ANO 5 Edição 79 - Abril 2019 INÍCIO contactos

Moisés Cárdenas


Un puente de alambres de púa    

La noche del 22 de febrero de este año 2019, todos estábamos atentos y expectantes a través de los celulares, esperando alguna información sobre lo que podría pasar la mañana del 23 de febrero. Desde la distancia, nos comunicamos con los familiares y amigos que estaban en Venezuela. Nos informaron que el gobierno socialista, había ordenado el cierre de la frontera. La autoridad manifestó que el puente binacional Francisco de Paula Santander que comunica la población de Ureña (Táchira) con Cúcuta (Colombia) estaría con barricadas. Así mismo el puente Internacional Simón Bolívar, que une la ciudad de San Antonio (Táchira) con Cúcuta (Colombia) tendría pesados candados de encierro. Y los alambres de púa estarían sobre los dos puentes binacionales.

 

Por los distintos grupos de WhatsApp, corroboramos la noticia y de inmediato nuestros corazones palpitaron. Esa noche del 22 de febrero nos acostamos con un extraño dolor en el pecho. Cuando el cielo dejó salir al sol,  nos enteramos que un centenar de personas se encontraban derribando las barricadas en el puente Francisco de Paula Santander. Por el lado colombiano, la gente vestía camisas blancas con chalecos azules y muchas personas con gorras tricolores. Del lado venezolano, se encontraban apostados con uniformes de la Guardia Nacional Bolivariana, un nutrido grupo de hombres y mujeres que apretaban  fusiles y escudos ante la mirada severa de un general. Los manifestantes pedían a gritos el ingreso de la ayuda humanitaria.

 

Los funcionarios comenzaron a mirarse unos a otros, cuando en el ambiente irrumpieron las estrofas del Himno Nacional:
Y el pobre en su choza
Libertad pidió:
A este santo nombre
Tembló de pavor
El vil egoísmo
Que otra vez triunfó.
Gloria al bravo pueblo
Que el yugo lanzó
La Ley respetando
La virtud y honor.

 

De pronto, una mujer que vestía de blanco y llevaba en su cabeza la gorra tricolor, levantó unas de sus manos en donde ondeaba una pequeña bandera de Venezuela, y gritó frente a la fuerzas del régimen:
-¡Libertadddd!

 

Sus ojos sollozaron. Y las pieles de algunos oficiales temblaron por la desesperación de la mujer. En el lugar, la espesa humedad se hacía sentir en el rostro de todos, de las frentes caían gotas de sudor. Las aves, que días antes se posaran en los árboles, esa mañana del 23 de febrero se habían ido. Mientras el puente era convulsionado por gritos de libertad, no muy lejos de ellos, en algún lugar de la ciudad de Cúcuta, se preparaban unos camiones para trasportar la ayuda humanitaria hacia Venezuela.

 

En el otro puente binacional, que comunica la ciudad de San Antonio (Venezuela) con la ciudad de Cúcuta (Colombia) una gran cantidad de personas discutían con las fuerzas militarizadas bolivarianas que pisaban la estructura del puente Internacional Simón Bolívar. Un hombre delgado con rostro harapiento, tomó entre sus manos un envejecido billete de 10 bolívares, y lo mostró hacia el rostro hostil de los uniformados. Detrás de él, se escuchaban decenas de personas pidiendo a gritos la entrada de alimentos y medicinas. Pero frente a todos, la espesa humedad sofocaba los rostros, mientras los pájaros también en esa parte del puente huyeron.

 

Unas horas después, del lado venezolano en las ciudades de Ureña y San Antonio, se desplazaron en motos, hombres encapuchados portando en sus manos pistolas, con sus miradas se delataban que estaban a favor del régimen. Luego se acercaron otra cantidad de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana para amenazar a los pacíficos manifestantes. Los minutos fueron trascurriendo, las agitaciones palpitaron en cada uno. Cuando de pronto, la impaciencia los emborrachó a todos. Las personas deseaban desesperadamente que ingresaran los camiones por los puentes que conducen hacia Venezuela, pero las fuerzas del poder, acompañadas de civiles armados, reprimieron a los venezolanos. Y fue allí que, desde el humo de cauchos quemados, se levantó una feroz y sanguinaria batalla.

 

Los puentes Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander, eran estremecidos por los gases lacrimógenos que fueron usados para dispersar las manifestaciones.

 

Las personas en Cúcuta (Colombia) sintieron impotencia al ver como al otro lado de la frontera, era incendiado un camión que llevaba alimentos y medicinas para paliar la grave crisis humanitaria que vive la nación caribeña. Los rostros iracundos de los colectivos armados y los ojos de sumisión de los militares, asustaban a una población desarmada. Entonces, un montón de jóvenes delgados, se quitaron las camisas, y se taparon sus rostros. Se agacharon y buscaron todas las piedras posibles alrededor. Las lanzaron con fuerza. Se enfrentaron una vez más, venezolanos contra venezolanos. Unos, anhelando la libertad, otros, embrujados por el poder.

 

Las cámaras de televisión y las pantallas de los celulares, mostraron las escalofriantes escenas. Criminales fuertemente armados disparaban contra la población civil que pedía con desesperación: «¡Ayuda humanitaria, por favor!»

 

La noche fue cayendo, y los hospitales se llenaron de sufrimiento, y mucha sangre se esparció en el suelo. Sobre las camillas posaban algunos cuerpos flacos y otros gordos, pero todos tenían algo en común, los ojos de la soledad. Aunque estaban estrechados unos con otros, era una sensación solitaria, de estar rodeados por balas de muerte. Los hombres de verde no se unieron a ellos como esperaban que sucediera, cuando en horas tempranas les habían pedido a gritos que depusieran de las armas y estuvieran con ellos.

 

Solo unos pocos dejaron al régimen, y cruzaron hacia Colombia en donde se escucharon sus voces.

 

Ramón un joven militar de 23 años que se refugió en Cúcuta (Colombia) comentó una de las razones por las que él huyó: En la noche del 23 de enero, en un barrio de Caracas él vio como unos policías habían matado a tres personas y las cargaron en camiones. También explicó que su sueldo no alcazaba para nada mientras sus generales se enriquecían, entonces decidió huir. Aunque Ramón está en territorio colombiano, no deja de pensar en toda la violencia desatada por el gobierno contra la población civil, y desde la distancia llora pensando en su familia que está en Venezuela. Su corazón palpita de sufrimiento, cuando los fantasmas cubren su mente, imaginando que las fuerzas del presidente puedan atacar a su familia.

 

Después de aquella batalla campal, muchos se animaron como Ramón, a salir de las filas castrenses. Pero la verdad, fueron pocos, en comparación al gran número que hay en los cuarteles. Sin embargo, fue admirable la valentía de estos desertores, porque de alguna forma expresaron su descontento contra un gobierno tiránico.

 

En una pequeña iglesia de Cúcuta, el párroco acogió a varios soldados venezolanos, les dio comida y agua. Notó muchas heridas en rostros y cuerpos de los militares. Alzó su mano y los bendijo a todos. Algunos uniformados estaban nerviosos y otros en estado de shock por las crudas escenas de represión contra pacíficos manifestantes que solo deseaban comida y medicamentos.

 

Una mujer militar desertora, comentó frente al cura y a un grupo de civiles que fueron a entrevistarlos, que ella estaba pensando que no podía dañar a su propia gente. Luego respiró profundamente y agregó:
«Mi hija todavía está en Venezuela y eso es lo que más me duele. Pero hice esto por ella. Es difícil porque no sé qué le pueden hacer».

 

Los sollozos de un joven uniformado después de hablar por el celular con sus familiares, entristecieron al Sagrado Corazón de Jesús que cuelga en una pared. Hubo un silencio en el recinto, un denso calor entró por las ventanas de la iglesia. De pronto, un hombre militar de 29 años, dijo:
-Las fuerzas armadas se han derrumbado debido a tantos oficiales corruptos. Los militares profesionales están cansados. No podemos seguir siendo esclavos, nos estamos liberando.

 

Seguidamente otro expresó con la garganta entrecortada:
-Me sentí impotente e inútil al ver como los venezolanos luchaban en las calles por la ayuda humanitaria. La verdad sentí dolor por todo lo que sucedió.

 

Y el mundo vio lo que ocurrió ese día. Gases lacrimógenos y balas de goma, junto con encapuchados en motos, bajo las órdenes de hombres vestidos de verde, disparaban a sangre fría contra venezolanos que apretaban sus estómagos por el hambre severa de sus casas.

 

Mientras tanto, a cientos de kilómetros del lugar de los acontecimientos, en la frontera con el Brasil, en el municipio de Paracaima, una gran cantidad de población indígena se enfrentó con integrantes de la Guardia Nacional Bolivariana y de la Policía Nacional Bolivariana. Los uniformados también impedían el paso de la ayuda humanitaria y la autoridad la ejercieron con balas.

 

Un denso humo negro inundó el país, de extremo a extremo. Nosotros que estábamos distantes de Venezuela, sentimos ganas de llorar al contemplar los ojos de aquellos manifestantes que dieron sus vidas ante las bombas. Pero también nuestros oídos se quebraron cuando escuchamos la voz enloquecida del presidente frente a sus simpatizantes, que les dijo: «Los hemos derrotado», en referencia al intento del ingreso de la ayuda humanitaria.

 

Moisés Roberto Cárdenas Chacón, nació en San Cristóbal, Estado Táchira, Venezuela, el 27 de julio de 1981. Poeta, escritor, profesor y licenciado en Educación Mención Castellano y Literatura.  Egresado de la ULA-Táchira.

Ha publicado en antologías de Venezuela, Argentina, España, Italia y Estados Unidos.  Entre sus obras:

Publicación digital, “Obra poética y narrativa”, Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses, volumen 208, BAT. San Cristóbal, Tachira, Venezuela, 2018. Poemario infantil “Mis primeros poemas”, Ediciones Ecoval, Córdoba, Argentina, año 2015. Poemario “Poemas a la Intemperie”. Editorial Symbólicus, Córdoba, Argentina, 2013. Poemario “Duerme Sulam” Editorial Cecilio Acosta, Museo de Barinas, Venezuela,  2007. Poemario “El silencio en su propio olvido”, Ministerio de Educación (IPASME) Caracas, Venezuela, 2008. Actualmente colabora con artículos literarios la revista Digital Incomunidade, Oporto-Portugal. También dicta cursos y talleres literarios.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Abril de 2019


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Alice Macedo Campos, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Maria Estela Guedes, Maria Toscano, Myrian Naves


Colaboradores de Abril de 2019:

Henrique Dória, Adán Echeverría, Adelto Gonçalves, Alexandra Vieira de Almeida, Alexandre Brandão, Amoi Ribeiro, Angelo Abu, Caio Junqueira Maciel, Camila Olmedo, Carlos Alberto Gramoza Vilarinho, Carlos Emílio Faraco, Humberto Guimarães, Carlos Matos Gomes, Cássio Amaral, Constâncio Negaro, Danyel Guerra, Deisi Scherer Beier, Delalves Costa, Eduardo Wotzik, Hélio Aroeira, Henrique Prior, Jesús Fuentes, José Arrabal, José Gil, Leila Míccolis, Marcelo Frota, Marcia Kupstas, Marcus Groza, Maria Alice Bragança, Marinho Lopes, Moisés Cárdenas, Mulherio das Letras, Patrícia Porto, Paulo Loução, Ricardo Ramos Filho, Rocío Prieto Valdivia, Viviana Bosi


Foto de capa:

MARC CHAGALL, 'Crucificação branca' (1938)


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR