ANO 3 Edição 32 - MARÇO 2015 INÍCIO contactos

Francisco Cabanillas


REFLEXIÓN BIBLIOGRÁFICA: POESÍA CARIBEÑA DEL NUEVO MILENIO

 

Literatura habré de ser yo
cuando se apague la lámpara.

 

Francisco Matos Paoli

 

I. Después de ver un documental de Billie Holiday, en el que la dama del blues salda cuentas a puñetazos con un hombre necio, que la humilló, lascivo, en algún traspatio oscuro de Harlem, las páginas de los libros de poesía (hispano)caribeña se revolotean, deshojándose como si fueran gallos de pelea en un poema neocriollista tropical. Desde un poemario cubano escrito en Miami, La ruta del pájaro escrito sobre mi cabeza (2013,32), se escucha el grito de género de Yosie Crespo atravesar la historia de la literatura hispanoamericana: “Hombres necios sin miedo / transitan, / son sus ojos una palabra a la nada… El primer hombre fue mujer.”

 

El escritorio se llena de plumas y folios; tinta derramada que salpica de rojo el poemario cubano de Omar Pérez, Crítica a la razón puta (2010): “Capitalismo, fase superior del egoísmo. / Socialismo, fase primitiva del altruismo.” Los libros se alborotan; la poesía no vacila en incorporar la prosa poética, sobre todo si se trata de una escritura como la de Alberto Martínez-Márquez, en Contramundos: 1990-2009 (2010):

 

Por ser lo que son, una colección de ‘piezas,’ ‘pequeños mecanismos de un reloj poético,’ es decir, construcciones híbridas —muy poéticas para ser cuentos, muy narrativas para ser poesía, muy poéticas y narrativas para ser ensayos—, cabe incluir esta propuesta del escritor puertorriqueño en la categoría de poesía, pues es claro que estas piezas y pequeños mecanismos lingüísticos viven de lo poético: efecto que en estas narraciones suele conseguirse a través de una sorpresa estructurada, la cual, por ejemplo en “franco o el espacio ausente,” contrapone la caída en el contexto de la narración a la caída en el contexto de la realidad: ‘el tenedor salta en picada y desaparece en la trampa de la superficie. Ya no son la mesa y Franco, sino el deseo inexpugnable de dar un paso en falso y sentirse que uno también se cae de la página.’ ¡Vértigo!

 

Vórtice de plumas; espiral. Ráfaga dominicana; la ferocidad de un poema de Plinio Chahín se llena de letras: “Tus ojos: la luna alborotada de pájaros… Tus ojos: laguna alborotada de pájaros.” Imantación; las palabras se pegan, como chicle, en la poesía diaspórica del boricua Severando Echeandía Colón: “a veces, la vida se nos llena / de palabras / pero otras veces / se nos llenan de vida / las palabras.”

 

Entre flujos centrípetos de calada profunda, como los de Crítica a la razón puta (2010,32), desde los que la poesía “es una casa abierta; casa sin puertas, tal vez puerta sin casa”; y chorros centrífugos que, como disparos de sol, recorren la trayectoria de un poema boricua de 4,000 versos, El cantar de la memoria, rapsodia en un solo canto (2012,32), de Zoé Jiménez Corretjer, “El universo comienza en el corazón del hombre… El hombre comienza en el corazón del universo,” el aleteo de los poemarios impactados por la ferocidad de Billie Holiday, como en una gallera literaria, forma una nube de plumas sueltas.

 

¡Palabras! Páginas que vuelan; remolino. Ojo de un poemario dominicano, Marginal de una lengua que persigue su forma (2009,32), de Alexis Gómez, que resplandece en el estallido de este poema: “Enmarcó el relámpago / la ventana / como una portería de fútbol.” Reventón; sacudimiento que obliga a los poetas a reflexionar en su mortalidad, como hace el judíocubano, varias veces diaspórico, José Kozer, en Anima (2002,32), tras cumplir sesenta años de edad y buscar la “dulcificación” de la persona y la escritura, convencido de que, de haber un “sobremundo,” pasaría tiempo en el purgatorio de Dante.

 

II. Páginas que estallan como plumas de gallos de pelea en la poesía y pintura caribeñas. La adrenalina de Billie Holiday (1915-59) se mezcla con la menstruación de Josephine Baker (1906-75). Los espejos se empañan de estro. Vapor. Las plumas se humedecen y las imágenes se cruzan en zigzag, como en un beat angular de David Sánchez, saxo tenor del jazz boricua. Vértigo; las plumas afrancesadas de Josephine Baker se transforman en bananas amarillas, como las que Carmen Miranda (1909-55) multiplicó por cien, mientras las United Fruit Company le quitaba hojas a la democracia centroamericana.

 

Reflejo. Un poeta boricua, Néstor Barreto, habla del “quetzal” que aparece en el poemario del poeta puertorriqueño Francisco Matos Paoli (1915-2000,32), El canto a la locura (1962): “Ya está transido, pobre de rocío, este enorme quetzal de la nada.” Poeta sobre cuya obra, otro poeta boricua, Yván Silén, escribió un texto fundacional: Francisco Matos Paoli o la angustia de Dios (2009).

 

Las bananas de Carmen Miranda no se parecen a las sombrillas de esta antología diaspórica, Los paraguas amarillos: los poetas latinos de Nueva York (1983,32), de Silén, bajo cuya sombra el poeta, Silén, descubre, en el “Prefacio para un encuentro con la muerte,” a la hermafrodita cuando hurga en el “cuerpo del ángel”: “el vuelco de la materia a su condición y síntesis. La ilusión de la materia. Estamos ante el placer como alegría del cuerpo. Y estamos ante la tristeza como dolor del espíritu.” Carmen Miranda se deshoja como un libro al que le da el viento caliente de la Política del Buen Vecino de Roosevelt (1933-45).

 

Décadas después de Carmen Miranda, a partir de los 70, aparece en Puerto Rico el culo de la vedette Iris Chacón, varias veces objeto del deseo literario de los varones (como Edgardo Rodríguez Juliá, siempre criticado por las feministas). Muchas décadas después (2013,32), ahora desde la Argentina, el escritor y filósofo José Pablo Feinman esgrime su crítica a la “culocracia” de los medios televisivos argentinos: “el culo es la imagen hegemónica de la modernidad informática.”

 

III. Plumas amarillas, como las sevillanas de María Jiménez en su CD, Donde más duele (2002,32), sobre todo cuando canta el tema de Joaquín Sabina, “19 días y quinientas noches.” O amarillo como el ocre del poemario dominicano de Pastor de Moya, La piara (2011). Breve propuesta fragmentada (“poesía-relato-ensayo”) en cinco partes alucinantes e ingrávidas (las palabras flotan; los sentidos se cruzan; la sensación de vértigo gusta): 1) “Primera Caída,” 2) “Segunda Caída,” 3) “el asado,” 4) “teorema de la lobotomía” y 5) “manual para suicida de ambas manos.”

 

La piara. Todo en su preciso lugar parece que se junta. El epígrafe de la “Primera Caída” pertenece al poeta dominicano Manuel Rueda (1921-99): “Ánima del cerdo / acógeme.” El de la “Segunda Caída” pertenece al chileno Alejandro Jorodowsky: “Que la muerte sea mi perra…” Para leer el libro del poeta dominicano hay que acostarlo y abrirlo a lo largo, como si fuera prosa. Onírico; maldito; crítico; feroz; lúdico (“Si por lo menos comiéramos las verdolagas del campo / untándole sangre de cayena”,32), la “poética de la locura” de la que habla el crítico y escritor dominicano Fernando Valerio-Holguín al referirse a la poesía de Pastor de Moya, marca el ritmo de este poemario (más bien prosaico).

 

IV. Al comienzo de la primera década del nuevo milenio, la hija del poeta muerto, Susana Matos Freire, se aboca a la tarea de recuperar la obra de su padre, Francisco Matos Paoli (1915-2000,32), en un libro conciso, Po/ética (2011,32), que delinea la obra del padre a partir de tres ángulos teóricos que le interesan a la hija: lo que el poeta pensaba sobre la poesía (metapoesía,32), lo que esta contribuye a la relación poesía/subjetividad (la autocrítica al yo,32), y la relación de la poesía matospaolista con las “poéticas contemporáneas de la dualidad,” de Roland Barthes, Derrida, Julia Kristeva, Octavio Paz, entre otros.

 

Por su parte, en su propio torbellino político, Norman Finkelstein, hijo de sobrevivientes judíos alemanes instalados en Nueva York después de Hitler, arremete contra la política antipalestina de Israel y Estados Unidos; en el documental American Radical: The Trials of Norman Finkelstein (2009,32), la ferocidad del profesor/activista encuentra en la critica de Noam Chomsky una radicalidad a la altura de su valor.

 

La poesía de Matos Paoli se estremece: “si no enloquezco ahora, / ¿qué será del semen de la imagen?” En American Radical, Chomsky y Finkelstein navegan en un velero pequeño por el Puerto de Boston; la imagen de Chomsky, timoneando, se mueve con el viento. Desde Vietnam, uno de los críticos más feroces de la política exterior estadounidense, Chomsky cambia inesperadamente de dirección. Frente al derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, rechaza lo que a todas luces parece lógico, a saber: que la versión oficial del ataque no se sostiene. Que la realidad del contubernio no es un delirio, sino una cuestión importante. Desde Japón, un bloguero canadiense, James Corbett, subraya con asombro cómo, al sostener esta postura, Chomsky se transforma en guardián académico de la puerta cerrada.

 

Matos Paoli se mira en el espejo roto de los poetas políticos que son también autocríticos, “befa mayor de la palabra,” y se multiplica en el esfuerzo vano de la poesía: “hacer que todo poema se levante del ruido / y pueda representar la idea, / el fantasma infinito de los vuelos, / la eucaristía que se reconoce / en el modo de partir el pan.”

 

Cuando queda vacía la mesa, Matos Paoli se mira en el reflejo del plato roto: “Yo quisiera vivir / sin tener que ser profeta, … / no sostener más la perla del abismo… / Pero es imposible, Dios mío, /  si no enloquezco ahora,  / ¿qué será del semen de la imagen?” En Francisco Matos Paoli o la angustia de Dios (2009,32), Yván Silén argumenta que el “misticismo político” del poeta boricua es fundacional en la América Latina del siglo XX.

 

Chomsky vuelve a cambiar de imagen: ahora su rostro es la cara de la tenacidad. Más de medio siglo desmontando el discurso oficial del poder usamericano, en pro de una democracia anarcosindicalista (cuya política a veces no defiende bien, según James Corbett, que le critica a Chomksy su inconsistente defensa de la Reserva Federal estadounidense). A sus 85 años (1928,32), la crítica de Chomsky constituye el sostén más antiguo de la disidencia estadounidense, razón por la cual voces ostensiblemente críticas, como la de Chris Hedges, gravitan hacia la sabiduría chomskiana, predicada en el activismo contra la falsedad del discurso oficial.

 

Entre el anarcosindicalismo de Chomsky y la democratización del trabajo del economista marxista Richard Wolff, Hedges actúa como puente desde su cristianismo protestante de izquierda, que a partir de Occupy Wall Street (2011) comparte con el cristianismo izquierdista de Cornel West, intelectual público afroamericano que en 2013 se solidarizó simbólicamente con el independentismo en Puerto Rico.

 

V. Frente a la antología personal del poeta diaspórico cubano, Carlos Pintado, publicada en Buenos Aires, El unicornio y otros poemas (2011,32), “El barco zarpa y soy aquel viajero / que de pronto se mira desde el barco,” la poesía se desdobla en un juego de imágenes enredadas unas con otras, que no se cancelan. De una de las corrientes marinas llegan fragmentos de la poesía dominicana; voces establecidas como la de Mateo Morrison, de la Generación de Posguerra (1965-75,32), “Yo nunca pedí nacer / pero ya me ha acostumbrado a esta vida. ¿Por qué tanta prisa?,” o como la de José Mármol, de la Generación de 1980: “Es la vida un tiempo que no da para vivirla.”

 

Desde otra corriente marina, el poeta cubano, Carlos Pintado, radicado en Estados Unidos, se suma a la política derechista cubanoamericana marcada por el empresario musical Emilio Estefan. Desde Puerto Rico, el “realismo lírico” de Guillermo Rebollo-Gil, una “nueva poesía política,” tacha la diplomacia fofa que no puede bregar con los problemas de la isla, y apoya simbólicamente, en Sobre la destrucción (2011,32), la lucha armada como política contra la violencia neoliberal. Los opuestos porosos se tocan en la poesía de otro joven poeta boricua, Xavier Valcárcel, “Todo es culpa de la luz,” cuyo poemario, Restos de lumbre y despedida (2012,32), cartografía la contemporaneidad vivida desde Puerto Rico con una claridad que a veces ciega: “En tiempos como estos / es bueno tener la tierra así / un pastizal seco / para el fuego.”

 

VI. Desde el Premio de Poesía Nicolás Guillén 2012, el cubano Luis Yuseff Reyes pone su poemario sobre la mesa, Aspersores (2012,32); una manera de presurizar la existencia: “sobre la llanura que se expande / van los días / —mis días— / sometidos a presión.” Golpe de viento que hace decir a otro poeta cubano, Carlos Martí Brenes, que el poeta es el “pífano del rey”: “El que viene y no se va / aunque lo pinten de rosa / es un poeta.”  En otro poemario, El libro de enamorar (2011,32), Martí Brenes se tira de bruces contra la entropía:

 

“Si hubiera sabido que las cosas terminan / jamás las habría empezado.” Caída que produce un eco cubano más viejo, en El brujo de la tribu (2010,32), de Marino Wilson Jay, en el que la voz poética se antepone a la nada: “¿Qué otra cosa sino llamar la presencia de la vida / pueden hacer mis voces, mis versos, mis poemas.”

 

VII. Espiral; desde un ángulo cerrado, la poesía caribeña publicada en el nuevo milenio evoca una pintura puertorriqueña de la segunda mitad del siglo pasado, El suicidio (1971,32), de Elizam Escobar (también poeta): la muerte se politiza. En un poemario de la época, Después del suicidio (1970,32), el poeta que despuntaba en ese primer libro, Yván Silén, se regodeaba en su salsa: “A veces me contemplo en el espejo / como si me contemplara en una tumba.” En la pintura de Escobar, El suicidio, el cuerpo del suicida que se ha pegado un tiro yace frente a una figura totémica de blanco resplandeciente, que tiene en principio la llave de la realidad; figura que según algunos personajes que la acusan, es la presunta culpable del suicidio.

 

En Después del suicidio, el poeta estalla muy a la manera 1970:

 

“voy a escribir un poema que sepa a molotov / al che / comandante en armas de la poesía de guerrilla, / voy a escribir un poema con sangre / que grite / ¡PATRIA O MUERTE! / a lo puertorriqueño / Albizu / Albizu / Albizu / Padre nuestro que estás en los  / fusiles, / voy a escribir un poema que sepa a patria. / Patria se escribe con puños.”

 

VIII. La poesía sale a la calle; se mete en las plazas, librerías, discotecas, oficinas públicas, “templos culturales,” para que el Colectivo Literario Homoerótica de Puerto Rico, en una edición con el mismo título publicada en 2012, diga a los cuatro vientos lo que dice uno de sus poetas, Daniel Torres:

 

Méteme tu verga por ojos, nariz y boca.
Pásamela por entre las nalgas
Bajando por la espalda lentamente
Clavándome de golpe hasta el ñame…
Muévete al unísono conmigo.
Déjame llevarte hasta el país del sinsentido.
Apretarte en la embestida.
Sacarte toda la leche que se viene
Y se derrama mientras el culo queda exhausto
En el escozor de la postmetida.
Tu verga dentro se extasía en los espasmos.
—“Quién posee a quién?”—
Te pregunta ensimismado 
Entre los jugos y el sudor
Del rendimiento de los cuerpos al amor.
(Deja que te duela)

 

En la narrativa del Colectivo, la pieza de Larry La Fontaine Stoke se divierte en el ciberespacio queer: “Juan Carlos escribe ansiosamente en el teclado de su computadora, nervioso porque se han aparecido muchos hombres en su pantalla…” Las voces lésbicas se mojan: “Me enamoré de ella / la hice mía / Vivía en un rincón bajo mi lámpara” (Mayrim Cruz-Bernal).
Tanta libidinosidad produce un estallido en Cuba que pone al descubierto una parte enterrada de la isla: Otra Cuba secreta: antología de poetas cubanas del siglo XIX y del XX (2011). Como “escritura otra,” la de las poetas cubanas arranca con la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-73,32), a quien el Apóstol Cubano de la Libertad, José Martí (1853-95,32), consideraba una mujer “varonil”; marca esta del machismo literario cubano que Milena Rodríguez Gutiérrez estudia en la introducción de la antología. Quizás por esa dimensión arqueológica, la antología de poetas cubanas publicada en España arrastra hacia sí otro estudio de la literatura cubana publicado en España, La generación Albur: el desafío a la Revolución (2011,32), cuya labor consiste en estudiar la crítica  desde la Revolución a partir de tres ángulos: el contexto social, político y cultural” de la revista Albur (1987-1992,32), su “planteamiento transformador” y los “desvelamientos sociopolíticos del chiste gráfico y la ilustración.”
Como contrapunto a estos poemarios, afloran algunas compilaciones de poetas consagrados, como la del cubano José Lezama Lima, Refutación de los espejos. Poesía, Poética, Prosa (2010,32), edición preparada por Víctor Toledo para un público mexicano; la del puertorriqueño Luis Llorens Torres, Obra poética (2010,32), preparada por Félix Córdoba Iturregui; y la del cubano Cintio Vitier, Poesía 3 (2011,32), a cargo de Enrique Sainz. Desde Argentina, Mario Golobof escribe el prólogo a la “nueva antología personal” del poeta cubano Roberto Fernández Retamar, Una salva de porvenir (2012,32), mientras que en Caracas, Monte Ávila editores consagra la obra de la cubana Nancy Morejón, Antología poética (2006).
En la República Dominicana se publican dos compilaciones “esenciales” de la poesía dominicana. La de la declamadora Yanela Hernández Cedeño, Poesía esencial dominicana (2010,32), cuya selección de textos es parte de su repertorio; y la que preparan los poetas José Mármol y Basilio Belliard, Poesía dominicana: antología esencial (2011,32), cuya publicación busca contrarrestar la exclusión que, quizás por la cerrazón trujillista (1930-61,32), ha sufrido la poesía dominicana en Hispanoamérica, más allá de sus poetas conocidos: Manuel del Cabral y Pedro Mir.
En otra labor de arqueología literaria, Roberto Pérez León encuentra en la biblioteca de Trocadero 162, la Habana, el manuscrito que Lezama Lima había empezado a escribir sobre “las mejores poesías cubanas hasta 1960”: Una fiesta inmemorable (2010). A su vez, en la Biblioteca Nacional de Perú, Oswaldo Holguín Callo da con un segundo grupo de cartas que, durante su exilio en La Habana y Nueva York (1893-1912,32), la poeta puertorriqueña (1843-1924) le escribió al escritor peruano: La correspondencia inédita de Lola Rodríguez de Tió a Ricardo Palma (2009).
En la República Dominicana, el Premio Nacional de Ensayo Literario Pedro Henríquez Ureña le corresponde al trabajo realizado por Eugenio García Cuevas, Poesía moderna dominicana del siglo XX y los contextos internacionales (2011,32), estudio del movimiento vanguardista-posvanguardista dominicano más importante de la década de 1940: la Poesía Sorprendida.
Desde Puerto Rico, Áurea María Sotomayor prepara una muestra de “poesía contemporánea puertorriqueña” para el público latinoamericano y cubano: Red de voces (2011). A su vez, el Colectivo La Mancha de Caracas junta la poesía venezolana y la cubana: Rosa Caribe (2011). Otra vez en Puerto Rico, el Taller de Mujer Negra Cimarrona Puertorriqueña, ofrecido por la escritora Yolanda Arroyo Pizarro, termina en forma de libro bilingüe, Saeta, the poems (2011): “Nuestra dieta [del esclavo] es el plátano / siete plátanos si nadie nos castiga / cinco si nos hemos portado mal.”
Mientras tanto, el libro del poeta dominicano, José Enrique García, El fabulador (2010), se queda abierto toda la noche: “Yo soy el fabulador / el tejedor de dichas y desdichas.”

 

IX. Cuchicheo; los poemarios boricuas, como ratas literarias, se imaginan cosas que no han sucedido nunca, desde el choque entre lo “porno-lírico” de Yván Silén en Catulo o la infamia de Roma (2009) y el “lirismo realista” de Guillermo Rebollo-Gil, a la disputa entre los poetas postedípicos de Puerto Rico, los herméticos cubanos y el más neobarroco de los poetas dominicanos, Plinio Chahín: “El pensamiento es la consumación de la carne.”

 

“Rabo de nueve” (Silvio Rodríguez). Órfico, la oda que Lezama Lima le escribe en 1963 al poeta decimonónico cubano Julián del Casal, transformándolo en flora, “Dejadlo que se vuelva, mitad ciruelo y mitad piña laqueada por la frente,” llega a México envuelta en una antología preparada para los mexicanos, Refutación de los espejos (2010,32), junto a cinco ensayos de Lezama: “La pintura mexicana,” “José Guadalupe Posada,” “José Clemente Orozco,” “Artaud y el Peyotl” y “Carta de José Lezama Lima a Carlos Fuentes.”

 

La poesía dominicana se nutre de la carne: “todo consiste en dejar / que el cuerpo / trace lo escrito con el cuerpo” (Plinio Chahín). Desde el ensayo, Puerto Rico se mira en la literatura y la política dominicanas: Entre islas: homenaje puertorriqueño a Juan Bosch (2013). Como trueque, Bosch les regala a los caribeños el concepto del “pentagonismo.”

 

El poeta dominicano Mateo Morrison seduce a su esposa hablándole del coquí boricua. [Entre Nueva York y la República Dominicana, el artista puertorriqueño Rafael Ferrer pinta el Caribe dominicano para el deleite de la literatura boricua: Edgardo Rodríguez Juliá]. El Río Ozama dominicano no le rinde tributo al poeta cubano: Lezama. Los escritores dominicanorriqueños se miran frente al espejo de la caribeñidad creada en los cuentos boricuas de Ana Lydia Vega, Encancaranublado y otros naufragios (1982). Haití late en el corazón del arquitecto puertorriqueño Edwin R. Quiles Rodríguez: El haitiano que hablaba inglés. La escuela primaria que construimos en Haití (2014).

 

La historia acusa a los poderosos. Estados Unidos atropella dos veces el cristianismo democrático del presidente Jean Bertrand Aristide (1991 y 2004). Temblor de tierra. Después del último terremoto en Haití (2010,32), la política de Clinton durante los años noventa se siente en la angustia del pueblo antillano: obligar a Haití a importar arroz usamericano, como hizo Bill, explica el hambre que vino después del derrumbe de Port-au-Prince. ¿Dónde está la comida que no llega de fuera? Hambre; sufrimiento por el que Clinton, como buen cristiano moderno, se excusó, pero sin hacer nada por reparar los daños que causó su política neoliberal. Aristide: la única cara que ha tenido la democracia haitiana desde 1804.

 

Desafiante, la poesía caribeña se levanta la falda.

 

REFERENCIAS
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Francisco Cabanillas (1959, Puerto Rico) enseña lengua española, cultura y literatura hispanoamericana en Bowling Green State University, Ohio. Ha publicado cuatro libros de ensayo: Escrito sobre Severo (1995,32), Pedreira nunca hizo esto (2007,32), K-lores del trópico: ensayos transboricuas (2012) y Ensayos silenistas (2014).

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