ANO 5 Edição 78 - Março 2019 INÍCIO contactos

José Ioskyn


Poemas    

Poemas de “Mi revolución rusa”  (inéditos)

 

Entramos al palacio con los techos agujereados, las pinturas
con marco de oro, tapadas con trapos rojos
en el salón de ceremonias, unas cincuenta mujeres
cortaban y cosían, cosían y cortaban banderas y estandartes
para los muertos de la revolución, lloraban
mientras hacían su trabajo, en un pasillo un obrero joven
acostado sobre una manta, nadie le prestaba atención
a cada latido brotaba sangre del pecho perforado
con cada respiración decía: viene la paz, viene la paz
en la Plaza Roja el Kremlin temblaba, había ruido
de palas y picos, cientos de obreros cavaban fosas
a lo largo de los muros iluminados por fogatas
cantaban: enterramos ahora a quinientos muertos de la revolución
bajamos por la Tverskaya, banderas al viento
nada de popes para los funerales rojos
ningún sacramento para los muertos
el canto hizo gritar a la multitud como una onda sobre el agua
majestuosa y solemne, vimos pasar bajo La Puerta a los obreros
con sus féretros color sangre, toscos ataúdes de madera sin cepillar
sobre los hombros de esos seres rudos que caminaban
y lloraban, hasta llegar por fin a las fosas
escalando con sus cargas los montones de tierra
detrás venían mujeres, jóvenes y rotas, otras viejas y arrugadas
lanzando gritos de animales heridos, queriendo enterrarse
con sus muertos, ya que esa es la manera de quererse de los pobres
uno por uno fueron bajados los quinientos
la música subió el volumen, la multitud aumentó los cantos
mientras venia la terrible noche.
Las coronas fueron colgadas de las ramas desnudas
como extrañas flores multicolores
se escuchó la tierra a montones cayendo sobre los ataúdes.
A los que miraban con aterradora ansiedad se les dijo que este
era el reino por el cual era glorioso morir
la anestesia, la morfina lavada y roja.

 

Fue cuando terminó la batalla de Berestechko
caminé entre los cuerpos destripados
los vivos gritaban la revolución mundial
me acosté en un pajar dorado como el sol de la molienda
los haces de trigo volaban por el cielo
no sé si me dormí o las caricias del heno me volvieron loco
las puertas del cobertizo se abrieron
y entre el silbido de la madera una mujer
vestida para una fiesta se acercó
sacó un pecho del encaje negro del corsé
lo puso contra el mío
el calor sacudió los cimientos de mi alma
gotas de un sudor vivo hirvieron entre nuestros pezones
quise gritar, pero mis mandíbulas estaban cerradas
ella puso dos monedas en mis ojos
se apartó de mí y de rodillas dijo
Jesús recibe el alma de este siervo:
de ese sueño nunca pude despertarme.

 

Al alba – el pillaje
salen los hombres, prometen volver con alimentos
a la tarde vuelven, cansados, pálidos y rojos
manteca, oro, paño, paño, oro, manteca
¿y el vino? No había – dicen las mujeres:
la patrona, la empleada, la suegra, sirven la mesa
la sirvienta canta, dice que tiene miedo de todo,
miedo de agarrar un hacha cuando ve el cuello blanco
y largo de la patrona, los hombres le prometen
un vagón con harina: palabra de soldado
ella cuenta en silencio el botín del día:
dieciocho libras de mijo, quince libras de harina
cuatro libras de manteca, ámbar, oro
y tres muñecas para su hija, cuando la tenga.

 

El nombre de mi amigo es Sasha
aunque le dicen Cristo por su mansedumbre
vinimos juntos al frente, y antes de dormirnos me cuenta
que su padre es carpintero, me cuenta cómo años antes tomaban té
cuando una mendiga apareció  y pidió una moneda
hizo una reverencia hasta el suelo, desplegó el pelo gris cubierto de polvo
y después de recibir una comida se acostó en la cama del padre
luego le tocó el turno a él, que tenía trece y no había estado con mujer
esa tarde agarró la mala enfermedad, la sífilis
padre e hijo se curaron con hierbas hasta que llegó la primavera
y volvieron a las labores del campo.
Ahora Sasha y yo dormimos en el campo segado
el té que sobra reposa en una cazuela chamuscada
cada uno de nosotros tiene el pie atado a un caballo hambriento
son los que se escapan cuando pueden, cuando el dueño se distrae
también nuestros pies querido Sashka están atados entre sí
también nos hemos contagiado la enfermedad, la de la guerra
la de la amistad, la del amor entre dos que combaten juntos.

 

Las noticias siguen circulando
verdaderas o falsas lo mismo da
escucho: estamos jodidos
y no se si reírme, cada tanto ojos y fusiles me apuntan
matan a cuatro junkers, hermosos jovencitos de dieciséis años
como siempre los cadáveres quedan tirados en la calle
las botas son robadas
esa es la noticia hoy: la muerte en la calle
es bella, esos jóvenes son hermosos aún muertos
los busco en la calle y cuando los encuentro
no paro de contemplarlos.

 

Poemas de “Acerca de un imperio” Ediciones Del Dock, Buenos Aires. 2014

 

Indolencia

 

Gaius Plinius
caballero provinciano
casó tres veces.
La primera por inconsciencia
la segunda por interés
la tercera por amor.
No tuvo hijos.
Conversaba con sus amigos
por correspondencia.
Cuando su tercera esposa enfermó
se convirtió a la desidia, al ocio.
Su desencanto hizo escuela
en funcionarios y poetas
que languidecen
y se suicidan
casi sin darse cuenta.

 

Una romana

 

No te quejes, Aulus
cuando hables a una romana
y ésta se quede en silencio:
no hay mayor placer
que dedicar palabras
encendidas
a una mujer
que permanece en su sitio
y no huye.
Eso muestra que lo disfruta
pero es pudorosa.
Si eso no enciende tu deseo
¿Qué lo hará?
¿Prefieres que te conteste
como un soldado?
Su silencio solo dice:
dame tus palabras
más y más
y, por favor
no te detengas.

 

La nodriza

 

Entrego su cuerpo
a médicos y sacerdotes
ellos lo cubrirán con aceites y vendas
lo secarán por siempre.
Un joven sorberá sus sesos
con una caña por su nariz.
Les doy sus juguetes
de piedra y papiro
para cuando despierte
junto a su madre Isis.
No está muerto
está por nacer.
Dentro de cinco mil años
volverá a beber mi leche de nodriza
en el campo negro de la noche.

 

Música en el Sahara

 

Mi esposa es negra
mi amante es negro.
En el desierto
cuando un camello
camina hacia atrás
el tiempo se detiene.
Voy hacia la montaña
descanso sobre una piedra
sueño con una habitación azul
y un instrumento con teclas
que hace el sonido de la lluvia
ésa de la que me hablan
los viajeros.

 

Celos

 

Ese hombre a tu lado
escucha tu voz, tu risa
se me sale el alma del pecho
mi voz no tiene palabras.
¿Qué es una voz sin palabras?
¿Acaso se me ha roto la lengua?
Siento un zumbido en los
oídos
como un enjambre de abejas
ellas también se ríen
de mi turbación.
Siento mi muerte lejos
porque sufro
(sufrir es estar vivo, tonta)
y todo hay que soportarlo

incluso el amor.

 

José Ioskyn nació el 20 de agosto de 1962 en la ciudad de La Plata (donde reside, alternando con la ciudad de Buenos Aires), la Argentina. Es Licenciado en Psicología (1991) por la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de La Plata. Artículos suyos de psicoanálisis han sido publicados en medios digitales, tales como la revista de psicoanálisis y filosofía Consecuencias, de la Escuela de la Orientación Lacaniana, la revista de la NEL de México, el blog Liter-a-tulia de España, y Acheronta, de su país. Asimismo, un artículo suyo integra el volumen colectivo “Las fórmulas del deseo” (Editorial Tres Haches). Fue incluido en la antología de ensayos “Viel Temperley” (Ediciones del Dock, 2017) y en la de cuentos “Textos 1” (La Comuna Ediciones, 2017). Publicó los libros “El mundo después” (cuatro cuentos largos, Editorial Paradiso, 2013); “Literatura y vacío. Psicoanálisis, escritura, escritores” (ensayo, Editorial Letra Viva, 2014); “Nunca vi el mar” (poesía, Editorial Huesos de Jibia, 2014), “Acerca de un imperio” (poesía, Ediciones del Dock, 2016); “Manual de jardinería” (novela, Editorial Barnacle, 2016), “Un lugar inalcanzable” (novela, Editorial Griselda García, 2018).

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Foto de capa:

'Frevo', Cândido Portinari, 1956


Paginação:

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