ANO 6 Edição 84 - Setembro 2019 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


Papá    

Mi padre dice que estoy loco. Ya sé que estoy loco. Pero juro por los huesos de mi madre que se descalcifican bajo una pila de tierra que jamás en mi vida he visto a un hombre más loco que él. Lo soporto como soporto mi vida pero él es insoportable y no es para menos, está rematadamente loco, loco de tanta perra vida.

 

Para ser un vago se tiene que estar loco. Mi padre fue un gran vago y por eso soy con la lengua asegurando: está más loco que un chivo.

 

Mi padre quedó en absoluta orfandad a la edad de seis años y desde ese inefable día tuvo que alimentarse de calle hasta en los peores soles que eran casi todos y por las noches de miedo hasta en las tripas; así le pasaron los años de su infancia y en su adolescencia se fue convirtiendo en un granuja juvenil, amo de las calles, mal tipo, amargado rompe madres tanto de hombres como de mujeres. En la adultez tuvo mejor suerte al fin de cuentas pero toda esta se la metió por el culo.

 

Mi padre tiene el pellejo duro (heredé lo talixte de su cuero): dos atentados con bala; en el primero se recibió un disparo en la cara; paraplejia provocada por caer mal parado en un accidente sufrido durante los pocos días que trabajó realmente, tres paros cardiacos, una intensa hemorragia interna originada desde una úlcera reventada y producida por años de alcohol, cocaína y ayunos prolongados que le vació la sangre que traía desde que nació; se sacó el premio mayor de la lotería, logró pasar mucha heroína a Estados Unidos de America, tuvo mucho dinero y sobre todo esto, conoció a mi madre, que fue a la postre lo mejor que tenía que sucederle aunque él diga lo contrario.

 

Mi padre fue un gran hombre con las mujeres de cantina, un tipazo generoso con los músicos de congal, un gran “carnal” cerveza en mano; pero fue muy malo contra mi madre: llegaba casi todos los días a terminar sus borracheras y drogatas en las tristes madrugadas y a comenzar su malviaje contra aquella pobre mujer. Era una relación marital extraña según mí ver. Una dependencia incomprensible, un maridaje fundado en una dependencia edípica: mi madre lo amaba como a un hombre en la cama y como hijo cuando él estaba en las calles de quien sabe que ciudades habidas o imaginarias: “ha de andar con la puta de Acaponeta o a dónde la querida de Empalme” le oía decir:
“o con las pirujas cochinas de la zona de tolerancia”, renegaba en sus larguísimos soliloquios de esclava de lavaderos del atardecer, espantándose los mosquitos con sus largas faldas y faldillas de mujer madura. Mi madre lo extrañaba en sus cada vez más prolongadas ausencias, lo extrañaba como a un hijo perdido, con una melancolía autentica salida no desde su corazón sino más bien desde lo más profundamente psíquico de su útero fértil que le pasaba como un hilito por el corazón dejándoselo todo comezonado y lleno de ese vacío helado de la incertidumbre.

 

El por su parte la quería de una forma análoga pero en otro sentido: la quería como se ama a una mala madre, con un resentimiento llegado desde la lejana noche de su infancia con sus ojos a la estatura del borde de una cama de agonía y recalcitrado por años y años de padecer soledad y hambre en las calles ardientes de la ciudad. La  quería como se ama a una mujer que siempre estaba a punto de perder y la amaba-odiaba como a la madre que nunca tuvo. Y entonces su culerez se fue ananchando a medida que mejor la conocía y la amaba más a medida que sentía que poco a poco la perdía; y por eso, aquella pobre mujer jamás disfrutó de algo cercano a una caricia por parte de ese hombre entenado por su alma de mujer malquerida, jamás disfrutó de sus billetes, de su buena hombría, tipo y amistad; aquella solo recibió desprecios, humillaciones y golpizas.

 

Y así vivieron años y años, traumatizando sus almas a la recíproca y llevándose entre las patas a nosotros.

 

Había una diferencia enorme entre ellos la cual con el fin de sus años jóvenes y bien entrados los años de vejez marcó la claridad de sus corazones y el rumbo de las cosas.

 

Las cosas no siempre han de marchar igual en la vida de alguien y cada uno de nosotros, de bajada o de subida transcurre la vida, arriba o abajo, al lado de las bonanzas o del lado jodido: la buena o la mala. Y a mi padre se la acabó la gasolina de gamberro, de narcotraficante de cuarta, se le acabó el dinero y enseguida las ganas de hacer más debido al miedo a los barrotes de fierro, las chinches, la mala comida y los escasos metros cuadrados de la cárcel; se le acabó por último la libido sexual y mi padre quedó peor que un niño en sus años de vejez. Y mi madre fue firme siempre, ella siempre lo quiso y lo amó en la vejez como se ama a un hijo con retraso mental; y mi padre terminó al fin subyugado por aquella mirada color gris, por esa paz de hogar que emanaba aquella mujer “güerita de rancho” y en consecuencia terminaron uniéndose como nunca en el tranquilo fluir de su sangre de viejitos ya sin los químicos de la energía libidinal. Se les vio entonces ir a cenar o desayunar juntos y alcanzar una mutua comprensión al grado de que ya no podían vivir el uno sin el otro aunque de vez en cuando se daban sus agarradas a chingazos, como perros sin colmillos.

 

Y en medio de esa paz geriátrica ambos cayeron en la cuenta, después de conocer que no podían estar el uno sin el otro, que lo que ambos temieron en sus años del fuego de juventud y nunca sucedió, ahora, en sus años de santa paz, sucedería sin que pudieran evitarlo. Pues era que los dos estaban muy cerca de morirse de tanto vivir, sucedía que cuando al fin conocieron la paz y el amor verdadero, uno de los dos se tenía que morir antes que el otro. Y ambos lucharon para que el suceso siniestro se postergara lo más posible y esa lucha a brazo partido terminó amarrándolos del alma de manera que no querían, por todos los dioses de los cielos y con un deseo egoísta parecido a las urgencias de los químicos de la libido sexual, que uno se fuera antes que el otro.

 

La muerte decidió al fin y se llevó a mi madre, se la llevó despacito y cuidando de no maltratarla mucho; se la llevó piadosa, sin dolor, preguntando por él y sin permitir que pudiera despedirse de alguien. Cuando mi padre se enteró en aquella fría madrugada de diciembre, nomás le alcanzó el ánimo para taparse con todo y cabeza, enroscarse como feto y esperar a que la chingada muerte se lo llevara a él también. Había perdido de nuevo y la muerte se la cobró de fea manera retacándole en la cara toda aquella culerez juvenil y todas las veces que nomás le jaló las patas, la muerte enseñándole con toda su culera realidad que el tiempo es para aprovecharse al igual que el amor.

 

Mi padre se vio ante el horrible féretro de mi madre, como se vio aquel lejano día de su infancia: solo ante un mundo pleno de vida, pero al contrario de su infancia, con muy pocos años para vivir por delante, tan pocos, suficientemente pocos como para volver a empezar algo nuevo y lleno de motivos.

 

Mi padre, el recluta, quedó desolado y al borde de la muerte; sí, quedó solito como perro y con su alma huérfana por segunda vez en su vida.

 

 

Waldo Contreras López. Narrador y poeta. Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico. Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa. Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros). Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más. Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”. Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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