ANO 5 Edição 75 - Dezembro 2018 INÍCIO contactos

David Sarabia


Piniwini

La luna y el cielo eran el lienzo perfecto de esa madrugada  que prometía un verdadero espectáculo de la naturaleza: el eclipse lunar en el último día de enero. Pero otro evento opacó el esperado eclipse,  un fenómeno que borró y echó a perder todas las expectativas. La abrupta interrupción de presenciar la maravilla astronómica, fue debido a un intenso olor a excremento que golpeo como un tsunami la comarca.

 

     El aroma hediondo taladró los pulmones de los habitantes del pueblo de Zakamoto. Provocó en ellos dolor de cabeza, picones en las fosas nasales, e intensa sensación de asco. Tales síntomas fueron acompañados de arcadas y vómito torrencial, la cena y el desayuno fueron expulsados sin poder evitarse.

 

    La peste también entraba por la puerta grande en la comandancia de policía, se trataba de una pequeña casa campirana de una sola planta con una oficina, un baño y dos celdas para borrachos. Wenceslao Mancera y Jerry Aparicio, dormían plácidamente sentados detrás de sus escritorios, despertaron dando un brinco, asustados y asqueados. Wenceslao movió la mole de su cuerpo levantándose desconcertado. Se rascó la cabeza, imaginándose una presa llena con agua de drenaje. Olfateó el aire hizo un gesto de desagrado. Abrió la puerta, dio un par de pasos hacia afuera y aspiró hondo. ¿Qué era eso? Molesto, se acomodó el sombrero y  la placa de policía. Instintivamente tocó la empuñadura de su revólver.

 

     Su arma seguía allí, con un ojo abierto y otro cerrado, lista para ser accionada.

 

     Wenceslao se llevó las manos a las caderas en una actitud desafiante para mirar el panorama que le presentaba Zakamoto. Las familias estaban afuera de sus casas. Los adultos gritaban, algunos vomitaban y lanzaban maldiciones. Los niños lloraban asustados con caras contorsionadas por la repugnancia.

 

     —El olor viene de allá — señaló un punto, lejos, por encima de las casas —.Cruzando las parcelas. Creo que es el Rancho de los Morales.

 

     — No puede ser — dijo Jerry con extrañeza —. Está abandonado. Los morales se fueron hace años llevándose a sus cerdos.

 

     —Sí, pero acuérdate que ahora están los turistas “gringos” que anduvieron comprando víveres en el abarrote de don Chuy hace dos días. Cuando don Chuy les cobró el total;  el que pagó dijo que se instalarían en el rancho abandonado, donde acamparían para esperar el eclipse, que ellos eran los “Adoradores de la Luna” y que eran un grupo de siete, porque el siete es un número mágico. ¡Patrañas!

 

     Del otro lado de la calle, dos hombres y una mujer cruzaban apurados la cinta de terracería, tapándose boca y narices con sus manos.

 

     — ¡Jefe Wens haga algo! — chilló la mujer histérica — ¡Parece que estamos en medio del basurero municipal! 

 

     —Tranquilos, no se desesperen. Jerry yo vamos a echar un vistazo para averiguar de dónde viene ese olor a muerto — la mente de Wenceslao hubiera querido decir: olor a inmensa mierda revolcada con muerto putrefacto aderezado con vómito de alcohólico — averiguaremos la fuente y pediremos apoyo a San Luis.

 

     Wenceslao le hizo un gesto a Jerry para indicarle que  lo siguiera a la vieja patrulla. Ambos subieron. Afuera, la mujer imploraba desesperada junto a sus acompañantes.

 

     — ¡Le encargamos mucho jefe Wens, solucione ésto, que si no, nos enfermaremos por respirar tanto microbio!

 

     Wenceslao la ignoró y puso en marcha el motor. La patrulla rugió.  Cruzó la calle para tomar el camino que daba a la salida del poblado.

 

     Al abandonar Zakamoto, Wenceslao tomó un camino rural de un solo carril que se adentraba entre las parcelas.

 

     El camino era recto a lo largo de dos kilómetros. Cuando llegaron a una encrucijada, los faros de la patrulla mostraron una hilera de frondosos pinos. Dieron vuelta a la derecha, metiéndose en otro sendero, que tenía un aspecto tenebroso en esa hora de la madrugada.

 

     Doscientos metros adelante, cruzando la parcela; el Rancho de los Morales les daba la bienvenida.  Wenceslao se sorprendió al igual que Jerry al ver el lugar.

 

     La casa, aunque mantenía un aspecto de abandono y descuido, tenía luz eléctrica. La puerta estaba abierta, había también  dos grandes ventanas sin cortinas a cada lado y un poco más allá, un cobertizo de madera a punto de derrumbarse. Afuera, descansaba una vagoneta blanca Volkswagen 76.

 

     La patrulla se detuvo cerca de la vagoneta. Wenceslao apagó el motor, abrió la puerta, y un potente golpe de tufo lo abofeteo con intensidad.
— ¡Dios! — dijo, cubriéndose la boca con el dorso — ¡Es insoportable! Jerry, en la guantera creo haber dejado unos cubre bocas.
Jerry la abrió. Hurgó entre unos papeles y hasta que los encontró. Inmediatamente se colocó uno y después le entregó  otro a su jefe.
Wenceslao tomó una linterna. Abrió la puerta y salió al exterior. Jerry lo siguió.

 

     Afuera, la oscuridad era densa y en el  cielo un extraño aro los observaba como si fuera el ojo de un agujero cósmico. El eclipse en su total plenitud.

 

     La casa aguardaba con su puerta abierta y la luz prendida. Avanzaron con cautela. Wenceslao tuvo la sensación de que la hediondez del amiente se potenciaba con una energía peligrosa. Su viejo corazón de policía le palpitó una alerta. Era como adentrarse en la cueva de los forajidos, donde estos aguardaban armados hasta los dientes.

 

     Wenceslao desenfundó su revólver .38 y apuntó hacia la boca de la puerta. Jerry lo imitó.

 

     Avanzaron con cautela sobre el piso de madera del cobertizo y sintieron como crujía bajo su peso.

 

     Y luego entraron a la casa con las armas listas.

 

     El interior era amplio. Las áreas que correspondían al recibidor, sala y comedor, estaban despejadas sin mueble alguno. En vez de estos, unos tumores del tamaño de un perro mediano, de formas amorfas como arcilla fresca y humeante, descansaban separados entre sí.

 

    En el fondo, junto a la pared, un altar grotesco se erigía como monumento a una deidad satánica.  Sentado, sobre un rustico trono de terciopelo sucio, una cosa con torso, brazos y piernas humanas. La cabeza que no se veía bien a esa distancia. Gobernaba con una mano apoyada sobre el posa brazos y la otra alzada con el dedo índice apuntando hacia el techo. A los costados de la cosa, tres largos cirios negros encendidos iluminaban tétricamente su trono.

 

     Jerry caminó hacia el primer tumor, lo suficiente, para poder inspeccionarlo y entender qué era.  El cubre boca no le resultaba suficiente. La peste era insoportable. Tuvo ganas de vomitar, pero se contuvo. Se agachó colocando una rodilla sobre el piso para apoyarse y observar mejor. Wenceslao apuntó con su linterna al tumor y cuando el haz de luz alumbró: la sorpresa fue inaudita.

 

     Era excremento de gran tamaño color pardo con tonalidades intensas de verde, granos negros y manchones amarillos. La  superficie estaba agrietada.  Tenía una textura blanda, como nieve de chorro sin derretirse.

 

     — ¡Jefe Wens, esto parece mierda humana!

     — ¡Es absurdo, nadie caga una boñiga de ese tamaño!

     — ¡Mire jefe! — Jerry señaló.  

     Wenceslao se acercó y apuntó con el haz de luz hacia donde señalaba Jerry. Entre una de las grietas de la masa, un dedo cercenado que conservaba su anillo de boda, estaba incrustado como si se tratase de un adorno del pastel.  Asustado, Wenceslao movió la luz para iluminar la base del excremento: un zapato destrozado.

     — Estamos en la escena de un crimen — dijo Wenceslao volviéndose hacia el altar. Apuntó con su linterna a la cosa del trono y caminó hacia ella con el revólver listo para abrir fuego —. revisa los otros bultos de mierda y busca… si hay más trozos humanos.

     Jerry se levantó e hizo lo que le ordenaba su jefe. Mientras Wenceslao se acercó al altar, Jerry contó los montículos hediondos, que al observarlos con detenimiento, le dieron la impresión de ser apersonas enroscada en posición fetal.

     —Son siete Jefe Wens — hizo una pausa como recordando algo — siete eran los turistas gringos, esos, los adoradores de la luna.

—Pues más bien Adoradores del Diablo — masculló con desprecio Wenceslao mientras se detenía frente a la cosa. El monstruo, demonio o humanoide; sentado como un Rey en su trono, apuntaba con su dedo al techo, quizá atravesándolo para tocar a la luna eclipsada. A tres a pasos de la cosa, Wenceslao observó sin dar crédito. Un cuerpo humano con cabeza de cerdo.

     Aquello era una creación retorcidamente artística: el tórax era ancho, de hombros huesudos y pecho escuálido donde se apreciaban las costillas que rasgaban el cuero como arpas afiladas. Aunque el tórax  era delgado,  sobresalía una prominente barriga de borracho, grande y redonda, con dos lonjas que cubrían la cintura.

     Los brazos eran largos como los de un basquetbolista. De piel blanca y pegada al hueso por donde sobresaltaban ramificaciones de venas verdes y moradas como si fuera la cartografía de un rio sobre un mapa apergaminado. Las manos eran grandes con uñas negras, largas y afiladas en punta. Tenía un par de piernas cortas y gruesas, de piel oscura y llenas de vello negro. Remataba con dos pies enormes y desproporcionados, tapizados con hongos.

     Tales extremidades estaban unidas al tórax y a la pelvis mediante puntos de sutura hechos de manera brusca y sin cuidado con cordones de baqueta.

     Pero lo más perturbador era la cabeza.

     Una cabeza de cerdo con párpados negros miraba a través de ellos sin mirar, con unos ojos sin vida y sin alma, con un rictus de dolor como si lo hubieran decapitado lentamente para después adherirlo  a ese cuerpo hecho por partes de diferentes cadáveres.

      Arriba de la cabeza, pintadas en la pared, unas letras rojas chorreaban como si fuera un cartel de una película de terror.

     ¡ALABAD AL DIOS PINIWINI!

     Wenceslao sintió nauseas al tratar de descifrar la mente enferma de su creador. Se sorprendió al notar, que a pesar de que el lugar apestaba a drenaje; la cosa no emanaba fetidez alguna.  Sintió curiosidad. Conjeturó que si no eran partes de cadáveres, quizá fuera un muñeco de silicona y hule espuma.

    Se enfundó la linterna en el cinturón y extendió su mano para tocar la piel del rostro del cerdo. Los ojos miraban sin mirar y tenía el hocico entre abierto mostrando la punta de una obscena lengua.

     — ¡JEFE WENS! —   Jerry gritó como si se hubiera encontrado un tesoro — ¡aquí hay un brazo! — Y  alzó la extremidad cercenada para que su jefe la viera.

     — ¡Deja eso idiota, es la escena de un crimen! — Wenceslao se tocó el corazón con la punta de su arma. Este latía con fuerza. Respiró hondo mientras Jerry arrojaba el brazo cerca de uno de los montículos de excremento.

     Se encontró nuevamente cara a cara con la cosa y como si esta lo oyera, le dijo:

     — Me cago en el Dios Piniwini. — dio un respiro, y a través del cubre bocas ordenó — Jerry ve a la patrulla y llama a los de San Luis, que envíen al forense para que analice los restos y que envíen también a varios agentes. Aquí huele a mierda y también a otra cosa…

     Jerry salió con prisa.

     Wenceslao comenzó a respirar agitado. Con su arma lista para entrar en acción, se dirigió hacia la cocina. Quería registrar la casa y encontrar al culpable de tal desastre. Al entrar en ella, solo vio una alacena destrozada, un encimero lleno de polvo y una estufa llena de cochambre y herrumbre. Nada interesante. Se giró y caminó sigiloso hacia el comedor, adelante se encontraba un umbral que seguramente conectaba con las recamaras por un pasillo.

     Cuando pasó  enfrente de la cosa, un leve soplo de aire caliente cubrió su nuca. Wenceslao se giró en redondo y apuntó…

     …La cosa se levantó del trono con una rapidez sobrenatural,  abriendo sus ojos blancos como el mármol, carentes de iris.  Wenceslao intentó apretar el gatillo pero una mano con garras le dio un golpe en su puño provocando que abriera sus dedos y que la pistola saliera disparada hacia atrás. El arma cayó sobre uno de los montículos asquerosos y pestilentes. Wenceslao perdió el equilibrio y aterrizó de espaldas sobre el piso de madera.

     La cosa bramó:
— OING OING, SOOOY PINIWIIINIII — parecía como si su garganta estuviera llena de lodo. Después, dio paso a una voz mecánica de muñeco de cuerda y repitió — OING OING OING, SOOOY PINIWINI.

     Wenceslao tanteó en busca del arma y la miró de reojo. La empuñadura sobresalía del lodo asqueroso. No lo pensó dos veces, estiró su mano para extraerla pero…

     Piniwini lo sujetó por una pierna enterrando sus garras en su tobillo. Wenceslao gritó y pataleó intentando golpearle el rostro y el cuerpo mutilado. El ser era inmune a los golpes y abrió su hocico mostrando unos colmillos  babeantes.

     En un bocado, el pie de Wenceslao estuvo dentro de sus fauces. Aterrado pataleo con su pierna libre e intento zarandear su pie atascado en el interior del cuello de Piniwini. Pero aquel ser siguió engullendo, abrió su hocico y desencajo sus quijadas como si fuera una serpiente tragándose el pie entero y luego la pantorrilla.  Wenceslao, al borde la locura, estiró su mano y  la enterró en la mierda para sacar su arma. No la alcanzaba, le faltaba un poco, un estirón, pero Piniwini se lo impedía introduciéndolo  en sus entrañas.

     Cuando el pie de Wenceslao Mancera tocó el interior del estómago, un mecanismo se activó con un ruido de motor interno. Eran cientos de cuchillas que comenzaron a girar alrededor de su pie y tobillo, despedazándolo sin misericordia, convirtiendo su extremidad en carne molida en el interior.

     Wenceslao gritó al ver con horror como de la parte trasera de su agresor comenzaron a tronar gases estridentes, junto un torrente de excremento que cayó al suelo de manera estrepitosa.  Entre el chorro de mierda, vio como caía su zapato hecho un guiñapo.

     Piniwini cerró de súbito su hocico y dejó un muñón sangrante en la humanidad de Wenceslao. Y se giró hacia la puerta.

     En el umbral Jerry Aparicio estaba petrificado, atónito, tembloroso. Con su arma empuñada y con la mira fija en el monstruo.

     Los blancos ojos de Piniwini se encendieron encolerizados a la vez que lanzaba un bramido de ataque. Como gorila  arremetió impulsándose con sus brazos hacia  Jerry. Dos disparos certeros dieron en el pecho de Piniwini, pero era como haberle atinado a un costal de papas.  Jerry gritó, se dio la vuelta y huyó hacia la patrulla.

    Desde el ángulo en el que estaba Wenceslao, de espaldas contra el suelo, solo escuchó los disparos, los gritos desgarradores de Jerry  y ese el sonido horrible de motor. Jerry era devorado, triturado y procesado. Wenceslao se giró boca abajo, se arrastró y alcanzó su arma hundiendo su mano. Al extraerla, se arrastró de nuevo haciendo acopio de todas sus fuerzas avanzó lento entre los montículos de excremento que pertenecían a los cuerpos de los Adoradores de la Luna. Apretó sus dientes y con un supremo jadeo llegó a la puerta. Desde allí podía ver las primeras luces del alba y una luna que se asomaba detrás de un disco oscuro que se alejaba. La sangre que escapaba de su muñón formaba una laguna mientras sus fuerzas se desvanecían y sus ojos se cerraban. Saber que era imposible salvar a Jerry lo llenó de desdicha y mortificación. Ya no pudo avanzar ni un solo metro más y se desmayó.

     Al abrir los ojos, miró a un par de agentes de la policía de San Luis, quienes lo miraban con asco y horror. Quiso hablarles pero no pudo. Tampoco pudo moverse. Desde el suelo observó como los agentes platicaban entre ellos y también pudo ver a los del servicio forense con sus batas blancas. Todos llevaban cubre bocas.

     — Mira que dejar el sombrero del jefe Wens sobre este montón de mierda, no tiene nombre — dijo irónico, uno de los agentes.  El otro picó con un palo de madera el cuerpo de  Wenceslao, quien paralizado miró como el palo se hundía en su cuerpo sin sentir dolor. Primero la punta y después hasta el fondo. El palo fue extraído de forma rápida, pero en vez de sangre, estaba manchado de materia fecal.

     — Sí, es mierda — dijo el agente mirando con curiosidad el palo.

     Wenceslao gritó queriendo despertar de esa pesadilla. Pero nadie lo escuchó, los agentes seguían con los procedimientos, haciendo su trabajo. Era como si estuvieran flotando en una dimensión ajena.

     — ¡Suban al cerdo de juguete a una de las camionetas para análisis, no es sospechoso pero está aquí en la escena del crimen! — dijo con sarcasmo uno de los agentes.

      Wenceslao, petrificado y consiente, convertido en  materia de desecho, gritaba queriendo prevenir a sus colegas sobre el destino fatal que les aguardaba. Una advertencia sin sonido, que solo se oyó dentro de su mente.

    Piniwini fue alzado y llevado al exterior de la casa. Antes de cruzar el umbral,  le guiñó un ojo a un Wenceslao Mancera que había perdido toda esperanza de salvación.

 

Miembro de la Asociación de Escritores y Promotores Culturales A.C. de San Luis Río Colorado, Lic. Administración de Empresas y docente universitario.  Ha publicado en las revistas digitales “Letras y Demonios” (México) y “The Wax” (Argentina). Y en la antología física ALGO LLAMADO HORROR organizada por ESCRITORES DE BAJA CALIFORNIA  y próximamente en otra antología de escritores mexicanos de terror por DANIEL ABREGO.

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Paginação:

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