ANO 5 Edição 82 - Julho 2019 INÍCIO contactos

Moisés Cárdenas


Noche de brujas    

Con sus ojos fijos ante la cámara, alzo su mano izquierda y sostuvo un librito azul. A su lado, dos fieles seguidores. Detrás de ellos estaba un busto del Libertador, una bandera nacional y un cuadro de un árbol pintado al óleo.

 
Al frente se encontraba el alto mando militar con muchas condecoraciones y unas personas con camisas y gorras rojas. Él mostró ante la cámara el librito, los dos hombres que lo acompañaban, sonrieron. A uno de ellos se le aparecieron unos cuernos sobre su cabeza. El otro acarició su bigote negro. Los flashes de las cámaras fotográficas y las luces de los celulares, no paraban cuando de pronto se levantó el Comandante. Miró al selecto auditorio. La gente sintió su respiración. Él miró su reloj de lujo y su rostro se reflejó en él. Notó que estaba hinchado, parecía un sapo. Su cabeza no tenía cabello, pero en sus ojos había fuego. En el cristal se le apareció la figura de un ser con una hoz, entonces al contemplar aquello, bajó rápidamente su mano izquierda, en donde llevaba su reloj. Las personas que estaban allí, lo aplaudieron cuando lo vieron salir por una amplia puerta.

 

Lo siguieron todos en fila para acompañarlo a una habitación del Palacio de Miraflores. Un fuerte viento se sacudió. Él sintió que le faltaba poco tiempo.

 

Después que él se dirigió a sus jerarcas, ayudantes y seguidores. Se miraron, todos sabían que su jefe pronto cerraría sus ojos. Ninguno habló. Los acompañaba un silencio, pero no era un silencio como aquellos cuando la noche está serena, sino era el silencio que yace cuando se abre un ataúd. Se miraron y todos recordaron el 16 de julio del 2010, cuando presenciaron el sarcófago del Libertador. El presidente mandó a abrirlo para realizar investigaciones sobre la muerte del prócer. Sin embargo, ellos sabían en sus corazones que todo aquello tenía un objetivo: el ritual de la brujería. Su hombre, su Comandante, había pactado con el espiritismo.

 

La casona en donde se encontraban, estaba custodiada por algunos cadetes y soldaditos rasos, que miraban asustados caer la noche. Un joven miliciano, sostenía entre sus brazos un fusil. Mientras caminaba por las afueras del jardín de la lujosa casa, vio entre la oscuridad la figura de un ser horripilante. Era su cuerpo de león y tenía tres cabezas pequeñas. Una era el rostro de un hombre de bigotes, la otra de ojos de fuego, la otra de nariz larga. El militar soltó el fusil al piso y salió corriendo. Un hombre de verde que caminaba también por allí, al mirar a su compañero, le preguntó qué había pasado, y este le relató lo que vio. Ambos caminaron sin mediar ninguna palabra y volvieron a sus funciones.

 

Unas horas después salieron. Se subieron en distintos vehículos negros de lujo. Los milicianos que estaban en los jardines se quedaron firmes, en cambio aquel joven militar, sintió un fuerte dolor en el corazón, notó que sus manos sudaban, y sintió un profundo mareo. Intentó hablar pero no podía, gritó y gritó, nadie lo escuchaba. Sólo miraba como se iban cada uno en los autos. Al rato recuperó el habla, caminó y se perdió entre la montaña.

 

En los vehículos, cada uno de ellos llevaba un pedazo de papel. Al mismo tiempo, como si sus relojes estuvieran sincronizados, miraron el contenido. Estaba escrito el nombre de la república y el dibujo del mapa de la Nación, todo estaba pintado de rojo. Otro tenía el dibujo del mapa de Venezuela, pero partido en dos. Mientras aquellos hombres se habían reunido secretamente, adentro de la habitación, el Comandante durmió envuelto en una bandera tricolor.

 

Al su alrededor caminaba un ser con dos alas vestido de negro, luego extendió sus manos sobre él. Levantó de una mesita de noche la pequeña cruz que usaba ante las cámaras de televisión, sonrió macabramente y huyó por la ventana.

 

Unos meses después de aquellos extraños sucesos, el Comandante cerró los ojos en un frío féretro. Todo su séquito, que sumaban en conjunto unas diez personas, lloraron como niños perdidos frente a las cámaras que los enfocaban. A dos de ellos, se les aparecieron unos cuernos sobre sus cabezas, a los demás unas diademas de oro. Después que todos caminaron alrededor del ataúd se miraron en silencio. Por sus mentes llegaron las palabras: Clan, orden, logia. Se habían convertido en una especie tenebrosa.

 

Cuatro años después del entierro de su líder, la orden oscura había tomado mucha fuerza. Una gran cantidad de hombres de verde en los cuarteles levantaron los fusiles. Adentro de las paredes de las guarniciones, recordaban con melancolía la voz de su gran jefe. Pero sus ojos se mantenían expuestos en unos afiches, los cuales siguen, siguen, siguen…

 

-Saludo revolucionario, bolivariano, antiimperialista y patriota- dijo un soldado joven.

 

-Saludo concedido- expresó un oficial mayor.

 

El miliciano entró a la oficina, buscó unos papeles y salió. Los ojos de su superior lo siguieron. Afuera, en un patio, muchos soldados gritaron:
-¡Patria socialista o muerte, venceremos!

 

Las paredes de los cuarteles se estremecieron tras escuchar aquellos gritos.

 

El vasallo de bigote, siguió a su jefe. Es tal su veneración por él, que trata de imitarlo. La sombra de su amado lo abraza y le dice con voz de ultratumba:
-¿Recuerdas el pacto que hicimos?

 

-Sí, mi señor- contestó el hombre.

 

-Hemos dominado a la Nación justo cuando la gente había comenzado a sentir un despertar en la conciencia y deseaba un gobierno que les proveyera sus necesidades de vida.

 

-Sí, mi amo- dijo con voz parsimonia su súbdito.

 

-De modo que llamé a los Babalawos, y ellos me ayudaron. Entonces dirigieron hacia la gente un mensaje telepático para que me siguieran y ahora nos seguirán, porque aunque esté en el ataúd, nos venerarán, nos seguirán...

 

Unas fuertes carcajadas brotaron de las mejillas del hombre de bigote y estomago hinchado. Vio a la figura de su jefe, se arrodilló delante de él. Su superior le dijo:
-¿Recuerdas cuando tomamos un avión militar y nuestros Babalawos santeros, nuestros brujos, prepararon las pócimas de dominación y recorrimos toda Venezuela, arrojando el líquido sobre la Nación?

 

-Sí, mi amo- contestó de nuevo el hombre.

 

-¿Recuerdas que abrimos el sarcófago del Libertador, para remover sus huesos y consultarlo desde el más allá?

 

-Sí, mi amo- volvió a decir.

 

-Entonces tienes que ponerme un nombre, ¿cómo me llamarás y me llamaran?

 

- El Comandante Supremo- dijo con voz fuerte.

 

El hombre de bigote y estomago inmenso se levantó. La figura de su líder se había esfumado por completo. Volvió hacia su clan y convocó a una reunión de urgencia. Afuera, en varias ciudades, muchas personas salieron a protestar por comida, por medicamentos, por hambre, por derechos humanos, por libertad. Al seguidor le molestaba que los ciudadanos reclamaran. Levantó su teléfono celular y llamó a sus colectivos armados. Estos encendieron sus motos y fueron persiguiendo a la multitud, que caía una tras una con las balas expulsadas de sus revólveres.

 

Los milicianos se abalanzaron contra la gente. Los cuerpos desprotegidos chorrearon sangre y las balas se fundieron en el concreto. Se prepararon medallas para sus héroes. Esperó que cayera el ocaso, y después las entregó. Militares recibieron la «Cruz de la Guardia Presidencial» y la del «Honor al Mérito». Todos levantaron sus fusiles y dispararon al aire.

 

En los cuarteles dejaron poca comida, para que los cadetes pasaran hambre y luego se arrodillaran a sus servicios. La obediencia del hombre de bigote negro hacia su líder tuvo frutos y la evidenciaba en cada momento, incluso cuando se volvió a reelegir. Unos días antes de su nuevo mandato, informó a sus queridos compañeros que dentro de una cárcel antigua, unos rebeldes caían a tiros. Informó que uno de los presos había dicho: 
- Aunque nos cueste la vida, moriremos, moriremos, queremos libertad.

El clan mostró los colmillos, luego se cubrieron con unas capas rojas. Las rejas de las celdas se cerraron. Los candados crujieron, de los ojos de los hombres y mujeres brotaron sangre. Muchos caminan con la incertidumbre de un sistema oscuro y tenebroso.

 

 

(Actualmente radicado en Córdoba, por razones de la diáspora  venezolana)

Moisés Cárdenas, nació en San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, el 27 de julio de 1981. Poeta, escritor, profesor y licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura.  Egresado de la ULA-Táchira. Ha publicado en antologías de Venezuela, Argentina, España, Italia y Estados Unidos. 

Finalista de la décima edición del Concurso Internacional de Poesía el Mundo Lleva Alas, Editorial Voces de Hoy, Miami, Florida, Estados Unidos de América, 2018. Finalista en el IV concurso de narrativa para autores noveles Manuel Díaz Vargas 2016-2017 de Ediciones Alfar, España. Primer premio, en el 15  Certamen Internacional de Cuento, Ediciones Mis Escritos,  con la obra “Puede ocurrir”, Buenos Aires, Argentina, 2016.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Julho de 2019


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Alice Macedo Campos, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Maria Estela Guedes, Maria Toscano, Myrian Naves


Colaboradores de Julho de 2019:

Henrique Prior, Conselho Editorial, A. M. Pascal Pia ; Federico Rivero Scarani, trad., Adán Echeverría, Adelto Gonçalves, Adriane Garcia, Sérgio Fantini, Tadeu Sarmento, Atanasius Prius, Caio Junqueira Maciel, Clara Baccarin, Eduardo Madeira, Fábio Bahia, Federico Rivero Scarani, Francisco Gomes, Henrique Dória, Hermínio Prates, Indirá Camotim, Jean Sartief, Jennette Priolli, José Arrabal, Leandro Rodrigues, Leila Míccolis, Leonardo de Magalhaens, Luiz Eduardo de Carvalho, Marinho Lopes, Moisés Cárdenas, Nagat Ali, Ngonguita Diogo, Nireu Cavalcanti, Osvaldo Ballina ; Rolando Revagliatti, entrevista, Ricardo Ramos Filho, Roberto Dutra Jr., Waldo Contreras López, Wanda Monteiro


Foto de capa:

PAUL GAUGUIN, 'Two Tahiti women', 1899


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR