ANO 5 Edição 78 - Março 2019 INÍCIO contactos

Fabián Soberón


Literatura contemporánea: la bestia anarquista    

Nada, habiendo llegado, permanecerá.
Raymond Carver

 

 “Es muy difícil la originalidad en aquello que muchos han tratado, y obrarás con acierto tomando de la Ilíada el argumento de tu tragedia antes que aventurarte a componerla sobre hechos del todo ignorados y nuevos”.
Horacio, “Arte poética”

 

      No voy a hablar de literatura en singular sino en plural. Voy a referirme a las escrituras y los lectores. Me interesa pensar de qué manera se establece entre los lectores y las escrituras ese fenómeno fugitivo e inasible que llamamos lo contemporáneo.

 

   A veces, lo más contemporáneo es lo antiguo, lo clásico, lo viejo o lo anterior. Creo que hay que tener cuidado con definir rápidamente lo contemporáneo.  A veces se asocia lo contemporáneo con lo actual, con lo moderno. Yo, a veces, supongo que el prejuicio adanista campea, abunda, entre los lectores supermodernos, superafilados y cool. Por eso, suelo tener cautela a la hora de pensar lo contemporáneo. Un autor, un libro, un cuento es contemporáneo cuando interpela a los lectores. Hace poco leí la traducción que hizo Jorge Aulicino de la Divina Comedia. Con la versión de Aulicino, sentí que Dante me hablaba cerca, sentí la voz de Dante como un susurro. Dante me interpela en la traducción de Aulicino. En este sentido, Dante es mi contemporáneo. La Comedia me ha hecho pensar en mis conflictos estéticos, en mis dilemas morales. Me parece que a veces hay una especie de apresuramiento en definir lo contemporáneo. Hay una especie de mandato de época, como si fuera algo urgente. Y nada es menos urgente que lo que sobrevive. Vivimos atrapados por el viento feroz de la vida vertiginosa. ¿Qué relación tiene la lectura con lo vertiginoso?

 

   Lo contemporáneo no es lo que coexiste conmigo como lector sino lo que sobrevive. ¿Quién sabe cuántas novelas, cuentos, poemas van a quedar? Lo contemporáneo es lo que sobrevive. Las escrituras que sobreviven serán las verdaderas contemporáneas.

 

   ¿Quiénes deciden qué es lo que queda? ¿Quiénes deciden qué libros sobrevivirán? Esta es una cuestión política. Lectores, críticos, industria: todos juntos nos ayudan a definir lo que queda. ¿Pero quién lo sabe por anticipado? Nadie. Esto es parte de la política de la crítica, política del periodismo, política de la lectura. ¿Acaso lo que brilla hoy es lo que quedará? El quid del crítico no es hacer futurología sino pensar el presente. Y a la hora de pensar el presente se vale de categorías del pasado. Siempre que intentamos leer el pasado lo hacemos desde el presente. Y cada vez que intentamos leer el presente lo hacemos con categorías del inmediato pasado. ¿Quién puede ufanarse de estar a la altura de su tiempo? Sólo los adelantados, los visionarios. Y aquí nadie es un adelantado. O, en todo caso, yo prefiero a los que saltan, a los lectores salteados, como quería Macedonio Fernández. Me interesa, entonces, hablar de los escritores que saltan y de los lectores que saltan.

 

   Los grandes críticos son los lectores que saltan, que piensan a la inversa del canon, los que hacen pasos en falso, los que miran de soslayo, los que no siguen las modas, los que tiran una piedra en el vacío, los que escriben en la arena lo que el mar se lleva al instante. Me interesan los lectores que leen a Góngora para pensar la poesía contemporánea. Los que se postulan a presidente como un gesto literario.

 

   ¿Quiénes son nuestros contemporáneos? Me parece que en estas preguntas se cifran las elecciones estéticas de un escritor. ¿Con quiénes dialogo? ¿Con quienes comparto mi escritura? ¿Quiénes me influyen? ¿Quiénes son mis lectores? Hay una dimensión contemporánea inevitable. Los lectores leen en el presente. Pero lo hacen signados por prejuicios del pasado. A veces las escrituras pasadas son las mejores contemporáneas. Kafka siente que Flaubert es su contemporáneo. Borges siente que Kipling es su contemporáneo. Hemingway cree que su mejor elección estética es la novela y se equivoca. A veces los escritores se equivocan. Y el equívoco forma parte de la conformación del canon. Lo que pasa es que algunos críticos creen que son inmunes a los prejuicios. Pero algunos creen que no tienen prejuicios. Se sienten voceros de un Dios, se sienten lectores absolutos. Se sienten Wagner y no Stravinsky. Y los que antes consagraban a Borges, hoy consagran a Aira o a Saer. Los prejuicios cambian. Me parece que debemos pensar en la cuestión móvil de la literatura. Las escrituras conforman un río. Ya lo dijo muchas veces Heráclito: nadie puede decir dos veces lo mismo sobre el mismo río. En las escrituras contemporáneas no hay centro. No hay un centro estético. O, en todo caso, todo centro es móvil, histórico. Entonces, lo que hoy es el centro, mañana, es probable, no lo será.

 

   Los cánones son móviles. Los centros son móviles. Para ser centro, solo basta tener una serie de acólitos. Y eso cambia. Los prejuicios cambian. Sólo basta tener un grupo de difusores, un grupo de prejuiciosos que creen que tienen la verdad.

 

   La literatura es anarquista. La literatura es una bestia. Pero no pop. Es una bestia anarquista. En el presente conviven múltiples escrituras, diversas estéticas. Todas pueden aspirar al centro. Pero el centro se mueve. Y ninguna estética tiene la verdad. La verdad es un ejército móvil de metáforas, decía Nietzsche. La verdad en literatura no existe. Existen las múltiples opciones estéticas. Y todas son válidas. Ayer el centro fue Lugones, luego Borges, Luego Piglia, luego Aira, luego otro, luego otros.

 

   La literatura no tiene centro. O, mejor dicho, es anarquista.

 

   Hay muchos estadistas. Hay muchos amantes del poder. Críticos, escritores, reseñistas, lectores. Todos, o casi todos, aspiran al centro, al cargo presidencial. Yo prefiero los anarquistas que se burlan de la presidencia, los que se postulan como un gesto literario, como Macedonio. Yo prefiero a los cínicos, a los que desprecian el poder.

 

   En todo caso, habría que ver cómo hacemos para convivir con eso: con la disipación permanente del centro. Hay que pensar en la felicidad que trae la idea de la pérdida permanente del centro.

 

El gueto de los poetas

 

  ¿Qué sucede con los poetas? ¿Cómo se generan los circuitos de lectura? ¿Quiénes leen poesía? ¿Hay un único canon?

 

  Los poetas suelen reunirse en guetos, como los matemáticos, pero no producen conocimiento y sólo muy pocos pueden producir piezas memorables o dignas de ser recordadas. La mayoría de los poetas cultivan la religión de la poesía y siguen a su Diosa como fieles sumisos embelesados o como discípulos irracionales que enaltecen a la poesía siguiendo patrones o lugares comunes, rituales mínimos, repetidos de generación en generación. La mayoría de los poetas jóvenes se creen poetas antes de haber alcanzado una dignidad mínima. En eso consiste básicamente la enfermedad de los poetas. Creen ser algo antes de haberlo logrado. Uno de los problemas es que no hay un criterio serio para definir la mayoría de edad (como quería Kant) de un poeta. En muchos casos, es el propio gueto el que define o santifica a un poeta joven como alguien apto para ocupar el trono de poeta mayor. En esos casos, si la validación o la legitimación provienen del propio gueto, es imposible encontrar una regla externa o alguna forma de legitimación que no esté teñida de los intereses del grupo. En el caso de las matemáticas, ocupación que suele producir guetos o cofradías, hay criterios racionales que ayudan a definir si el aporte de un matemático joven es significativo o no. En el caso del gueto de los poetas, los criterios suelen ser reglas internas de los guetos o meros artilugios antiguos heredados que enturbian la mirada o enceguece a los "jueces".

 

   Los poetas se quieren o se odian. No hay medias tintas. Son amigos, muy amigos, e intercambian los libros y usan los libros como bienes de uso. Prestan y regalan sus libros. Hacen del libro un culto de la amistad. Y establecen rápidamente jerarquías. Está el poeta célebre, el clásico, el genio. Están los poetas emergentes, esos semi desconocidos que están ascendiendo en el cielo poético, están los marginales con vocación de marginales, están los que aspiran a ser poetas y que nunca lo serán.

 

   Todos los poetas quieren ser poetas y juran que es la vocación artística por excelencia. Sienten que ser poetas es lo mejor que hay y sienten un regodeo extraño, y se miran al ombligo propio y al ombligo de sus admirados maestros como si eso fuera el único mundo para conocer. Por supuesto que los poetas jóvenes saben que hay otros mundos pero están convencidos de que el arte mayor es la poesía y que aunque otros escritores sean célebres jamás alcanzarán la estatura de los poetas.

 

   En este marco, los poetas se mueven en círculos cerrados, en guetos de poetas, en escenarios reducidos que no producen ningún terremoto ni cambio brusco. Los medios de circulación son los mismos desde hace años. Y los criterios de validación son similares. Las lecturas se acumulan y los lectores proliferan de acuerdo a los vientos favorables de los tiempos.

 

   Con la poesía no hay problema. El centro es una torta para pocos. Y los grupos se ocupan de producir centros. Los cánones están aislados. Y cada grupo consagra a uno o dos como poetas líderes o genios. Son muy pocos los que llegan a la difusión comercial. Esos pocos siguen algunas reglas de los nuevos medios.

 

   En los círculos poéticos, funciona de manera más clara y evidente la erosión anarquista. Cada grupo tiene su centro y los centros son móviles, históricos. Aunque a veces predomina un culto, no pasa mucho tiempo y ese culto es cuestionado y aparece otro.    Quizás de modo paradójico, en la esfera donde más rápido se generan los guetos es donde más rápido se mueven los centros. El mapa de la poesía es un laberinto móvil, un conjunto espeso y relativo, un bosque lleno de poetas que corren para el mismo lado y luego para otro, y luego para otro. La poesía de hoy se mueve continuamente. No hay un punto fijo.

 

Facebook, el cine y la TV

 

   Los escritores recurren a diferentes soportes para difundir sus medios. Sergio Pujol sostiene que la música contemporánea ya no se piensa autónoma, separada, sino en función de medios como la televisión, el cine y la imagen. En este sentido, habría que pensar qué lugar le cabe a la imagen en la difusión de los autores de nuestro tiempo. Pienso en la creación de booktraillers por parte de escritores y editoriales. También en los videos que acompañan la difusión y presentación de libros. Mientras los grandes editores lanzan campañas hechas de marketing y publicidad comercial, los pequeños editores y los escritores independientes agregan sus imágenes en Facebook y buscan la forma de alcanzar a los lectores a través de los diversos soportes digitales. Lejos de ser detalles anecdóticos, el uso de soportes de difusión expresa los modos de circulación y los tipos de lectores que conviven en la actualidad. Las escrituras no son los únicos protagonistas de la cultura contemporánea. Si en el siglo XIX, Ana Karenina leía sola en el tren, hoy los lectores leen en el ipad y escuchan música en su equipo y miran televisión muchas horas seguidas. Las lecturas forman parte de un sistema cultural diverso, amorfo, heterogéneo y dispar. 

 

   En este marco, hay que revisar la teoría del relevo según la pensó Walter Benjamin. ¿Qué lugar le cabe a la lectura en este contexto? El cine contemporáneo está pasando por un momento complejo. Pensemos en las malas películas que se hacen en Hollywood. Hoy más que nunca es cierto lo que decía Orson Welles: “Hollywood no está mal. Son las películas de Hollywood las que están mal”. La actualidad de la frase de Welles muestra que el declive del cine no es nuevo y que el éxito de las series de TV no es una respuesta al “crepúsculo de los dioses” audiovisuales sino a un conjunto complejo de factores.

 

   ¿Qué se esconde detrás del éxito furioso de las series? ¿Son el reemplazo furtivo del consumo de folletines? ¿Una serie es el sucedáneo de la adicción desmedida de la novela de suspenso? Como Ana Karenina, los lectores indómitos leían bajo la lámpara minúscula de un tren. Iluminados por la pantalla de Netflix, los espectadores del siglo XXI miran encandilados los capítulos de una serie. El fenómeno lleva largas temporadas y está cambiando el modo de ver televisión y cine. Lejos de la grilla y de la pauta regular, los espectadores afinan sus lápices visuales y rearman el mapa de lo imaginario. En este sentido, una serie es un caleidoscopio múltiple que funciona como una continua máquina de “bovarismo”. ¿Quién no quisiera formar parte del mundo de Breaking bad o de House of cards?

 

   Conozco espectadores apasionados, insólitos, desmadrados, que dejarían a su novia esperando en el altar por el último capítulo de su serie preferida. Y también están los que consumen dos o cuatro series a la vez. No hay límite, no hay orden en el goce. Una serie es para ellos como una droga que se sirve en porciones intensas.

 

   La serie contemporánea combina adrenalina, una mezcla proporcionada de géneros, personajes que crecen como montañas filosas, acción y filosofía para principiantes. Una serie lograda es el resultado de la pulsión de los capítulos adictivos y la producción esmerada, lujosa y prolija de un largometraje. En ese sentido, las series están haciendo lo que a veces falta en la industria del cine: grandes producciones con historias originales. Creo que la brillantez de algunos guiones mejora algunas malas películas de Hollywood. Se puede  empezar a hablar de las series de TV como un espacio que ha capitalizado la antigua creatividad cinematográfica.

 

   Años después de su nacimiento, Madame Bovary vería series en Netflix y se suicidaría después de haber deseado la vida imaginaria de House of Cards o de Lost.

 

El futuro de la ficción

 

   “En los últimos años había perdido cada vez más la fe en la ficción. Leía y pensaba que eso había sido inventado por alguien. Tal vez fuera porque estábamos completamente invadidos por ficción y cuentos. Tanto que había perdido el sentido. Por todas partes te encontrabas con ficción.” ¿Qué dice Knausgard sobre la ficción? Knausgard desprecia a la ficción. Y en respuesta escribe Mi lucha, seis novelas de no ficción. Knausgard cree que a la ficción le ha llegado su hora. Knausgard desprecia lo inventado. Lo ficcional ha perdido valor, dice.

 

   ¿Qué sucederá con la novela, los cuentos, la ficción literaria? ¿Qué le depara el futuro? Estas preguntas no tienen respuesta, por supuesto. Sin embargo, es pertinente pensar en la teoría del relevo, de Walter Benjamin. ¿Cómo pensamos a la ficción literaria en relación con la teoría del relevo? La exigencia de realismo de la pintura pasó a la fotografía y la pintura se liberó del mandato realista. Cuando surgió el cine, la literatura se liberó del mandato narrativo e ingresó en su etapa vanguardista. Ahora, con el auge de la televisión y de las series televisivas, ¿qué suerte le toca al cine? ¿Qué suerte le queda a la literatura? El vanguardismo, la experimentación pasó a la TV, en el mejor de los casos. ¿Tomará la posta un nuevo medio narrativo?

 

Las alas del deseo

 

En la película Las alas de deseo, dirigida por Wim Wenders, unos ángeles miran la ciudad y las personas desde el ojo divino, desde las alas del deseo. Esos ángeles escuchan las conversaciones y escuchan las conciencias de todas las personas a la vez. Pueden oir la simultaneidad del mundo. Esa es una capacidad de los ángeles que no tienen las personas. Se puede pensar que las voces y las conciencias son los múltiples libros y escritores que conviven con sus estéticas dispares en el mundo contemporáneo. Los ángeles de Wenders pueden ver y analizar las muchas estéticas. Sin embargo, ninguno de nosotros es un ángel. Nadie puede decir: “Serenamente digo/ soy un ángel”, como escribió el poeta argentino Jacobo Regen. Nadie es un ángel. Y nadie puede erigirse y detectar el centro de la literatura contemporánea. Las voces múltiples conviven en un maremágnum frenético y dichoso. Y la ciudad las cobija, las hace circular, las retiene y las contiene en sus calles vacías o populosas. Pensemos en la ciudad del tiempo sin esos ángeles. O pensemos en el final de la película de Wenders: vemos un ángel que ya es un hombre y que sólo disfruta de su condición mortal. Ha perdido la clarividencia pero ha ganado el placer de las pequeñas cosas.

 

 

Fabián Soberón nasceu em J. B. Alberdi, Província de Tucumán, Argentina, em 1973. É escritor, docente universitário e jornalista cultural. Publicou o romance La conferencia de Einstein, o livro de relatos Vidas brevese ensaios sobre literatura, música, arte, filosofia e cinema em revistas nacionais e internacionais. Foi finalista do Prêmio Clarín de Contos 2008. Obteve o 2º Prêmio do Salão do Bicentenário 2010. Foi diretor da revista cultural Mil trescientos kilómetros. Colabora atualmente com La Gaceta Literaria (Tucumán), La Capital (Rosário), Boca de sapo (Buenos Aires), El pulso argentino (Tucumán), entre outras publicações culturais.

TOP ∧

Revista InComunidade, Edição de Março de 2019


FICHA TÉCNICA


Edição e propriedade: 515 - Cooperativa Cultural, ISSN 2182-7486


Rua Júlio Dinis número 947, 6º Dto. 4050-327 Porto – Portugal


Redacção: Rua Júlio Dinis, 947 – 6º Dto. 4050-327 Porto - Portugal

Email: geral@incomunidade.com


Director: Henrique Dória       Director-adjunto: Jorge Vicente


Revisão de textos: Filomena Barata e Alice Macedo Campos

Conselho Editorial:

Henrique Dória, Alice Macedo Campos, Cecília Barreira, Clara Pimenta do Vale, Filomena Barata, Jorge Vicente, Maria Estela Guedes, Maria Toscano, Myrian Naves


Colaboradores de Março de 2019:

HENRIQUE DÓRIA, Adán Echeverría, Adelto Gonçalves, André Nogueira, Artur Alonso, Augusto César, Berta Lucia Estrada, Caio Junqueira Maciel, Fabián Soberón, Fernando Maia da Motta, Gabre Valle, Gerardo Burton; Rolando Revagliatti, I Mulherio das Letras, Joel Henriques, Jorge Castro Guedes, Jorge Elias Neto, Jorge Miranda, José Ioskyn, Leila Míccolis, Luís Henriques, Luísa Demétrio Raposo, Maraíza Labanca, Maria Manuela Jardim, Marinho Lopes, Nayara Fernandes, Nuno Rau, Octavio Perelló, Ricardo Alfaya, Ricardo Ramos Filho, Rocío Prieto Valdivia, Thiago Ponce de Moraes, Zetho Cunha Gonçalves


Foto de capa:

'Frevo', Cândido Portinari, 1956


Paginação:

Nuno Baptista


Os artigos de opinião e correio de leitor assinados e difundidos neste órgão de comunicação social são da inteira responsabilidade dos seus autores,

não cabendo qualquer tipo de responsabilidade à direcção e à administração desta publicação.

2014 INCOMUNIDADE | LOGO BY ANXO PASTOR