ANO 3 Edição 31 - FEVEREIRO 2015 INÍCIO contactos

Fábio Castaño


EL LIBRO DEL TRATADO DE LA MELANCOLÍA, DE ÓSCAR GONZÁLEZ. CONSIDERACIONES DE UN ESTETA

 

Somos fantasmas atados al vuelo vertiginoso de las palabras. Somos sueños intentando encontrar una razón posible a todo cuanto hacemos. Vamos, de aquí para allá, arrastrando un destino incierto y, tal vez, por esto escribimos. Escribir es consignar, es intentar ordenar el caos, es ir hasta las más profundas tinieblas para colocar allí un instante de luz y aclarar nuestra oscuridad. Alguien ha dicho que si no escribe se siente perdido, inseguro, extraño, ajeno y que cuando escribe se hace más diáfano y recobra su sensibilidad perdida. En este sentido, el escritor es el eterno sirviente de las palabras, es el atento vigilante de un mundo que va emergiendo en la medida que las palabras se precipitan como una lluvia sobre la hoja en blanco. Y este es nuestro mayor deber y la legítima tarea a la que asistimos, pues lo único que hacemos es refrendar con nuestra actitud y con nuestro trabajo esta curiosa definición. El escritor es, además, el testigo del carácter inasible de todo cuanto vemos. Y por esto mismo es tan difícil de acertar y tan complejo escoger la palabra precisa. La palabra que revele y a su vez expanda y propicie un dialogo fructífero y eficaz. En esta dirección, el escritor se coloca como intermediario entre sus dilemas y sus aciertos.

 

Este libro que presentamos hoy (El libro del tratado de la melancolía. Medellín. Editorial Ojo Mágico. 2014,31), es un tanto anómalo en una tradición que como la nuestra se empeña en reproducir los viejos esquemas de un realismo a veces inocente, a veces ramplón. Todos sabemos que escribir es tarea ardua y compleja y Óscar González nos va dejando una especie de diario, de un pasa bordo de un esteta que intenta definirse a sí mismo y de paso desenmascararse y desenmascarar la cantidad ilimitada de rostros que utilizamos para poder existir. Todos somos pasadizos o puentes hacia posibilidades que tal vez desconozcamos y el hombre que escribe finalmente intenta esclarecer el rostro de lo inasible. Y Óscar González, en este texto, procura dejarnos una clara lección de sus búsquedas y de su afán por dilucidar el gran enigma que somos.

 

He dicho que este libro es un tanto anómalo y en nuestro medio es casi imposible encontrar alguna referencia o algún espejo en el cual catalogarlo. Más bien podría decirse que es un libro escrito bajo la perspectiva de un espíritu solitario, o de un arquetipo de un hijo del surrealismo, o salido de la cuna del más exquisito y refinado dadaísmo. O propio de esa época en donde lo fundamental era revertirse a sí mismo a través de las palabras y con ellas construir un edificio en el cual vivir sin ningún temor al silencio o a la incomprensión. De Óscar González siempre nos ha gustado su gran compromiso intelectual, su permanente actitud intentando arrebatarle a la tontería dominante y excluyente un poco de lucidez. Y este libro, un tanto atrevido, es su gran prueba y su mejor testimonio.

 

 

EL LIBRO DEL TRATADO DE LA MELANCOLÍA (Fragmentos,31), de Óscar González

 

I.

 

Tiene en sí mismo una temperatura que lo inclina constantemente a hacer todo aquello que desea. Es su inclinación porque de no hacerlo le sería intolerable. Tiene demasiadas sensaciones que desde el deseo lo hacen realizar la tentativa en su concentrada manera de ser. Tiene la manía de hacerlo, porque es para él irresistible. Estética de lo irresistible. Y cuando lo hace suscita odio. Pero él no lo conoce, por lo cual no sabe de él y si lo conociera, le sería inconcebible. Es resultado de la tensión de su manía. Y lo dice en el vacío.

 

II.

 

De nuevo suscita la tormenta, cuando se pronuncia sobre el desear y dice que: Nunca desea nada a nadie en su naturaleza, aquello que no pueda hacer por sí mismo realidad y que en sí mismo no sea realidad para él. Nunca lo dice. No tiene ese deseo ni lo decide para nadie y nunca ni siquiera en él mismo. O lo hace realidad para su sí mismo o no lo desea a nadie. Deseo es para ante y para otros, es aquello que él puede desear realizando en sí mismo y lo proyecta sobre los otros para que sea realidad. No tiene poder su deseo, y cuando lo no lo tiene, no lo desea para nadie. Tiene una mística del deseo que no es realidad, pero que se mantiene en su densidad de deseo de lo abarcable y de lo inabarcable. Tiene esta consideración porque lo involucran e intentan abocarlo a lo que no desea ni para sí ni para nadie y se instala en un vacio en donde destruye lo que no es su deseo real ni sabe cómo hacerlo realidad. Tiene como transmitirlo, pero no lo hace por el vacio mismo que se causa y es causado en él. Es la tormenta allí donde no es sino "real" el hilo que se mueve en su teatro. Teatro de hilos. O de hiladores.

 

III.

 

Y él se mira así mismo en la noche. Tiende a buscar en la noche la simetría y el equilibrio. Y le dicen que no y burdamente se ve a sí mismo: Isósceles. Nada que hacer. Un snobista sin poder. Reclama un mar de helechos para él. Extinción de dominio del mar sobre él y una condenación no ver esta noche las hortensias en su vida que deciden los demás. Y nunca ha tenido conciencia de sí mismo, en la que pueda tener transparencia por qué los demás deciden sobre su destino. Es verdad y es su drama. ¿Cuál, se dice él, son entonces nuestras proporciones, ante los otros? No saben ellos como medirlas, y quizá nosotros ante ellos tampoco. Indeterminación de lo determinable y en ello, lo irresoluble. Dice él: Yo me mido por el arte y no lleva a nada y nadie lo hace así; porque nadie conoce el arte de nadie y entonces se muestra inadvertido. Tiene, le dicen, inclinación por lo inadvertido.

 

IV. [Para Andrea del Mar González Ospina]

 

Y cuando habla del teatro, porque lo hacen hablar, se lo ha dicho hasta la cantidad de inabarcabilidad que ello le ha sido dado, es porque tiende a buscar una tensión entre lo que dice y lo que no dice del teatro. Teatro al hablar de sí mismo, teatro del habla, entonces, que no es un teatro de sí mismo, es de lo que habla que no es lo que nombra. Y en el momento en que nombra el teatro, lo hace para exterminarlo, para destruirlo en sí mismo. Para no tener nada que decir de él. Nombrar es ya no tener que decir del teatro ni de sí mismo. Tensión entre el exhibir lo que domina del teatro, de la estética teatral y lo que no. Hay un vacio teatral, que busca en la intermitencia, en el intersticio, el que no nombra. Ese es el que le preserva. De lo que llama, estética del instinto de preservación teatral, del teatro, no de sí mismo. No interesa eso a él. Es la feminidad teatral. Y al hablar del teatro, es para decirse: Decir en el teatro no es Nombrar su teatro, porque de su verdadero teatro, no le es dado siquiera acceder a él. Y sí lo habla será imitado y él no quiere imitarse ni siquiera a sí mismo. Temblores de un excéntrico decadente, se dice y observa con ironía su vida adyacente. Y su intención es morir barrocamente de y en el teatro y por ello ese es su éxtasis y no su estasis. Temperaturas teatrales.

 

V.

 

En lo indisoluble se mantiene la relación de lo sensible. No en la historia, sino en el instante mismo donde eclosiona lo sensible. No tenemos pues historia. Es lo que forma y se forman en él de lo que llama su inconsciente estético. Es por la mediación insólita e inexorable con el arte,  lo que él llama arte, desde la densidad de las sensaciones; porque siempre lo poseen cuando se tiene la vía iniciática del arte; la que ha decidido en lo indecible. Dice que porque el arte y la estética son su imán y ellas lo imantan, es pues, en esa perspectiva inasible un imantado, imantado por ellas. No se llena sino con ellas. Ese carácter de la insistencialidad es de lo más excitante para sí mismo, porque cabe en su dimensión estética, sin necesidad de indicar desarrollos de una “teoría” que no sea la de sus proposiciones o esté relacionada con sus proposiciones. No es que no quiere leer y relacionarse con otras, sino que conoce la tensión de las suyas. Es su manera de extender y no extender su obsesión por el arte. Tiene esa tensión proposicional para destruir cualquier quietud e inmovilidad obscena. Teoría de la insistencialidad obsesiva es lo que busca con una excavadora sensitiva que ha sido de él toda la vida y con ella excava en él y en el arte para extraviarse en los rizomas que hace con lo que extrae de esa su realidad, la del arte excavado y excavante.

 

Fabián Castaño (Colombia, 1962). Poeta y ensayista. Óscar González (Colombia, 1975). Poeta y ensayista.

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