ANO 4 Edição 44 - MARÇO 2016 INÍCIO contactos

Eva Castaņeda B.


LOS DISFRACES DEL FUEGO, DE MANUEL IRIS

 

Hace poco más de un año, Manuel me hizo llegar lo que en ese momento era el manuscrito de Los disfraces del fuego, recuerdo que de inicio el título llamó poderosamente mi atención. El primer encuentro que uno tiene con un libro es el título, o te atrapa o te aleja, conmigo sucedió lo primero. Vendría después la lectura y la relectura, ejercicios que uno hace primero con la entraña y después en mi caso por formación y deformación con la cabeza. Hay mucho que decir sobre Los disfraces del fuego, me referiré entonces a lo que más me conmovió y provocó. No sin antes hacer una mención a la edición, que valga decirlo, es bellísima; Ana Delia García Garza e Iván Trejo han cuidado hasta el más mínimo detalle de una colección que hasta ahora se ha caracterizado por su buen gusto. 
Dicho lo anterior, me adentro al libro. La lectura de las diferentes secciones que conforman Los disfraces del fuego, deben hacerse, a petición del autor, acompañadas de diversas piezas del compositor Estoniano Arvo Part. Atiendo pues la solicitud. Escucho y leo. A medida que avanza mi lectura encuentro cierto lo que uno de los epígrafes de la sección “Los disfraces del fuego”, apunta: “Estas palabras hay que oírlas, no leerlas”. Lo repito en voz alta: “Estas palabras hay que oírlas no leerlas”. Pero ¿qué enuncian esas palabras? ¿qué universo configuran? ¿cuál es su parentesco o comunión con las distintas melodías de Arvo Part? ¿Por qué el autor me dice que debo leer acompañada de la música? ¿Qué pasa si desobedezco? ¿qué si no escucho la música? ¿qué encontraré si atiendo su instrucción? Pienso que esto va bien, el libro me sugiere preguntas, me invita a cuestionarlo, su lectura me impele a abandonar lo estable. Creo entonces que de esto se trata.
Los disfraces del fuego es un libro lento y calmo, construido a partir de cosas ya tan dichas y redichas como casi todo, pero ¿de qué más hablar, sino es de la vida, el amor, la muerte? Al respecto el otro epígrafe de la sección “Los disfraces del fuego”, apunta: “Lo que fue, eso será y lo que se hizo, eso se hará; no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Hay algo de que se pueda decir: Mira, esto es nuevo? Ya existía en los siglos que nos precedieron.” Quiero decir que hay por parte del autor una clara conciencia de que los tópicos del libro son en su mayoría los que han signado a la poesía de todos los tiempos. El hecho es que decirlo así, sería dar por terminado todo lo que sobre el libro se pudiera decir. Escarbo, pues en su forma, en sus palabras, su ritmo, la esencia si es que es posible llegar a ella.
La primera sección, “Tintinabuli”, toma su nombre de un estilo musical creado por Arvo Part, que en términos generales, tiene un sentido minimalista. Dicho en otras palabras, aspira a una mayor posibilidad expresiva con la menor cantidad de elementos. Lo anterior lo retomo para establecer una analogía con la escritura de Los disfraces del fuego, ya que con pocos tópicos se construye un libro cuya belleza se torna cada vez más particular. La pieza titulada, “Alina”, es sugerida por el autor, para acompañar la lectura de la primera y última sección, respectivamente. La partitura de esta pieza es de una simplicidad engañosa, dado que las notas son muy simples, no hay un tempo marcado y entra aquí la sensibilidad del ejecutante. No es por supuesto mi intención hacer una disertación sobre el estilo tintinabulli o las piezas de Arvo Part, además no podría hacerlo, lo que quiero decir es que desde mi perspectiva el trabajo del músico podría equipararse al trabajo que Manuel realizó en este libro: tópicos por todos conocidos, abordados desde una perspectiva tan personal que los vuelve originales.

 

Arriba enunciaba ya algunos de los temas presentes, llama mi atención que éstos no sólo son descritos a partir de sus características, el poeta dialoga con ellos a partir de la personificación de los mismos: “quiero jugar a herirte, mi silencio/ quiero juagar a  que te arrojo piedras/ a que te aviento pájaros y peces”. Esta comunión genera una relación o vínculo más vital y la aleja de ser una poesía meramente descriptiva, que cabe destacar, abunda hoy día. Otro aspecto que llamó poderosamente mi atención fue el tópico del “disfraz”, ya que muchas veces me sentí en una especie de remolino, era como un ir y venir en una casa de espejos donde una palabra se repite, sin embargo en cada una de sus repeticiones era como nombrarla por primera vez.

 

Así entonces, la poesía no es una suma de verdades, es una interpretación del mundo y Manuel nos da la suya. La forma en la que hilvana los versos para construir los poemas y el pulso de las palabras es lo que a mi, personalmente me conmovió. Arriba señalaba que temáticamente no hay nada nuevo en el libro, lo anterior requiere un matiz, pues esa forma tan personal y particular de nombrar y vivir los temas que son de todos, es lo que hace de Los disfraces del fuego un libro redondo. Permítanme regresar a la metáfora del ejecutante, pues esta es la partitura de Manuel, esta su interpretación.

 

Para finalizar quiero agregar un dato que me parece fundamental, la tradición de la que el poeta abreva es evidente a lo largo del libro, se reconocen las fuentes con las que establece cierto parentesco o vasos comunicantes, autores que se inscriben en una veta poética que tiende más a la pureza y en algunos casos el preciosismo, autores que hemos leído sobre todo a partir de su capacidad de trabajo formal con el verso, la imagen, en suma, el trabajo formal. Entre otras cosas por ello el libro tiende a la calma, privilegia el sosiego, de alguna manera el silencio está presente como un ritmo que abraza la quietud. En este sentido, Los disfraces del fuego es un libro atípico en la actual poesía mexicana escrita por jóvenes, si consideramos que el grueso de la producción poética apuesta a lo vertiginoso y al ruido en la página porque esa es la tendencia. Me atrevo a afirmar que con este libro, Manuel Iris ha encontrado su voz, una voz que sin duda irá reafirmando con los libros venideros.

 

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