ANO 5 Edição 76 - Janeiro 2019 INÍCIO contactos

Mariana Sosa Azupian


La estadía de Eros

Yo tengo un mundo

 

         distinto

 

distante del resto

 

tengo un mundo
 
que me reclama su verso

 

en el aire rítmico de una

 

mañana de invierno.

 

Un mundo

 

distinto y distante.

 

Sólo de restos.

 

 

 

 

 

 


En la tarde, esa la luz amarillenta,
colada de un sol reluciente de lluvia acabada.
En el crepúsculo verde.
Pienso.
Allí que suspiro temblando un poco.
Que miro un momento
Que veo la ausencia
Que siento la soledad
Que entiendo la muerte
Que entierro el día
Que pasó igual,
Suspendido.
El tiempo
no cambia.
No pasa.
No cuento.
No respiro.

 

Negro suspiro final de aliento y la noche.

 

 

 

 

 

 

 


Aquí
el suelo lleno de derrota, se gana se compite se supera se ama se engaña.
Lo que uno comienza a descartar,
desciende en un  apropiarse de

 

La vida,  este infierno.

 

 

 

 

 

 


repique de agua, de colores.
paraíso de cuerpo ardiente, latente.
de colores.
El humo blanco cristaliza el tiempo y me conquista, me coloniza penetrante.
Y se vuelca y cae de bruces la torpeza
y te caes, te vas.

 

Y no vuelves.

 

 

 

 

 

 


El cuervo te mira con sus ojos redondos.
El cuervo te observa para ver
si le dejas parte de tu alma
la selva negra tan áspera
y tan fuerte
tan fiera de cenizas negras
devoraba la pantera,  la carne
y la loba roía los huesos.
Los cuervos se asoman
en la playa donde el náufrago finalmente
rendido de lucha se aferra a la vida
pero no sabe que esto recién es el comienzo
El purgatorio de la vida.

 

El infierno del alma.

 

 

 

 

 

 


No es Pandora.
No se guarda secretos.
Recuerdo la melodía de un tango,
tal vez Piazzolla.
Recuerdo el violento violín dulce.
Me desarmo de lágrimas.
Pienso que detrás de la música no hay nada.
No hay nadie.
Nada.
No hay nadie para tomar de mi mano
y preguntarme si me gusta lo que escucho.
Si la música me transporta
a una geografía fantástica.
No es Pandora.
No hay nada que revelar.
La muerte tapa los sentidos.

 

Los hunde despiadadamente.

 

 

 

 

 

 

 


De deshechos soy cántaro.
El viento detenido juega en mi mano y sólo
para ser soplado luego, después, despacio
en la mañana
con voz ronca y deshilada
con música sorda sin rima
ni calma.
El ruido de las hojas secas.
Luego el desmayo otoñal
que anuncia la muerte de un ciclo
un comienzo huérfano
la mutilación del alma
del cuerpo
mi lengua.

 

La paz.

 

 

 

 

 

 

 


Entonces se produjeron los prodigios.
Lentamente la luz comenzó a disminuir
y una ráfaga.
El aroma a flores,
a plantas muy verdes.
Renaciendo
como un manto de oro.
Despacito fui desnudando mi olfato
En cuclillas desenterrando
el agua de la tierra
y de a poco desalojando mis cabellos
aún secos,
de toda sensación impura.
En la escena de los prodigios
me desenvuelvo
me rompo en pedazos
y de nuevo

 

Ave fénix de los misterios.

 

 

 

 

 

 

 


La lavanda empezó a mecerse
con ágil suavidad.
Con mis manos cansadas
Tomo el perfume delicado y violeta
en el pequeño rincón del jardín.
Del naranjo cae una flor
El viento del verano se une
a los sentidos. Mis manos pueden atraparlos.
Una torcaza monta vuelo repentino.

 

Y yo la sigo hacia el sol azul infinito.

 

 

 

 

 

 

 


En el instante en que me levanto,
abro las persianas
y me encuentro a Perséfone parada en medio del jardín de los prodigios,
con lágrimas en los ojos.
El cabello era muy largo.
Las dos nos tomamos de la mano.

 

Esperamos juntas el invierno.

 

 

 

 

 

 

 


Bajé las escaleras de mármol
y con los pies fríos
salí al jardín.
El pasto estaba húmedo de rocío.
Entonces lo vi.
Estaba hecho un bicho bolita.
Las alas rotas.
Las manos en la cara de la cual salían
lágrimas gruesas como una nube de
tormenta.
Le pregunté a Eros qué le sucedía.
-Sólo caí. Como cae uno al vacío.
Me senté a su lado. Despacito tomé sus manos.
Se las saqué de la cara.
Lentamente besé su boca y le toqué la
lengua.
Lloramos los dos.

 

El mundo es un Eros dislocado.

 

 

 

 

 

 

 


Eros no comprendía su estadía en el jardín.
El ángel roto,
varado en la tierra del encanto.
Yo estaba pintando en un lienzo
y vino a buscarme
-¿Por qué siempre estás descalza?
-Me atrapa la tierra. Hunde.
-¿No sales de esta morada y del jardín?
-El jardín tiene un secreto, es infinito. Mi morada es mi alma.
Si abres la puerta el gris se apodera del cuerpo.
-Es por ello que estoy aquí....
-La selva  es áspera, es salvaje y fuerte y se apoderó del espacio.
-Sólo queda un rastro de vida en mi morada.
-Entonces es la casa de los milagros.

 

-Corrígelo. Son los prodigios.

 

 

 

 

 

 

 

Miro los dedos de mis pies
Son tan pequeños comparados con otros....
Abrí un libro y me quedé asombrada de una página:
hay un náufrago que sale a flote luego de una larga lucha
y mira hacia atrás, recordando su travesía.
Miré otra vez mis pies, ahora completos.
Recuerdo mi travesía hasta ahora.
A veces necesito quedar flotando en el mar turbulento
y no regresar.
A veces creo que es una gran estupidez
y me arrepiento.
Comí manzanas de mi árbol.
Jugosas, medianas, deliciosas.
Mi cuerpo se sintió satisfecho
y sin dudarlo me acosté es el pasto,
la cabeza mirando las nubes.
Allí se esconde mi padre,

 

en el viaje eterno.

 

 

 

 

 

 

 


Lluvia.
Con la música, a la espera de empezar.
De mis piernas enredadas,
surge la forma de mi perfume,
de piel luego de dormir.
De julio una tarde.
Esas tardes frías, en calma.
Sólo la lluvia precipita el ritmo;
natural.
Hacia el ritmo de la persiana subiendo,
para ver los hilos plateados
Mojando el pasto.
El estanque.
El árbol del centro de mi jardín,
agradecido.
Envuelvo las piernas y solo escucho

 

La música del tiempo.

 

 

 

 

 

 

 


Memento mori.
Separada de la almohada
Un viento suave que acaricia
El cuerpo.
Me levanto.
Suavemente piso descalza la
madera.
Abro la ventana un poco más
Para divisar el tiempo
Las hojas cayendo del árbol de pitanga,
crujientes, alucinadas,
vistiendo el jardín.
Las flores se retiran.
Las plantas comienzan a cerrarse.

 

El otoño.

 

 

 

 

 

 

 


Memento mori.
Después del sueño,
ultrajado,
abrazo la almohada rasgada.
Te soñé despierto,
caminando lúcido,
por nuestras calles de siempre.
Te esfumas en el aire de cobre.
Te dilatas en la sombra de la vigilia.
Y en ella pierdo la imagen volcánica

 

De tu hermosa existencia.

 

 

 

 

 

 

 


Cuando logré convencer a mi madre,
de que caminar descalza
no era una pena de muerte.
Cuando logré que entendiera
que su vida no era la mía.
Cuando logré gritarle en la cara,
todo lo que me molestaba de ella,
era demasiado tarde.
Le tendí mi mano mientras lloraba,
para que pudiera oler la grama fresca.
Tomar una hoja caída,
entre sus manos añejadas de dolor,
para que viera que su vida,
efímera y débil
era igual a la de todos.
En cambio se dio vuelta.
Su espalda quedó marmolizada
y mis ojos se estrellaron

 

como un cristal de ámbar.

 

 

 

 

 

 

 


Me desvela el sonido del agua.
Tanteo la grama.
Estoy envuelta en árboles,
y un sol anaranjado.
En medio del valle,
canto una canción de cuna,
para calmar el cansancio,
del viaje.
Me desvela el pasado,
pero,
cada vez más lejos.
Sigo hacia el norte,
con los poros tocando
el aroma verde y sutil.
Me despojo de a poco,
caminando como una pantera,
hacia la mitad de un bosque.
Nueva morada.
Nuevo acuerdo de vida.

 

Abrazándome en la bruma celeste.

 

 

 

 

 

 

 


Con la corona de espejos de agua,
de cristales azulados.
Vestida con el viento,
envuelta en la niebla.
Presagiando un reencuentro,
bautizo con mis dedos,
mis labios rosados,
sólo mojados por el rocío.
Se hace de noche,
el sol deja a su lámina pasiva que fuera un fuego apagado.
Luminaria nocturna.
Estrellas infinitas.
Me vacío en el arroyo.
Lento.
Con la corona de espejos,
engarzada de brillantes,

 

en el silencio de la noche.

 

 

 

 

 

 

 


Si este es el comienzo del día.
Si este es el inicio.
Yo quiero respirar
y que el viento
se incorpore lento y paciente.
Un arreglo previo,
un pacto anhelante.
Miro mi corona de espejos de agua
y asciendo efímera
a la corriente del tiempo.


*****

 

 

Mariana Sosa Azupian

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Colaboradores de Janeiro de 2019:

Flávio Sant’Anna Xavier, Adán Echeverría ..., Adelto Gonçalves, Amoi Ribeiro, André Ricardo Aguiar, António Vera, Carlos Matos Gomes, Elisa Scarpa, Eunice Arruda, Federico Rivero Scarani, Geraldo Lavigne de Lemos, Henrique Dória, Hermínio Prates, Jandira Zanchi, Jorge Castro Guedes, José Ioskyn ; Rolando Revagliatti, entrevista, Leila Míccolis, Lenita Estrela de Sá, Leonardo Almeida Filho, Luanda Julião, Luca Argel, Luiz Otávio Oliani, Maria Emília Lino Silva, Mariana Sosa Azupian, Marinho Lopes, Moisés Cárdenas, Octavio Perelló, Ramón Peralta, Ricardo Ramos Filho, Salomão Sousa, Túlio Henrique Pereira


Foto de capa:

MARC CHAGALL, 'Le marchand de bestiaux', 1912.


Paginação:

Nuno Baptista


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