ANO 5 Edição 80 - Maio 2019 INÍCIO contactos

Waldo Contreras López


El viejo frente al mar    

Era un viejo de los prados o los páramos, un viejo de la intemperie; alto, delgado y macizo, brazos nudosos como rama de mezquite, espalda ancha y maltratada por los rigores sin piedad de los aires, los terregales, los soles y las lunas, el fuego y el agua, los fríos de enero y los calores de agosto; tenía unas piernas recias y poderosas como los horcones que sostienen los tejados; pies llenos de callos y cicatrices, vientre plano, voraz, de buen comer, rostro de gesto rudo de mentón cuadrado, pómulos huesudos y frente alta, nariz aguileña y su sonrisa: sonrisa bella, de medio lado y medio caída, coqueta y matona de mujeres; sus ojos de color confuso, sus manos duras y rasposas como laja de río, uñas astilladas, revés peludo y capaz de derribar a un hombre más alto que él; un hombre de campo abierto con pulmones llenos del aire sano de la agreste llanura.

 

Es un jinete, torero; diablo de la botella de vino; dotes de violinista y cantar grave y serio; una enredadera tupida de anécdotas y cuentos sin fin. Sus hijos le aman, sus nietos. Su mujer dice que bendito el diablo que le atravesó ese portento.
 
Él contaba con 81 años de edad parado como los robles y se quejaba nada más de que cada vez veía menos los amaneceres vibrantes y los pájaros del alba, la carrera de la gallina, el coralillo enroscado y la garrapata en la vaca; la liendre en la gallina y la mosca en los guisados.

 

Sus cuatro hijas le hicieron la coperacha y lo llevaron a operar las “cataratas” en sus ojos que le estaban envolviendo en un mundo de contornos y manchas. El doctor fue muy bueno y una primavera espectacular le quitaron el vendaje de la última operación; y se sintió deslumbrado por un crepúsculo que casi había olvidado, se vio sorprendido como niña quinceañera por las palomas tímidas que huían espantadas de aquella ventana del hospital general.

 

En semana santa lo llevaron a conocer el mar: y al entrar la camioneta a la línea de la playa el viejo no pudo contener su expresión de asombro ante esa sobrecogedora inmensidad. Pisó la arena cálida y húmeda, ese grave cosquilleo jamás vivido. Se estremeció ante el estruendo de las olas venidas de todo el mundo, tembló al sentir el golpe espumoso y como lija del agua helada, dio un salto de angustia al sentir el azote del agua en su vientre y sufrió un ataque de pánico al quedar cegado totalmente por unas gotas de esa bravura líquida…se sintió perdido al borde de ese monstruo enorme.

 

Dos fuerzas de la naturaleza del Dios de todos los mundos frente a frente. Y el viejo fue sacado al fin de las fauces de la bestia y lo sentaron a muchos metros de la orilla para que, por si fuera poco aun, se pusiera a contemplar la caída del sol. El viejo suspiraba a cada rato profundamente y se quedó pensativo mucho tiempo.

 

Pasaron tantos años antes de que me sentara a su lado a escuchar sus palabras, y en un bello atardecer me contó que hacía mucho tiempo que había estado esperando la muerte, que todas las tardes se había sentado bajo la sombra soporífera del portal en una espera resignada y triste pues el mundo se estaba acabando; pero también me contó que desde el día del mar hasta esos momentos le tenía un miedo atroz a ese asunto de morir, que le parecía imposible dejar este mundo; porque: ¿qué sería de la bendita tierra y sus vacas, gallinas y puercos? ¿Qué sería de la parcela con sus varas de dulce maíz y caña, del sabor de la lima y la guayaba? ¿Qué sería sin el de esos amaneceres vibrantes y todos los pájaros del mundo cantando? ¿Qué sería del medio día ardiente y los atardeceres y sus crepúsculos y sus mosquitos? ¿Qué sería sin el de esas noches de café y canela, de cuajada y tortilla, de su mujer en su cama solitaria, de las madrugadas y el canto de los grillos espantando el grito de las ánimas? ¿Qué sería del mar inmenso con su estruendo y su fuerza interminable, su agua cegadora y su espuma hiriente? ¿Qué sería de estos milagros, qué será del mundo sin él?

 

No quiero morir hijo, no quiero morir jamás, pero el día que muera en lugar de sepultarme denle de comer mi cuerpo al mar, me dijo. El viejo se enamoró del mar, pero no se enamoró como esos jóvenes poetas; aquel lejano día de semana santa ese anciano hizo el amor con la naturaleza, hizo el amor con la vida por segunda vez, hizo el amor con un todo… descansa en paz ya. Él me ha dejado como herencia todo ese inmenso mundo lleno de animales, vientos y chubascos, calores y frío...mujeres solitarias…mares que enamoran.

 

También quisiera terminar en las fauces de uno de estos monstruos que habitan esta tierra.

 

Waldo Contreras López.

Narrador y poeta.

Nacido en Culiacán, Sinaloa, Mexico.

Licenciado en psicología. Estudiante de Lenguas y literatura hispánicas para la Universidad Autónoma de Sinaloa.

Colaborador en Revista “Pitraña”, México (narvíboros).

Colaborador, editor y columnista en Revista “Delatripa”, narrativa y algo más.

Ha colaborado en Revista “El Guardatextos” y Revista poética “Azahar”.

Actualmente radica en Guadalajara Jalisco, México.

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Revista InComunidade, Edição de Maio de 2019


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