ANO 5 Edição 75 - Dezembro 2018 INÍCIO contactos

Rocío Prieto Valdivia


Dos cuentos

El pescador

 

Cuántas veces hay rebuscar esos recuerdos para sentirse amada por los fantasmas del pasado. Cada tarde al tomar el autobús, Rebeca voltea a su lado izquierdo para percatarse que no haya nadie a su lado. Las tardes de invierno son las que le dan más miedo; sube al autobús de las 5:40 pm, y en su mayoría los pasajeros son hombres que salen del trabajo, en el astillero que se encuentra cercano a la fábrica dónde ella labora.

 

Con regularidad Rebeca sale un poco más temprano en verano, pero en el invierno las 30 toneladas de pescado tienen que ser enviadas ese mismo día, ya procesadas. A ella le toca contar cada lata que sale de las calderas; esta tarde ha contado cerca de quinientas, menos una que Martin se ha llevado entre sus ropas. Rebeca no se explica el por qué de tal hurto; pero Martin goza de verla sufrir. La chica jamás le ha vuelto a mirar en señal de coquetería, desde aquella madrugada que Martin la dejará en el hospital, quien luego huyera de su responsabilidad como padre del pequeño de Rebeca.

 

Para el galán de esa empacadora de productos enlatados es un reto cada día verla acomodar cifras, correr por los pasillos, sumar y sumar, hasta encontrar una falla y poder quitar de esa bitácora los 460 grs. que pesa la lata que Martin hurta cada día. Misma que permanece en la oficina del tipo con un fragmento copiado del libro que leyera cada día, inscrito en la tapa de la portola.

 

En el estante dónde Martin ha puesto cada lata durante ya 10 años, mismos que tiene el hijo de ambos, esta tarde la tapa tiene un fragmento de ese poema que tanto le recuerda a Rebeca: "ya no la quiero, es cierto pero cuánto la quise / mi voz buscaba el viento para tocar su oído", y ha añadido la fecha 12/11/2007, al lado el librillo verde que leía ese día.

 

Rebeca avanza en el autobús de 27 pasajeros que ese día viene lleno; pero Miguel se para y le cede el asiento a la dama; ella acepta, y él le hace plática a la dama:
-Hoy tuve un día muy pesado, fueron más mil acres de red que tuve que remendar; y a la hora de la comida, Gustavo ha traído una salsa que su mujer le ha hecho.

 

Entre lo sinuoso del camino y las anécdotas de Miguel, Rebeca entre cierra los ojos. Sabe que hay descansar un poco para tomar fuerza de nuevo, pues al bajarse del autobús tendrá que caminar cuesta arriba esos 500 escalones que la llevarán a su hogar, dónde su pequeño hijo la espera. En la esquina de la calle Gastelum, el autobús hace su segunda parada, ahí baja Gustavo, amigo de Miguel, y éste aprovecha para sentarse al lado de Rebeca. La compañía del hombre la hace sentirse segura, y vuelve a dormir otro poco. Al llegar a su destino pide la parada; Miguel de entre sus ropas saca un caballito de mar y se lo da a Rebeca; le ha dicho que lo cuelgue en la puerta de su habitación para que cuide sus sueños. Ella lo toma y agradece con esa hermosa sonrisa.

 

Cada quien toma rumbo; ella apresuradamente camina de prisa, son las 6:20 pm el pequeño Fernando inquieto en casa se asoma por la ventana en busca de su madre, en la mesita de noche dos libros verdes esperan a la madre del chiquillo. Minutos más tarde ladran los perros; es la señal para que Fernando salga y abracé a su madre. Rebeca le da al niño el caballo de mar que Miguel le ha obsequiado; el niño feliz toma la mano de la mujer mientras caminan hacia dentro de la casa. Ella se lava las manos, abre el refrigerador, saca la leche, pica un poco de fruta, de la alacena de arriba baja dos chapatas, les unta un poco de mermelada, mientras Fernando pone la mesa y espera a su madre:
- Mamá, hoy recibiste carta de mi padre.

 

- Hoy no cariño.

 

-Quizás mañana, ¿verdad, mamá?

 

- Seguro que sí.

 

Cenan entre risas y mil preguntas. Luego habrá que firmar los cuadernos con la tarea de su hijo, planchar los uniformes de ambos, y cocinar la comida del día siguiente. Al terminar el día, y antes de dormir, Fernando insistirá en leer a su madre algún poema de Neruda; el pequeño tiene los mismos gestos del padre, incluso los mismos gustos. Rebeca cierra los ojos; mientras mira a Martin. En su hijo, y mientras a lo lejos escucha el poema: “Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza del cielo se abre como boca de muerto. Tiene mí corazón un llanto de princesa olvidada en el fondo de un palacio desierto.”

 

Fernando ve que su madre se ha quedado dormida, deja el libro sobre la mesita de noche; abre el cajón y saca la fotografía de Martin, su padre está vestido de pescador. La pone en las manos de su madre mientras le besa la frente.

 

 

 

 

 

 

El pequeño mezquite

 

Durante días estuvo ahí, afuera de casa. Tenía apenas unas ramitas verdes. Cuando lo vimos dudamos que creciera. Era invierno, llovía mucho, y el viento helado amenazaba en acabar con todo a su paso. En la noche se nos olvidó protegerlo. Llovía mucho. Tú te levantaste a meter los zapatos y yo a quitar la ropa del tendedero. Pero nunca nos acordamos del pobre mezquite. Lo imaginó gritando y muriéndose de frío. Pero la naturaleza sabia, cómo siempre, lo arropó con las ramas que cayeron de un pirul. Y logró pasar la noche. Vinieron los días secos por el frío que quemaba las hierbas, y el mezquite resistió días sin agua, apenas refrescándose con el fresco rocío de la mañana.

 

Pasaron los meses, y en la mañana de primavera cuando me viste plantar esas ramas de flores, te acordaste del arbolillo. Seguía vivo, e hicimos un hoyo cercano al pino lo suficiente para que pudiera crecer, y dijiste que si lo lograba te sentarías a leer bajo su sombra. Creo que la tierra te retó a hacerlo.

 

El mezquite ha crecido para todos lados; ahora mide casi lo mismo que tú: 1.65. Pero aún no te has sentado a leer como prometiste. Creo que sus ancestros te han robado esos momentos de tranquilidad; sin embargo el mezquite te sigue esperando. Reverdece cada primavera, aguantando los fríos inviernos, y ahí en el mismo lugar que tú le asignaras espera que cumplas tu promesa.

 

Rocío Prieto Valdivia: Escritora y promotora de lectura. Mexicali 1974

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