teodomar. Leo su carta colgada sobre la barra de la cantina y comprendo el asunto ese de las huidas de la vida:
Carta de Teodomar para Amalia Luna:
“No quiero seguir huyendo de los días nublados; necesito el sol de tus ojos; ya no quiero el refugio, el consuelo efímero de los buenos días del pasado; quiero estar inmediato en lo caliente de tus abrazo, la verdad de tu sonrisa, la certeza de la dulce saliva de tu boca; ya no quiero andar con mis pasos sobre esta triste realidad llena de ecos, solitaria sin tus días; necesito el ámbito vibrante de tu presencia total en este mundo que a tu falta se termina”

 

Leo y comprendo que los días enteros de lluvia y lluvia no suceden por el dolor del cielo ante la muerte de un amante sin amor; las personas como el viejo Teodomar huyen de los días lluviosos, los días nublados en soledad duelen y duelen mucho.

 

Y me imagino el rictus sonriente de ese viejo ante la muerte, sonrisas de imaginante; feliz de que Yaya fuera en irrealidad su Amalia Luna quien le hacía las carnes. Entonces no llueve el cielo por la muerte de un amante, el amante es quien se anticipa a la lluvia y muere para huir de ella y sus nubes oscuras que son tristes con sus sombras tan, tan frías.

 

Los amantes sin amor mueren hartos de su soledad, mueren antes de que otro día lluvias los cargue más de tristeza.

 

-…los días fueron haciéndose cada vez peores según podíamos ver la Nena y yo -interrumpió el joven cantinero mis cavilaciones. Parecía querer compartirme su historia que de alguna manera nos hermanaba en aquel rincón del mundo. Me interrumpió, ansioso y triste, como si sus palabras fueran a curarle su dolor- el tren traía menos gente cada vez que regresaba, y cuando partía, se llevaba a nadie; después regresó cada vez con menos vagones de pasajeros hasta que llegó el momento en el cual solo lo mirábamos pasar con sus oscuros vagones de carga a altas horas de la noche y tenía el aspecto de esos animales salvajes mitológicos que pasaban por los pueblos con sus pasos silenciosos y su respiración anhelante dejando en el corazón sentimientos de incertidumbre.  Llegó el día en el que solo la locomotora se detuvo en su última visita, resoplando como un toro enojado, y de ella descendió el anciano maquinista, llamó a la Nena y vi que le entregó un puñado de sobres, eran las cartas jamás recibidas por sus destinatarios y devueltas a la estación porque la oficina de correos no quiso tenerlas archivadas más tiempo, eran todas las cartas de Teo y Yaya y algunas pocas de mi Nena.

 

Lo que quedaba de el tren no volvió jamás y entonces sí, los días se fueron haciendo inciertos y la noción de los calendarios fue desapareciendo y todo fue muriendo, el pueblo se fue derrumbando en su solitaria decrepitud que parecía haber estado sosteniéndose por el sonido trepidante del tren y las personas que desaparecían huyendo de sus calles a paso veloz.  Finalmente la nena y yo nos encontramos solos en este paraíso silencioso, yo apenas había llegado hacía un par de años a trabajar aquí como guardagujas, llegué tarde y todo se acabó en ese abandono repentino.

 

Un día vimos llegar caminando sobre las vías a una mujer hermosa, muy morena, a quien aún no le conozco la mirada pues siempre la lleva clavada en el suelo; no tiene sonrisa y siempre usa muy pocas palabras para comunicarse; esa muchacha estuvo buen rato parada en la entrada de la estación con la mirada perdida en las calles y tejados de este pueblo abandonado, luego entró y después de recorrer con la vista una y otra vez el andén dijo con voz golpeada: “este lugar ya es nuestro” y entonces se fue durante varios días y una tarde llegó con unos albañiles y carpinteros, platicó únicamente con la Nena y juntas montaron este bar sin futuro en un lugar en donde nadie habita. “solo las almas perdidas vendrán aquí” le oí decir un día.

 

Y sí, vienen eventualmente algunos visitantes a quienes ella atiende personalmente desde que la Nena se fue; yo jamás he hablado una palabra con ella, vive en aquel vagón abandonado que está casi oculto por la niebla; cuando llega un cliente hago sonar la campana del andén y ella acude al cabo de un rato y habla con ellos mientras yo les sirvo la cerveza.

 

El cantinero dejó de hablar al fin y yo seguí hundido en mis pensamientos llenos ahora sí de todo mi pasado; aún tengo muy frescos los recuerdos de aquel par de bellos ancianos, de la hermosa y conmovedora presencia de Victoria, la Nena; recuerdo aun su olor a caramelo de vainilla revuelto con sudor acedo, aún tengo las sensaciones vivas por las trepidaciones ansiosas de sus caderas.

 

Pero el recuerdo de mi amada no lo puedo palpar a pesar de que tengo cargándolo en mi cerebro más años de lo que pocos son capaces de soportar; me fui en un viaje largo, recorriendo mis días en reversa hasta que llegué al día en el que ella y yo nos encontramos; llegué a los días en los que hablábamos de nuestros sueños en los atardeceres y las noches insomnes de nuestra carne.

 

Me dejé llevar tratando de recuperar aquellas sensaciones: los sabores calientes de su boca y los pliegues de su piel, el mundo de sus aromas y pulsaciones, del vaho vaporoso y abrumador de su sexo, el mundo de la fiera que arañaba mi pellejo y lo chupaba y mordía, ese mundo que me golpeaba y me atrapaba con toda su humanidad encima.

 

En medio de esa ensoñación pude percibir al fin el anuncio de que estaba a un paso de la vida pues sentí que la brisa me traía ese olor inigualable, ese humor a mujer del trópico, y pude escuchar el sonido de unos pasos que tenían el mismo ritmo, el mismo aplanar y el mismo anhelo reposado de aquel caminar que tengo grabado en mi memoria; escuché entonces el rechinar de una puerta, un sonido agudo y penetrante que no estaba en mis pensares; desperté para alcanzar a ver la estela que dejaba el paso de una figura femenina que entró presurosa a ese lugar, a ese baño a recoger la ausencia que recién había dejado, puedo sentir aun el peso ligero de esa breve mirada sobre mí antes de sentirla dentro de aquel refugio de mujeres.

 

Entonces escuché aquella voz que cantaba acerca de regresos, amores, caricias y besos; me levanté de un salto de nuevo y dirigí mis pasos lentos para encontrarme con ese fantasma del pasado, me detengo ante la puerta un instante debido a la angustiosa certeza, respiro hondo el ámbito de su presencia que podía tocar seguro nomás entrar. Empujo al fin aquel trozo de madera que me  separa de este barranco tan vivo que siento de nuevo aquel desaliento en las rodillas y esa fuga del aliento al ver esa figura femenina.

 

Mi corazón se detuvo por completo cuando aquella mujer dejó de cantar para decirme sin venir al caso:
-¿tú? … ya te esperaba.

 

-no debiste tardar tanto, casi he muerto en estos años.

 

-pero no moriste

 

Entonces me encontré con aquel rostro tan amado, con su mirar que parecía ver el fondo de mis pensamientos y mis recuerdos...luego me sonrió dejándome totalmente desarmado. Nomás alcancé a escuchar que me dijo en medio de aquel desvarío de muerte:
-sigues siendo el mismo, tienes el mismo aspecto de miedo siempre que vamos a hacernos el amor, al borde del terror y el cuerpo engarruñado, mi vida.

 

Me abalancé sobre aquella mujer fantasmagórica, la levanté en vilo y la senté sobre el lavabo mientras ella tomaba mis labios y me apresaba la piel con sus garras de amar, y yo bebí su saliva caliente mientras la desnudaba al instante en medio de la fiebre y entonces algo me puso de golpe con toda mi humanidad sobre aquel mundo tembloroso pues me estaba enterando que estoy vivo a punto de morir de nuevo y de que ella estaba viva a punto de matarme de amor otra vez, lo supe cuándo entre sus muslos y sus besos el aire puro me faltaba; me asfixiaba envuelto en la sábana de su piel y el olor de su sexo, ese olor a mojarra recién destripada, cilantro podrido, sus sudores de hembra hambrienta, su perfume a melcocha y canela machacada.

 

Entonces comenzamos de verdad a reconocernos, a reencontrarnos en el rastro viejo del pellejo, haciéndonos el amor con la ferocidad ocasionada por la fiebre de años y años en estado de latencia de vivir el uno sin el otro; y luego al borde del desmayo, recién llegados de explotar juntos en el otro mundo, nos dedicamos a recorrer nuestros cuerpos mortales despacito y sin el ansia alborotada de la novedad hecha de años y años separados, redescubriéndonos ahora en nuestras miradas lánguidas llenas de paz, en nuestras voces bajitas llenas de “te amos” mutuos, de los siempres y los jamases

 

Fue ella como siempre sucede quien me hizo yo de nuevo en su realidad inmediata dándome sus segundas palabras imperativas de nuestra vida.

 

-vamos a nuestro hogar, vamos al vagón Romualdo, pues es que tiene muchos meses esperándonos y además a ti siempre te deshice más rico en una cama.

 

Salimos de aquel baño y recorrimos el tramo del andén que nos separaba de las vías desnudos y desnudándonos el alma con nuestra mirada. Al bajar el andén subí a mi amada a horcajadas en mi cuello y al sentir tan cerca su olor glorioso nomás me alcanzó el alma para tomar las vías con mis pasos enredados en un pasmo tan plácido, y dirigir mis esfuerzos hacia el vagón que nos esperaba oculto entre la niebla. Y es dentro del vagón en donde voy descubriendo otras cosas de ella, esas cosas femeninas fuera de su cuerpo que me emponzoña hasta los huesos, y veo lo primoroso de sus quehaceres y quehaberes de mujer:
La ramita de albahaca en la esquina del inmueble, las muñecas bien peinadas de su infantilidad reprimida, el encaje azul bajito enmarcando sus fotos en poses sugestivas, el marco rosita de mi imagen afeminándome a su antojo, el cordón rojo en nuestra foto abrazados uno al otro, la mesa perfumada por flores recién cortadas, el humeante té de hojas de naranjo sobre la estufa de carbón, la bandera colorida de sus pantaletas colgada de un extremo al otro del vagón, sus vestidos talla chica doblados y apilados sobre una silla; se ve una cama que revela sus intenciones mujeriles de posesión carnal sin espacios, sus toallas colgadas en las ventanas que inundan el ambiente pues en ellas está contenido su perfume personal hecho de químicos producidos por sus ardores, su jabón neutro, su vaso con dibujos de muñecas soñadoras que usa para lavarse los dientes, sus huaraches de tres piquetes y su único par de zapatillas de tacón puyudo de alcanzar mis besos en noches de baile ritmados por el canto de los vientos y las olas y los animales marinos y los insectos en su chillar estridente de siglos y siglos antiguo.

 

Fueron días y días de sopor, noches largas y alucinantes que me dejaban el cuerpo lánguido, el ánimo pensativo, la boca escaldada, espalda arañada, labios mordidos.

 

No, yo no podré ser el mismo de días antes, de meses, de años atrás, y jamás ella podrá ser otra vez la misma que mis ojos vieron años antes. No, no somos los mismos, tenemos mucho miedo de despertar como meses atrás, en una cama solitaria.

 

En un lapso extraño, nos perdimos juntos en la niebla hasta llegar a los confines de la tierra; llegamos al comienzo furibundo y espumoso del mar, miramos aquel horizonte inmenso tomados de la mano, como siempre fue Rosaura quien rompió el encanto, soltó mi mano y tomó un palo que estaba tirado sobre la arena, bailando como una niña, girando sobre si misma cantaba su canción hasta que se detuvo al fin y dándome la espalda, con su cara frente al mar me habló con voz distante:
-¿quién de los dos se fue primero? ¿Quién partió antes que el otro al fin del mundo? …yo no podría vivir sin ti un día siquiera, no ahora que te he vuelto a encontrar.

 

-escribe mi nombre en la arena y yo escribiré el tuyo –le dije mientras ella giraba para ver mis palabras-  si la mar borra primero el tuyo entonces tú me dejarás solo para siempre y sin esperanzas de verdad, si las olas borran primero el mío entonces serás tú quien solitaria y sin amor mire la caída del sol desde esta orilla.

 

Ella me miró con sus ojos de extrañeza la repentina tristeza de los míos.

 

-qué triste! Me gustaría que la mar borrara el nombre de ambos a una vez –me dijo con una ilusión tan inocente pintada en su rostro

 

-no – le contesté más afligido mientras ella escribía mi nombre sobre la arena –si eso sucede entonces pasará que jamás podremos estar juntos. Ella detuvo su escritura asustada y arrojó el palo con que lo hacía a las olas inclementes que rugían, llegó con sus pasos breves a mis brazos, me tomó del rostro y mirándome de nuevo a los ojos me dijo con voz muy bajita:
-Esas cosas tienen que suceder a veces, y a nosotros nos tocó vivirlo.

 

La vida nos borró unos instantes uno del otro, separó nuestros cuerpos unidos… y aquellas almas que poseíamos en esos días o murieron o se transformaron. Y aquellos días del pasado han sido borrados desde el momento en el cual nos hemos vuelto a encontrar, haz de cuenta que volvimos a nacer mi amor y lo hicimos para estar juntos siempre.

 

Esto nuestro de hoy, de este día en esta playa, no es para que sea recordado en las paredes o en los baños, es para que otros lo vean en nuestros andares, en el cómo moriremos juntos. No habrá ola del mar que pueda arrancarnos de aquí, lo nuestro no es un nombre sobre la arena, somos un solo cuerpo unido para defender este amor a pesar de nosotros mismos. Estamos aquí para honrar al viejo Teo y a Yaya como testimonios de una muerte que no debió suceder así y en este lugar. Nuestra muerte, la tuya o la mía no deben de ser escritas pues es que no es una muerte de amor egoísta, esto es amor único y este amor nunca morirá ni podrá ser escrito. Lo nuestro solo se puede gozar, no es algo de contarse.

 

 

No sé de verdad si esto es la vida o estoy muerto. Ella parece no saberlo. Está muerta, no puede estar viva pues es tan raro que su rostro sea el mismo que hube perdido hace treinta años.

 

 

Waldo Contreras López.
Narrador y poeta.
Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.
Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.
Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).
Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.
Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.
Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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