ANO 4 Edição 44 - MARÇO 2016 INÍCIO contactos

Daniel De Cullá


ALGUNA PROSA POÉTICA

ESQUIZO

 

La Locura, no tiene cura.

 

(Dicho proverbial)
 
Horas muertas, “reflejos de orgasmos”, como diría W. Reich. La esquizofrenia masturbadora y masturbante aparece hora a hora, día a día, en los ojos reflejos de este joven callado, salpicado de pintas, que sueña ovejas cual pastor jodedor, como elemento que busca su curación.

 

Viste chupa de cuero negro. Sus tirantes los lleva por dentro y fuera de la chupa, caídos a ras del culo. Por detrás, tris tras. Pantalón vaquero y unas zapatillas modernas con colores rojo y blanco cruzados. Su cabeza está rapada con un brote de pelo cual cepillo de peinar el aire, en lo alto.

 

El andamiaje brillante de una paja pendular y su posterior mamada estructura toda su narrativa, que subyace en una expresada y directa profundidad de amar, haciendo posible la perfección de los sentidos necesarios, que es igual para los locos como para los “cuerdos”.

 

W. Reich ya dejó dicho: “La salud mental de una persona se puede medir por su potencial orgásmico”.

 

Viéndole, asistimos al espectáculo del mundo, sin pretender enmendarle ni cambiarle, haciendo realidad lo de Cioran cuando dice “que si el hombre no puede liberarse de sí mismo, se deleita devorándose”, cual perro que se lame su cipote.

 

Esquizo, con su esquizofrenia, deambula las calles como lo hiciera Henri Michaux, poeta y pintor francés, en sus viajes con la droga y sus miradas, lo mismo que hiciera Wilhelm Reich, médico, psiquiatra y psicoanalista, inventor postulador de la teoría del Orgón, el más lúcido y revolucionario de los pensadores habidos, cuyos delirios provocaron que sus libros fueran quemados, y él ultrajado.

 

La narrativa de Esquizo se declina en una directa profundidad de piedad hacia la esquizofrenia, tan necesaria para la religión y la poesía. Asistamos al espectáculo de un macho follador sin pretender enmendarlo o deducirlo. Al protagonista le basta amar con toda su humana locura que se descubre hasta en los más insignificantes momentos.

 

Veámosle subido a lo alto del campanario de una iglesia, en el pueblo callado y olvidado de Brieva de Juarros, en Burgos, vestido como Rambo y blandiendo su pene como Gordio, Anciro y Timbreo en las guerras de Frigia, antigua comarca del Asia Menor.

 

También, desnudo, subiendo y bajando el edifico España, rascacielos de Madrid, al final de la Gran Vía, con sus 25 plantas y 117 metros de altura, arrascándose los huevos.

 

Su lenguaje es igual que el lenguaje de las mariposas diurnas o nocturnas, o de los gorriones que se esconden entre el arquitrabe y la cornisa de un edifico, que tienen la posibilidad de beber el reflejo de la luna, como él, que sobre la techumbre del hospital para trastornados, fragua la argamasa de su locura, masturbándose como un loco que busca luciérnagas con pelos y carnales flores que alimenten su orgásmico pájaro, abultado en carne y acabado de coger, “especie de cencerro, cebolla albarrana”, como él mismo le nombra.

 

¿ES UNA NAPOLITANA?

 

Había un hombre arrodillado como un canónigo u otra dignidad en mitad de la Puerta del Sol, en Madrid, tapando con un sombrero de copa y ala parecido al que llevaba el somatén de Cataluña, un algo, un misterio, diciendo a modo de oración:

 

-Señor, esto que escondo aquí es Felicidad y después de mis días, llevadme con esto a la gloria.

 

A los viandantes que pasaban y se le acercaban preguntando:
-Señor ¿qué esconde debajo del sombrero?  ¿Es un gato madrileño? ¿Es un nido de pájaros? ¿Es una napolitana?
Otros decían, afirmando:

 

-No, será un gallo. No, la muerte pelada. No, una morcilla de Burgos
Él les respondía, riente, virtuoso y pío:

 

-No, y no. Tan sólo levantaré el sombrero a una familia que venga con sus pequeños, que esto que hay acá va con el ánima de nuestros padres.

 

Apareciendo, de pronto, unos padres con sus pequeños, al acercarse a él, otras gentes se arremolinaron a su alrededor, como la Gansa de Cantimpalos, la vieja honrada de Alcubillas, el obispo de Calahorra, preguntándole el padre:

 

-Señor, ¿qué es lo que con tanto mimo y cuidado usted guarda y esconde bajo su sombrero?

 

-Es una caca recién cagada, respondió levantado el sombrero.

 

FRANKENSTEIN SE ENCUENTRA CON “EL PERNALES”

 

Siempre me gustó Frankenstein, aunque sea bastante chorra y grotesco. Es una estrella para mí. Sabía leer, hablar y tocar la flauta sin aprender, como saben los príncipes y señoritos importantes.
Cuando tenía nueve años, con los ahorros de mi comunión, me compré uno de trapo. Era feo de cojones; pero formó parte de mi diario vivir y rutina.

 

A veces, se me parecía a la picha de mi padre, desde la vez que le vi ante el espejo poniéndose un condón; igual que le pasó, sin duda, a Mary viéndole el pene a Lord Byron, cuando en una reunión compitieron por ver quien la tenía más fea y larga entre Percy, Lord Byron y Polidori. Desde entonces, me encantó su recreación.

 

La Shelley, al crearle, me parecía un agricultor haciendo surcos, o la abuela haciendo quesos con leche de oveja.

 

Ante el Sacamantecas o la Serrana Salteadora, Frankenstein me parecía una hermanita de la caridad. Aunque esto sí, le encantaba leer sobre los bandoleros de España. Sus ojos, ocultos por la pelambre de unas alborotadas cejas, parecían centellear al hablar de ellos. Sobre todo le encantaba hablar de Francisco Ríos González “el Pernales”, con quien se encontró repetidas veces en Lucena, de Córdoba.

 

 Cuando iba con amigos a los pinares piñoneros a coger piñones y piñas para quemar en la estufa de hierro que caldeaba el comedor de la casa, o a los olivares as coger olivas, veía a Frankenstein y “el Pernales” asomarse entre árboles envueltos en polvos místicos, cual excursionistas amariconados, como dicen que están los santos cuando ven a dios y levitan, en intervención espiritual que clarifica sus pasiones.

 

Yo necesitaba verles. El rumor torrencial y constante de la lluvia, y la densa cortina de agua, impulsada por ráfagas de viento, nos estremecía. Quizás ellos dos nos salvarían del Sacamantecas y la Serrana Salteadora, que nos gobiernan. Yo les veía venir a mí, enseñándome los dientes como en un anuncio de dentífrico.

 

Un día que me adelanté a los amigos, (mis amigos y yo, todos, salíamos siempre reprobados de los exámenes del colegio), llegué antes al pinarejo, y les vi, ¡si, ¡ les vi a él, a Frankenstein y al Pernales,  echados de costado sobre el suelo, al lado de pinos rodenos, intentando fumarse el mismo puro, Frankenstein quemándose los labios.

 

Se lo dije a los amigos, y me contestaron:

 

-Si serás bobo. Si es el alguacil del pueblo “El Visillo”, el uno, que vino de Sierra Morena, y que viene aquí a sacarle brillo a su trompetilla con la arena del pinar, pues dice que es muy buena; y el otro, don Aurelio, tieso y solemne, espiritado y escuálido, sacristán de la iglesia.

 

-Tienen que ser ellos, repliqué. Yo vi almicantaradas, círculos paralelos a su horizonte que se supone trazados en la esfera celeste, por encima y debajo de ellos.

 

-Déjate de fantasías, me dijeron. ¡Vaya sandez¡ Es como el cuento de las apariciones de vírgenes y cristos a pastorcillos y bobos de baba.

 

-Además, les contesté con rabia, les vi soplantes cual tirapedos como dando aire a las alas de los martinetes, esas aves zancudas ictiófagas, que se mantienen con peces y son migratorias.

 

Hice un silencio, y exclamé:

 

-Bueno, lo que queráis, les contesté. Para vosotros, la perra gorda; para mí, la chica.

 

Callamos para recoger piñatas.

 

Para que lo sepáis, Frankenstein está compuesto de cuajo, sangre, latidos del corazón, y barro cocido, pero algo pinta en él no muy bien. Un día le vi, a escondidas, con semillas de flores en su mano derecha, algunas vivas, otras caducas, con las que se limpiaba el culo.  También, cierto día que visité con el colegio el Teatro Museo Dalí, en Figueres, Gerona, le vi sentado en los morros rojos de la sala de Mae West, platicando con el mismo Dalí y García Lorca, en medio de los dos. Yo era un espíritu. Hablaban del amor divino por el Ano. Está claro.

 

Dalí abrazaba a Lorca atrapándole en sus brazos como hacemos con una avispa que atrapamos entre el cristal y la cortina. Su pincel caído le chupaba un gato. Lorca besaba un capullo que Dalí le había dado, que rompía entre sus labios.

 

Moderadamente frío, respecto a la temperatura ambiente, Frankenstein se echa sobre su creador azotándole para adularle, lisonjearle, decirle cosas agradables, y si joderle, mejor, como un novio reciente, acabado de fabricar.

 

Mary Shelley le hizo chapuceramente, como la misma Creación fue creada, cual guisote de cocina mal pergeñado. Y él lo sabía, sobre todo, cuando crotoraba la cigüeña, cantaba, y él tostaba el pan majándolo cuando estaba tostado o duro.

 

 Andaba mucho y con fatiga, irritado por no poder lograr lo que desea: tirarse a la Bartola. El desea ir a todas las bodas y beneficiarse a las novias.

 

-Si me niegas la noche de tu boda, decía a las novias, te meteré una estaca por el culo como los dominicos inquisitoriales hacían con las brujas, o Drácula a sus no amadas.

 

El Pernales es habladuría der los pueblos, defensor, como todos los buenos bandidos, de la gente trabajadora y miserable; y, como todos ellos, quitando a los ricos, aun llegando a matarles, para dar a los pobres, y librarles de esta sociedad de podredumbre tan evidente.

 

Ahora mismito, estoy en un prado. Veo a los Asnos de Paracelso, Alberto Magno y Cornelio Agrippa y a los Asnos de Diego Corrientes, José María “El Tempranillo” jugar con Frankenstein  y el Pernales, rumiando la dulce hierba, así como chupando algún guijarro. Estos guijarros llevan escritos unos poemas de Mary Shelly, estos:

 

“Poemas para Frankenstein y el Pernales”

 

Sobre los desperdicios zumosos
De un amor ardiente
Unas criaturas rumian la franquicia
De un suculento cortijo
De hombres y mujeres perfectos, racionales
Pendientes de un solo filo de navaja.
“Podamos, tú y yo, estériles
Salir de este parto estéril”, claman.
Y gritan:
Un nombre, reclamamos.
Un nombre. Yo y tú.
Creados cual monstruos entre nubarrones.
Sin nombre. Yo y tú, multisexuales
Cual chotas en una catedral
Pensamos
Diciéndole a nuestra amada muerta
A lo bajinis, de vagina, muy bajo:
-Mucho os quiero, Elisas. Yo y tú
Meándonos en lo meado
De otros
Donde florece la aventura
Como un ideal lírico
En la vida azarosa y romántica
A lomos de nuestra jaca
Que peinamos
En igualdad de vida y amor.”

 

(The Great Blafigria) (El Bandidaje en España).

 

El miedo y el temor a ellos se habían adueñado de toda la comarca. Dicen que, como dos enamorados, se topaban al amanecer con quienes madrugaban, el uno con un cántaro de agua en la cabeza, y el otro con una losa a cuestas, y se quejaban diciendo, sobre todos los que madrugan, panaderos y barrenderos:

 

-“Días de miedo, días de desventura; aún no es mañana, y ya es noche oscura”.

 

Otros, sobre todos los viejos de los Centros de Día, decían que al señor Obispo, que tenía hacienda robada al pueblo, le hacían algunos desafueros y ruidos de noche, formando fantasmas ofreciéndose a la vista para causarle miedo, espantando a las gentes para fines de sus amores.

 

INMATRICULAR UN NIDO

 

Era una mañana de Sepúlveda, villa de la provincia de Segovia, con 5º C, viento O a 16 km/h, 87% de humedad, cuando nos fuimos a coger nidos a las Hoces del río Duratón. Íbamos Tito, Didio, Ptolomeo y yo, Duratón, riendo y recordando lo que nos había dejado dicho el padre espiritual del seminario de Segovia, paisano, que, ahora, era un buen elemento en el Arzobispado de Segovia, y que tiene una cara que se la pisa, como la cara del Cristo del crucifijo  de la marquesa de Lozoya, que está en la Catedral. El padre,  para combatir sus pecados de lujuria, se da de latigazos, como él mismo dice, y se araña los “huevinchis” por dios.

 

“Decid conmigo, decía: Ave lignum Crucis, ave crux pretiosisima”, que en romance es: salúdote, árbol de la cruz, salúdote, cruz preciosisma”; lo que hicimos, confiando, con esta oración, en alcanzar un árbol con nidos, o al menos, algún que otro nido.

 

Este padre, a la contra de su viciosa lujuria, era devoto de su pene santo, pues como decía:” Por culpa de él, hago sacrificio, a pesar, y por esto mismo, de que, a veces, me veo salpicado humildemente por la gracia del Señor y eyaculo al frote de mi sola sotana. Cosa natural”.

 

Cantando y saltando por entre las piedras, al estilo que hacen los eclesiásticos, llegamos a una pradera alta, cercana a un campo de cereal, justo al lado de Carrascal del Río, a la que llaman “Gervasia de Amor”, pues a ella vienen parejas y familias a pasar el día; las parejas a hacer el amor “con afecto y ternura muy glande”, exclamó Didio; lo que nos hizo reír. Por aquí se ven Gerbos, pequeños arbolitos que dan una frutilla silvestre muy sabrosa. De ahí lo de Gerva, Gervasia”.

 

Alcanzamos un nido de codorniz; pero no en un árbol, pues estas aves nunca se posan en los árboles, si no en el suelo. Casi le pisamos en el campo de cereal, que atravesamos.
Ptolomeo dijo:

 

-¿Recordáis cuando estudiamos Ciencias Naturales que, hablando de la codorniz, nos enseñaron que es una especie polígama, y el macho es capaz de fecundar a varias hembras a la vez, y éstas pueden ser fecundadas por más de un macho en el curso de pocas horas, en su estación de celo que es entre abril y junio, que son los meses cuando nuestro padre espiritual y paisano toma vacaciones y marcha a un convento de monjas?

 

-Sí, sí, dijimos todos, riendo y con una mística excitación carnal por causa de ese fecundar o cubrir el macho varias hembras a la vez.
El nido, tapizado con hierbas secas, contenía siete huevos redondeados de color marrón claro con manchas oliváceas. Como las hembras tardan diecisiete días en incubar, optamos por regresar a nuestras casas, y volver a los dos días siguientes.

 

En el camino de regreso, nos subimos a unos quitamiedos de carretera, y nos pusimos los cuatro a orinar largo y tendido, intentando hacer segmentos de un círculo de hierba dibujado.

 

Al estar ya en Sepúlveda, cerca del Crucero, vimos al padre y le gritamos:

 

-Padre, padre, hemos visto un nido de codorniz con siete huevos”.
Él sonrió, diciendo con rostro muy agradable:

 

- “Bien, bien, espero que, cuando volváis, ¿por qué vais a volver, no?, me enseñéis los huevos. Pero, decidme en qué lugar están. Se lo dijimos, y el padre marchó, quedando nosotros dubitativos.

 

-¡Uy¡ exclamó Tito. Eso de enseñarle los huevos, me huele a pedo.
Reímos sin más.

 

Al segundo día, después de hoy, volvimos al lugar con la sana intención de robarle los huevos a la codorniz. Cuál fue nuestra sorpresa que encontramos el nido vacío; ya no estaban. Malhumorados, movimos la cabeza, yo agachándola hacia el suelo y viendo como una postal vieja que, al cogerla, era la ermita de san Frutos, que, por detrás, tenía un escrito firmado por el padre. Decía:

 

-Os doy las gracias, pavos, por anunciarme el lugar y por regalarme vuestros huevos. Esta noche, si queréis verles y gustar de ellos, venid a la casa parroquial, que les voy a freír y comerlos. Además, no podéis perderos el ver dos preciosos huevos que tiene la preciosa gurriata que tengo.

 

-¡Qué capullo¡ exclamó Tito. No renuncia a la pájara mística y, encima, se queda con los huevos nuestros. ¡Será para incubarles en la noche del sentido¡

 

-Ja, ja, ja, exclamamos, y nos fuimos a casa, “cada mochuelo a su olivo”. Estando junto al Crucero, un oficial del Ayuntamiento, que era tío de Didio, se acercó y nos dijo, que el mismo día, por la mañana, “el curita había inmatriculado un nido”.

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Revista InComunidade, Edição de Março de 2016


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Paginação:

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