ANO 5 Edição 81 - Junho 2019 INÍCIO contactos

Moisés Cárdenas


Los puentes de la Cañada    

La ciudad de la Cañada y de cuentos andariegos, bañada por los encantos del típico Barrio Alberdi y la plaza Colón, recibe entre sus brazos las miradas de los venezolanos, una comunidad de inmigrantes que ha llegado a estas tierras no por el cuarteto ni por el folcklore, sino porque el paisaje de las sierras, el cielo despejado de los otoños y un no sé qué enclavado en la ciudad ha sido el lugar en donde reposaron sus angustias.

 

Una noche, Jhon me narró que él llegó a Córdoba con su familia en el mes de octubre del 2018. Ellos habían resistido todas las posibilidades de quedarse en el país, pero la situación agobiante los llevó a huir. Entonces, Jhon tomó entre sus brazos a todos sus seres queridos, y los trajo a un nuevo destino. Al llegar a la tierra de Lugones, esta familia se debatió por un nuevo vivir, encontraron un idioma igual pero con modismos distintos a su lugar de origen. Aunque la familia de Jhon de a poco empezó a adaptarse, sus emociones sobre Venezuela surgían cuando leían algún comentario del país caribeño por medio de un grupo de WhatsApp. En una tertulia virtual que sostuve con él en una noche de otoño bajo el canto de las luciérnagas, él me expresó:
«La historia de los inmigrantes venezolanos como la de otras partes del mundo es lógicamente distinta para cada caso y país. El problema nuestro, fue que dejamos de ser humanos.

 

Le diré esto, lo que me contó un compañero de trabajo en una oportunidad. Una hija llegó a casa de su mamá a visitarla, la mamá le cuenta que tiene un terrible dolor de cabeza, la hija abre la cartera y le da una pastilla. Luego que su mamá la toma, la hija le dice: ¡MAMÁ SON 50 BOLÍVARES! (denominación del billete para esa oportunidad).

 

Cuando mi amigo me comentó esto, me dejó impactado, recuerdo eso como si me lo hubiera dicho ayer».

 

Después de un intercambio de palabras con Jhon, quedó un leve mutismo en la pantalla. Comprendí que él había visto las miserias humanas en una nación desaliñada por el régimen.

 

«La historia de los inmigrantes venezolanos como la de otras partes del mundo es lógicamente distinta para cada caso y país», resonó en mi cabeza por días…

 

Después de haber llorado un rato por teléfono en comunicación con mi hermana Angélica, que me había contado que sus hijas estaban más delgadas de lo normal, y con mi hermano Miguel me había dicho que no podía comer más mantequilla porque no le alcazaba el dinero, sentí un profundo dolor por mi cuerpo. Pensé en Jhon y en los miles de venezolanos llegados a Córdoba, y al mismo tiempo medité en los demás paisanos refugiados en otros lugares del mundo.

 

Es cierto, nuestra inmigración es distinta. Una nación no sucumbida bajo las llamas del fuego de bombardeos como las calles de Alepo o Damasco, ni las hambrunas severas de África. No. Nuestra inmigración está bañada de un realismo mágico.

 

Es verdad el sufrimiento que padecen las personas. Un sueldo que no alcanza ni para un caramelo, una delincuencia desbordaba en calles y avenidas, donde puedes morir en cuestiones de segundos. Ni hablar de estantes vacíos y  hacer larga filas para la compra de algún producto. Todo esto crea una vida asfixiante. Todo esto, en medio de una población de miradas taciturnas, hambrientas y otras con ojos de resentimiento. Por otro lado, están los que siguen la voz del Comandante, que señala desde el más allá, que todo el caos se debe a que no obedecieron sus designios.

 

Entre este hilar de pensamientos, cae una realidad. Millones de personas cruzan el puente de la frontera. Van mujeres, hombres y niños. Todos temblorosos ante las sonrisas macabras de seres vestidos de verdes, quienes arremeten con sus fusiles.

 

Es cierto lo que dijo Jhon, «nuestra inmigración es distinta», porque en Venezuela aún hay casas lujosas, autos de marca, algunos que otros centros comerciales con bellos objetos y hasta supermercados llenos, pero una gran parte de la población, solo observa esto con lágrimas y babas que se deslizan de sus bocas, deseando poseer las riquezas de la tierra, el alimento del día a día. Por eso es que hicieron todo lo posible para conseguir un pasaporte que los llevara lejos de la oscuridad.

 

Entre los tantos inmigrantes que llegaron a Córdoba, está Irina. Ella me contó con una voz entrecortada, que había llegado en abril del 2017. El motivo fue la salud de su hijo Santander quien padece de parálisis cerebral infantil. Como necesitaba terapias de rehabilitación y en Venezuela no era viable, ella hizo todo lo posible e imposible para sacar a su hijo del país. Buscó todas las opciones y encontró que Córdoba era el lugar en donde reposarían sus preocupaciones. Aquí Irina encontró un amor que la acompañó con calor entre sus manos, mientras los ojos de Santander agradecían el esfuerzo de su mamá y el de su pareja.  Aunque han pasado dos años viviendo entre incertidumbres y desvelos, en el fondo sus voces se unen con los sonidos de los zorzales que los visitan en los jardines del hospital, en donde mañana tras mañana van hacia la terapia; madre e hijo, buscando un sol en sus corazones. Los ojos de Irina se fijan en las manos y piernas de su pequeño, y siente un nudo en la garganta cuando él un día le dijo: «Mami yo quiero caminar solo, sin andador».

 

Aquí en Córdoba, los inmigrantes han encontrado suspiros y recuerdos. En las primeras décadas del siglo XX, muchos se asentaron en estas bellas tierras. Tejieron gotas de sufrimientos, levantaron casas y palpitaron las calles. Llegados de varios lugares del mundo, los inmigrantes abrazaron sus huesos y buscaron coronas de rosas.

 

En este siglo XXI, llegan de Venezuela mujeres, hombres y niños cargados con las mochilas de ropas y ojos de lágrimas. Muchos de ellos tiene una sonrisa, pero detrás de sus labios, hay un sufrimiento. Todos buscan darse una oportunidad de vida.

 

Tal es el caso de Lisa, una joven profesional del área de mercadeo, que vivía en la ciudad venezolana de Valencia.  Ella contempló como los supermercados estaban llenos, pero sus bolsillos se encontraban rotos y demacrados. El alto costo de vida en Venezuela no la dejaba alimentarse bien. En sus ojos revelaba la angustia de vivir en una nación plagada por el cinismo de sus gobernantes, que a cada tanto gritan los logros de una ideología fracasada.

 

Lisa sintió y vivió en carne y hueso lo que es un país socialista en donde se abre para algunos la abundancia y para otros cierra las entrañas del hambre. Lisa como millones de venezolanos también necesitaba medicamentos.

 

Un día su médico le dijo que su enfermedad Esclerosis Múltiple, alias EM, conocida como la enfermedad de las 1000 caras. Ya no podría tratarse en Venezuela. Su médico le manifestó la idea de inmigrar. Y fue así que Lisa buscó un lugar a donde poder curarse y algunas personas la ayudaron a elegir Córdoba, Argentina. Acá ha encontrado unos médicos amables, quienes la han ido tratando con paciencia.

 

Lisa, en una mañana de otoño sentada en una banca de un hospital, miró las paredes del edificio, y vio en ellas signos de libertad, pero recordó que en su país, los enfermos se descomponen por falta de insumos, los apagones severos alimentan los cadáveres, perforando las flores de primavera.

 

En las calles de Córdoba, en algún recoveco, está el sonido de alguna tonada venezolana. Por ahí está la familia de Luisa. Sus hijas han celebrado sus cumpleaños alejados de otros familiares que quedaron en Venezuela. Acá abren sus cuadernos y dibujan nuevos soles, como sinfonías serranas. Luisa, camina despacio buscando adaptarse, y al mismo tiempo soñando un hogar para sus hijas. Ella, junto con su esposo recuerdan cuando su ciudad, San Cristóbal, era apacible y cordial. Desde la distancia, siente los ecos de sus familiares que les dicen que su ciudad ha cambiado, que se ha convertido en desidia y melancolía. Luisa abraza a sus hijas y siente las palpitaciones de sus corazones. Dentro de sus pensamientos, piensan que algún día su ciudad cambiará, y así ella regresará a su casa que dejó entre la niebla.

 

Mientras tanto en la sala de un pequeño departamento en Córdoba, Dana está sentada en una silla sosteniendo entre sus manos una taza con café caliente. Sorbe despacio el líquido, lo saborea en sus labios y recuerda el día que dejó a Venezuela. Sus razones fueron las mismas que tienen millones de sus paisanos, salir de un país sin derechos a los servicios básicos, sin derechos de libertad, sin derecho a la garantía de vida.

 

La hermana de Dana había salido de Venezuela en los primeros meses del 2017. Junto a su esposo llegaron a Venado Tuerto, provincia de Santa Fe. Allí buscaron una modesta casita que alquilaron y empezaron a establecerse de a poco. En noches despejadas, cuando el cielo dejaba contemplar las estrellas, el matrimonio pensaba en Dana, quien los había despedido en el aeropuerto bajo las mantas de las lágrimas. Dana a su vez desde la distancia, extrañaba a su hermana.

 

Una mañana de julio del 2018, en Caracas se escucharon los disparos de una protesta, entonces Dana sintió una gran angustia en su pecho, miró los edificios de la ciudad, respiró profundo y decidió preparar su viaje hacia Argentina.

 

Motivada en reunirse con su hermana, Dana emprendió su nuevo destino. El recorrido fue largo, angustiante y cansador, ya que ella tuvo que salir del aeropuerto de Maiquetía (Caracas) en varias escalas, las cuales tuvieron inmensas horas de espera en Bogotá, luego en Lima y después en Santiago de Chile. A pesar de todo esto, por fin pudo llegar a Buenos Aires, y de ahí tomar un bus hacia Venado Tuerto, Santa Fe. Dana estuvo un tiempo con su hermana pero el lugar, aunque era muy bonito, no le ofrecía a ella muchas posibilidades de empleo, por lo tanto tuvo que buscar otro sitio y fue así como llegó a Córdoba. La ciudad Docta abrió entre sus manos callejones apuntando hacia las sierras.

 

Dana ha terminado de tomarse el café, se acomoda para salir hacia su nuevo empleo, vender planes telefónicos en un Call Center. Su título de Licenciada en Educación no se arrugó con su trabajo, porque ella con una voz sonriente dijo: «Aquí voy para adelante, tratando de mentalizarme, dándome ánimos a mí misma que todo va ser por un mejor bien, un mejor porvenir».

 

(Actualmente radicado en Córdoba, por razones de la diáspora  venezolana)

Moisés Cárdenas, nació en San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, el 27 de julio de 1981. Poeta, escritor, profesor y licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura.  Egresado de la ULA-Táchira. Ha publicado en antologías de Venezuela, Argentina, España, Italia y Estados Unidos. 

Finalista de la décima edición del Concurso Internacional de Poesía el Mundo Lleva Alas, Editorial Voces de Hoy, Miami, Florida, Estados Unidos de América, 2018. Finalista en el IV concurso de narrativa para autores noveles Manuel Díaz Vargas 2016-2017 de Ediciones Alfar, España. Primer premio, en el 15  Certamen Internacional de Cuento, Ediciones Mis Escritos,  con la obra “Puede ocurrir”, Buenos Aires, Argentina, 2016.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Junho de 2019


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Alice Macedo Campos, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Maria Estela Guedes, Maria Toscano, Myrian Naves


Colaboradores de Junho de 2019:

Henrique Dória, Conselho Editorial, Adán Echeverría, Adelto Gonçalves, Alberto Bresciani, Amanda Avils ; Nilo da Silva Lima, trad., Beatriz H Ramos Amaral, Caio Junqueira Maciel, Calí Boreaz, Carlos Barbarito, Carlos Orfeu, Cecília Barreira, Cinthia Kriemler, Edson Cruz, Flávio Sant’Anna Xavier, Frederico Klumb, Graciela Perosio, Hermínio Prates, Joaquim Maria Botelho, Jorge Vicente, José Arrabal, Krishnamurti Goés dos Anjos, Leila Míccolis, Leonardo Almeida Filho, Lino de Albergaria, Maria Estela Guedes, Marinho Lopes, Moisés Cárdenas, Montserrat Villar González, Myrian Naves; Manuel Casqueiro, Ngonguita Diogo, Reynaldo Barreto de Moraes e Castro, Ricardo Ramos Filho, Silvana Menezes, Tiago D. Oliveira, Waldo Contreras López, Walter Cabral de Moura


Foto de capa:

DIEGO RIVERA, 'The marriage of the artistic expression of the North and of the South on this continent (Pan American Unity)', 1940


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR