ANO 5 Edição 81 - Junho 2019 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


De recuerdos, noche, fetiches y cultura pop no se vive… se sobrevive    

“Un hombre hambriento se come a una mujer como sea”1*


11:35 de la noche. Otra de tantas noches; noche de martes. Otro día que muere despacio, como no queriendo la cosa, como nunca queriendo despedirse de la tierra. Sin más que hacer, solo levantar recuerdos: “después de la superación del dolor solo queda enfrentar lo peor: la soledad y el hastío de esta vida sin motivo de emoción”2*. La mejor forma de transcurrir en una vida así es etiquetando, separando y acomodando recuerdos, como si fueran una colección de revistas. Recordar sin impurezas o limpiando sucesos pasados hasta sacarles el fulgor que no tuvieron; por mal ejemplo, de esta forma:


“llevo esta corona de espinas en mi trono de mitómano; estoy lleno de recuerdos rotos que no podré reparar …bajo las manchas del tiempo los sentimientos desaparecen, pero tú eres uno vivo en tanto yo sigo en este lugar que me has dejado”3*


…noche, media noche al límite de dos días: uno muerto y otro que empieza a enfriarse justo como cadáver apenas nace. No es tan malo, es noche de cultura “pop”. Un radio y una televisión no son malas compañías mientras bebes alcohol o te drogas. Y aquí estoy. Todo lo que escribí arriba es el recuerdo gráfico y sonoro de la cultura americana de la generación X que llegó a su decadencia hace pocos años, los suficientes para seguirla lamentando. La frase con la cual encabecé todas estas letras acabo de escucharla en la televisión: una película de segunda categoría: un mal policía le recomienda una abogada a otro hombre, este es un vagabundo paralítico y alcohólico quien se queja ante éste acerca de policías negros que le rompieron unas pesadas linternas en su cabeza rapada de neo-nazi decadente. El vagabundo le pregunta si ella es hermosa y joven a lo que el policía también racista le contesta con el mismo tono irónico con el cual le hizo la recomendación: “¿aun puedes servirte de las mujeres?”. El vago le contesta triste: “no, no muy seguido. Es decir, no como todo hombre puede servirse de una mujer. Pero mírame, un hombre como yo, hambriento y poco menos que nadie se come a una mujer como sea”.


Un hombre hambriento, incapacitado quizás, psicótico quizás, pene chico quizás. Maníaco sexual seguro. Un hombre insatisfecho para siempre: no habrá mujer sobre este mundo que le plene. Comprendo una parte de esto último: yo, un hombre que tuvo que aprender que la soledad debe de comprenderse desde la perspectiva de la tristeza. Yo solo vivo de recuerdos. Escribo recuerdos, escribo de un mundo que ya no me llena, un mundo desolado hasta su horizonte más lejano.


La cultura pop, esa frase peliculesca me ha traído un recuerdo duro como el pavimento citadino y jocoso como un viejo lascivo. Yo sé que hay formas de satisfacción cuestionables e incuestionables; en el sexo hay varias y tantas hasta donde la imaginación nos dé.



El fetiche.



Una persona puede convertirse en un fetiche cuando tiene una falta que no encontró en ningún lado. La psique en primera persona, en segunda persona; da igual. La finalidad del fetiche es el mismo: llenar espacios mentales vacíos.



Mika.



Conozco muchas mujeres en estos arrabales cantinescos, conozco tantas que mis dedos ni mi mente alcanzan para contarlas ni para recordar sus nombres artísticos o de bautismo patriarcal. Su realidad es sencilla y sin mucha averiguata: la gran mayoría de ellas se volvieron fetiches sexuales por necesidad, otras por su incapacidad para enfrentar el mundo sin alcohol o drogas fuertes y otras tantas se metieron de putas nomás porque no sirven para otra cosa. Muy pocas lo hicieron por gusto. Con solo una de estas últimas tuve una relación más allá de la intimidad sexual, más cercana a la amistad, más de igual a igual. Ella decía de mí: “me encanta este hombre porque somos igual de locos, estamos cortados por la misma tijera del diablo, con solo él me comprendo del todo, somos machos y hembras a la vez”.


Mika es muy expansiva de su carácter: igual es una carcajada sonora y larga, igual es un arrebato de rabia, igual es un mar de lágrimas y un venero de palabras en voz baja. Es una gran amiga, una gran madre y una amante que merece todos mis respetos. Es también un gran libro de historias.


Mika se metió de bailarina de mesa nomás porque le encanta el cotorreo. Lo sé pues jamás se queja de este mundo como me quejo yo. Ella me ha enseñado a disfrutar de muchas cosas de la vida que en el vagar y destruir la poca cosa buena que me queda, había olvidado la costumbre de apreciarlas: me enseñó a re valorar el trago de cerveza acompañado de una buena plática; a comprender el arrastrar de otros, a no juzgar a la ligera el mundo de estas mujeres como si fueran cosa de la basura sino más bien, me abrió los ojos para disfrutar cada minuto de su presencia como si fuera lo único de valer la pena. Mika jamás se ha lamentado de algún hombre pues no se reconoce como algo de utilizar sino más bien al contrario: se ve necesaria en nuestro mundo al grado de no soportar de algún hombre algo parecido a un gesto de desaire. Considera pendejo a quien no le regala al menos un beso. Es un haz luminoso por donde pasa, es despilfarradora de cariño con todo el mundo, hasta con nuestras compañeras a quienes no les guarda ningún tipo de envidia.


Mika no es un fetiche al menos para mí. El fetiche es aquello que se necesita, algo invisible que convertimos en objeto: quien tiene una falta que desconoce o no puede alcanzar transforma una cosa, persona o animal parecido en su fetiche.


Mika y yo compartimos las noches ruidosas, baile, alcohol, drogas y palabras con estos aderezos químicos además de la libido. Hubo una ocasión, después de una larga tertulia, después de la cual fuimos a parar a un centro de baile madrugal. Entre los gritos de las putas, puteros y la música potente me contó la mejor historia de la noche.

 

El pistolero fetichista.

 

Mika me dijo:


Jamás he tenido miedo de algún hombre; los conozco tanto que se hasta donde son capaces de llegar y parar: con solo comprenderlos un poco se desarman, se desarticulan hasta en sus voces roncas, se van desnudando de sus machadas hasta quedar solitos, nomás con su pene sosteniéndolos sobre sus piernas temblorosas y descoloridas. Hombres de todo tipo que me pagan demasiado bien la comprensión de sus ansias sin recipiente.

 

Escucha –se prepara la jocosidad trágica con su típica sonrisa pícara: tengo un cliente muy joven, de apenas veinticinco años, un joven pistolero de altos vuelos y mucha responsabilidad al grado de jamás abandonar su enorme “águila del desierto” ni para cagar; un hombre muy serio y pocas palabras, maneras tristes y cansadas; con un aire de soledad sin horizonte ni puerto de regreso. Se puede decir de él que es alguien noble al menos en los minutos antes de mal dormirse en su cuartucho de gente malviviente. A la hora de la acción conmigo se desnuda vergonzoso, de espaldas mientras lo espero recostada con mis piernas abiertas sobándome el sexo, se voltea despacio, con su libido en ebullición, su mano izquierda tapando su pene y con la diestra empuña su pavorosa pistola. Se monta sobre mí y me apunta la .45mm en la sien, quita la zurda de su verga y me penetra: el pene más pequeño que he tenido. Luego comienza a “darme gusto”, según él, con una rudeza ridícula, con una prisa temblorosa mientras me grita furioso y mirándome a los ojos: “dime que es enorme, dime que te lastima, dime que te asusta, que te gusta, que jamás has tenido algo así sobre ti, dentro de ti”, y me presiona el cañón de la pistola en la cabeza hasta lastimarme. Por solo cinco minutos este muchacho se siente hombre frente a una mujer, cinco minutos y se viene a gritos y luego parece que va a llorar. Quita lentamente el cañón de la pistola de mi sien, lo pasea por mi rostro, mis pechos, lo arrastra por mi vientre hasta llegar a la vagina; luego saca su diminuto pene y se incorpora desganado y triste, sus maneras normales. Se viste de espaldas soportando su vergüenza de comienzo y fin, se encaja la pistola en la parte frontal del pantalón, me paga sonriente y agradecido, me besa la frente y me dice: “buena niña, la mejor”. Se sienta a mi lado pensativo, sin ser capaz de verme ni los muslos. Luego se levanta y se va.


Me causa tanta ternura su pequeñez humana, su necesidad de reconocimiento, su machismo degradado. Me gustaría tanto darle un abrazo mientras le diga que en este mundo no es necesario tanto miedo y tanta tristeza o soledad. Que el mundo está lleno de medias naranjas, de rotos, de ojales para su botón; pero sé que jamás lo entenderá: su pequeñez es enorme y no puedo hacer más por él. Esto es suficiente, por eso me busca y paga bien”.

 

Este joven sicario no ve a mi diva como un fetiche, es parecido a mí. Su fetiche es la enorme “águila del desierto” .45mm; su falta materializada en un objeto de causar temor y muerte. Mi diva es la musa depositaria de su fetiche. Un triángulo meta-amoroso: la vida, la muerte y el miedo a ambas trianguladas en un acto tan cotidiano como es el comer.
“Conozco mejores que él”, termina contándome entre risas esta tremenda mujer. Para ella no hay peores y por eso la procuro y la extraño cada vez que se tarda en aparecer en mis ámbitos de bares, cantinas y centros madrugales de baile.


Ella no es un fetiche para mí, odiaría llegar a convertirla en eso.
Pero ya en piensos serios y profundos si me gustaría tener un tipo de fetiche, algo materializado que me haga volar. No un coche o una gran mansión, no yates o enormes pistolas, no una mujer objeto...algo que me haga volar como a este fantoche que Mika me ha descrito. Un fetiche grandioso que me haga volar, que me llegue hasta el cielo como logré alguna vez, que me lleve alto aunque luego me desplome como Ícaro y reviente en el suelo para luego levantarme y poner mis alas e intentarlo de nuevo hasta morir de plenitud.


Necesito un fetiche, un fetiche para sobrevivir ya que la vida de mi vida se fue a quien sabe que suelos y que tipo de mundos.


Escribir recuerdos, beber y drogarse, ver televisión y escuchar música sirve de poco.

 

Esa noche Mika me dio una cachetada suave con su mano perfumada y llena de abalorios: me invita a bailar con su ánimo telúrico. El buen equipo de sonido de este bello centro madrugal toca “hand´s up (manos arriba)” la canción preferida de mi diva. En el centro de la pista nos movimos como locos hasta que la gente nos rodeó, aplaudió y envidió nuestra forma de alegrarnos la noche mientras dos negros adolescentes cantan a coro desde la pantalla gigante: “manos arriba nena, manos arriba: dame tu corazón dame dame tu corazón dame, o tu vida, o tu vida”.


Y la bruma del alcohol y la adrenalina del baile acelerada por la cocaína se hicieron tan intensos que hubo un hueco enorme en mi mente que me llevó hasta el filo de mi cama, sonriendo como tonto. Mi cama mal vacía esperándome fría y burlesca. Solo el tedio del sudor femenino, su perfume, el sabor del último beso… y luego la canción repitiéndose en mi cabeza hasta dormirme con punzadas de dolor: “hand´s up, baby hand´s up, gimme your heart gimme gimme your heart gimme, or your life …or your liiiifeeeeee!!”3*


Desperté con el resabio de un sonsonete:


Mi corazón perdido, mi vida. ¿En qué momento morí?


Desperté sin nada otra vez. En mi cama no hay nada que me haga levantarme a seguir, ningún rastro de algo que deba perdurar.


Mañana será igual.


Necesito un fetiche. Recuperar mi corazón y volverlo un fetiche fantástico como no habrá otro para poder levantar esta vida arrastrada y volar.


Volar,
no importa cuántas veces haya de caer.


Mi corazón.

 

Gracias a:



1*-Rampart.
2*-trainspotting.
3*-Trent Raznor.

 

 

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.

Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.

Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).

Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.

Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.

Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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Foto de capa:

DIEGO RIVERA, 'The marriage of the artistic expression of the North and of the South on this continent (Pan American Unity)', 1940


Paginação:

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